El estruendo de un motor acercándose a toda velocidad por el callejón cortó la electricidad del momento. El sedán blindado de la familia Moretti frenó en seco frente a ellos y dos hombres armados bajaron apresurados para asegurar la zona.
Durante el trayecto de regreso a la mansión, el silencio dentro del vehículo fue espeso y sofocante. Mateo conducía con la mirada fija en la carretera mojada mientras Valentina intentaba poner orden en sus pensamientos. Ninguno se atrevió a decir una sola palabra, pero cada vez que sus miradas se cruzaban a través del espejo retrovisor, el aire parecía quemar.
Al llegar al garaje subterráneo, los escoltas se adelantaron para dar aviso arriba. Mateo apagó el motor, pero se quedó inmóvil, con las manos aferradas al volante y los nudillos completamente blancos.
—Esto fue un error colosal, Valentina —dijo en un susurro grave—. Si tu padre se entera...
Valentina se desabrochó el cinturón y se giró para encararlo por completo.
—No te escondas detrás de las reglas. Llevas semanas mirándome como si quisieras quemar el mundo.
Mateo perdió el control. Pasó al asiento del copiloto, la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí en un beso hambriento, profundo y clandestino, sin saber que una cámara de seguridad registraba cada segundo.