El eco de los tacones de Valentina resonaba con una furia contenida sobre el suelo de parqué del despacho principal. Cada paso era una declaración de guerra, un pulso directo contra la autoridad inquebrantable que había gobernado su vida desde la cuna.
—Te juro por mi madre, papá, que si vuelves a ponerme a otro de tus gorilas detrás, voy a empacar mis maletas, vender mis acciones y mudarme a la punta más remota de la Antártida —estalló Valentina, cruzándose de brazos frente al imponente escritorio de caoba. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de ira y frustración contenida.
Su padre, el hombre que hacía temblar a la mitad del bajo mundo con solo pronunciar su apellido, se limitó a frotarse el puente de la nariz con una paciencia calculada. Valentina Moretti era exactamente igual a él: testaruda, astuta, dueña de una lengua afilada y absolutamente negada a doblegarse ante las leyes no escritas del clan. Tras el atentado de la semana pasada en las afueras de la universidad, el patriarca había tomado una decisión unilateral que encendió la chispa.
Desde la esquina más oscura del estudio, una voz profunda, glacial y perfectamente controlada rompió el silencio:
—Puedes intentar mudarte a la Antártida, signorina. Pero ten por seguro que estaré sentado en el asiento de al lado en el vuelo, asegurándome de que los pingüinos no te falten al respeto ni un solo segundo.
Valentina se giró de golpe, sintiendo que la sangre le hervía en las venas.
Apoyado contra el marco de la pesada puerta de roble, con los brazos cruzados sobre el pecho y un traje hecho a la medida que apenas disimulaba la funda de su arma reglamentaria, estaba él. Mateo Rossi. Treinta y dos años, una cicatriz casi invisible cruzándole la ceja izquierda, y una reputación intachable como el operativo más letal, frío y eficiente de la agencia de seguridad privada que custodiaba a la familia.
—Tú debes ser el peor chiste que ha parido este maldito negocio —espetó ella, dando un paso al frente con actitud desafiante—. No necesito un niñero. Sé defenderme perfectamente sola.
—Eso dijeron los tres hombres que intentaron emboscarte anoche en el club, y por eso ahora mismo están tomando sopa en el hospital con múltiples fracturas —replicó Mateo sin inmutarse un solo músculo, su tono tan calmado que rozaba la provocación deliberada—. Mi trabajo no es pedirte permiso, Valentina. Es mantenerte con vida a pesar de tus constantes ansias de buscarte problemas donde no los hay.
—¡Papá, dile algo a tu empleado de confianza! —protestó ella, fulminando al patriarca con la mirada.
Su padre levantó la vista lentamente, exhalando un suspiro denso que llenó la estancia.
—La decisión está tomada, Vale. Mateo estará contigo veinticuatro horas al día. En la universidad, en las reuniones del consejo, en tus ridículas salidas nocturnas y hasta en tus pesadillas. Punto final. No hay discusión posible.