—Vengo a proponerte algo que ninguno de los dos va a llamar amistad, así que no perdamos tiempo fingiendo que lo es.
De cerca, la chica no se parecía a lo que Valerius hubiera imaginado si alguien le hubiera pedido que imaginara a una noble. No había joyas visibles, ni tela que brillara de más. El abrigo era oscuro, cerrado hasta el cuello, cortado para moverse rápido si hacía falta. Tenía el pelo recogido con una precisión que no dejaba nada suelto, y los ojos de alguien que ya había hecho, mentalmente, todos los cálculos de riesgo de esa calle antes de bajar del carruaje.
—No sabemos ni tu nombre —dijo Ren, sin soltar el brazo de Valerius, todavía calculando distancias hacia el callejón.
—Elara Dráven. —Lo dijo sin ningún peso especial, como quien entrega un dato administrativo—. Casa Dráven, pero no vengo en nombre de la Casa. Vengo en el mío.
El apellido cayó distinto que el suyo propio. Valerius no supo mucho de historia noble, pero supo lo suficiente: Dráven era de los nombres que la gente de los Bajos bajaba la voz para decir, no por respeto.
—Entonces vete. —Ren dio un paso al frente—. No necesitamos nada que venga con ese apellido.
—Necesitan exactamente una cosa que solo viene con este apellido. —Elara ni siquiera lo miró a él; miraba a Valerius, con la misma atención clínica con la que Lirian le había revisado la mano esa mañana—. El ajuste de contribución que le clavaron a todo el sector esta semana. Puedo hacer que desaparezca. No reducirlo. Desaparecer, como si nunca se hubiera generado.
—¿Por qué harías eso?
—No lo haría por ustedes. —Ni un parpadeo, ni una disculpa por decirlo así—. Lo haría porque necesito algo que solo alguien con la reputación que están construyendo puede conseguirme, y porque a mí también me conviene que ese ajuste nunca haya existido. Las razones no son las mismas. El resultado sí.
—¿Cómo sabes siquiera que existe el ajuste? —preguntó Ren—. Se generó esta mañana.
—Porque lo firmó alguien que responde, aunque sea de lejos, a mi apellido. —Por primera vez algo se movió en su cara, algo parecido al desagrado, rápido y controlado—. No todos los que llevamos este nombre estamos de acuerdo en cómo se usa.
Ren se rió, corto y sin humor.
—Qué casualidad. Una noble que necesita a un ladrón callejero.
—No necesito un ladrón. —Elara se acercó un paso, la primera vez que reducía la distancia entre ellos—. Necesito a alguien capaz de entrar donde nadie con apellido debería poder entrar sin que se note, y salir con algo que no debería salir. Eso es exactamente lo que el Cuervo Escarlata ya demostró que puede hacer. Yo no inventé el rumor. Solo lo leí bien.
—¿Qué quieres que saquemos?
—Un registro. Sellado, en un archivo privado, no en ningún depósito del Gremio. —Hizo una pausa, la única de toda la conversación, y Valerius entendió que esa pausa no era duda: era ella decidiendo cuánto valía la pena decir—. No voy a explicar para qué lo quiero. Ustedes tampoco me explicaron para qué quemaron el contrato de Ilse la otra noche, y no se lo pedí.
Nadie había dicho el nombre de Ilse en voz alta hasta ese momento. Valerius sintió el frío subirle por la nuca otra vez, distinto al de la noche anterior: no era que los estuviera vigilando. Era que sabía. Pensó en todo lo que Elara podría saber también de él, de Ren, de Lirian, de cada nombre que creía protegido solo porque nadie se lo había preguntado en voz alta todavía, y por primera vez desde que había bajado del carruaje sintió algo más cercano al vértigo que a la desconfianza.
La veta roja se encendió, un pulso involuntario, calor y luz débil filtrándose entre los dedos cerrados de Valerius. Esperaba el mismo gesto que había visto en todos los demás —el paso atrás, el ojo que se abre de más, el miedo que la gente no sabe esconder del todo— y no llegó.
Elara lo miró con algo que se parecía más a reconocer un objeto que a temerlo. No apartó la vista. La mantuvo un segundo de más, del modo en que alguien mira algo que ya conoce de otro lado y todavía no termina de ubicar dónde.
—Interesante —dijo, sin más, y no explicó qué quería decir con eso.
—¿No te asusta?
Elara no contestó enseida. Se subió la manga izquierda apenas, lo justo para mostrar una línea fina y vieja en la piel del antebrazo, una cicatriz que no era una cicatriz cualquiera.
—Eso también es un contrato. —Fue todo lo que dijo—. Solo que todavía no leíste la letra pequeña.
Se bajó la manga otra vez, sin agregar nada más, y algo en la forma en que lo hizo dejó claro que la conversación sobre su cicatriz había terminado antes de empezar de verdad.
Valerius cerró la mano otra vez, despacio, y el calor bajó sin que tuviera que clavarse las uñas para conseguirlo. Fue la primera vez que eso pasaba sin dolor de por medio, y no supo si atribuírselo a la práctica o a que, por algún motivo que no lograba nombrar, la mirada de Elara lo había calmado en vez de asustarlo más.
Ren no bajó la guardia.
—¿Y si aceptamos y después no cumples?
—Entonces sello el trato para que no pueda pasar. —Elara sacó del bolsillo interior del abrigo un cuchillo corto, sencillo, sin ornamento, y lo giró en la mano con la familiaridad de quien lo ha usado más veces de las que cualquiera querría saber—. Pacto de Sangre. Si yo rompo mi parte, lo siento en el cuerpo antes de que ustedes se enteren siquiera de que algo salió mal. Si ustedes rompen la suya, no les va a pasar nada. Los términos no son parejos. Nunca lo son cuando alguien como yo los ofrece. Pero son reales.
—No. —Ren se puso entre los dos, no del todo, pero lo suficiente—. No firmamos nada de una desconocida parada en medio de la calle. Ni con sangre ni con tinta.
—Nadie dijo que había que decidirlo parado en la calle. —Elara no se movió, no insistió; se quedó esperando, con la misma paciencia fría con la que había esperado en el carruaje.
Valerius no respondió enseguida. Pensó en los siete sellos rojos en las puertas de esa misma calle. Pensó en Ilse abriendo la puerta con la cadena puesta, sin terminar de confiar en que el peligro había pasado. Y pensó, también, en que no sabía nada de esta chica más allá de un apellido que la gente bajaba la voz para nombrar.