Cuatro días después del Pacto, el meñique de Valerius volvió a responder del todo. Lo supo porque pudo, por fin, sostener un tornillo sin que se le resbalara entre los dedos, y se quedó mirando ese logro pequeño más tiempo del que merecía.
—Si sigues mirando esa cerradura así, va a pensar que la estás cortejando —dijo Ren, desde la ventana, sin apartar los ojos de la calle.
—Funciona.
—Todo funciona si nadie más lo necesita urgente. —Ren dejó caer la cortina improvisada y se giró—. Seln dice que hay movimiento raro en el mercado bajo. Gente del Gremio, pero no cobrando. Vigilando.
—¿Vigilando qué?
—Eso es lo que vamos a averiguar.
El mercado bajo, a esa hora, todavía olía a pan del día anterior y a pescado que no se había vendido a tiempo. Valerius contó los puestos cerrados antes de hora —tres, cuatro— y entendió, antes de que Ren dijera nada, que algo en el ritmo normal de la calle se había roto.
Los encontraron cerca del depósito de grano: cuatro Ejecutores del Gremio, apostados sin disimulo alrededor de un carro cargado, con las manos cerca de los bastones de metal de una forma que no era casual.
—Eso no es una cobranza —murmuró Ren—. Es una emboscada.
—¿A quién?
No tuvieron que esperar la respuesta. Un movimiento entre dos toneles vacíos, rápido, calculado, y uno de los Ejecutores giró demasiado tarde: una red de cuerda tensada entre dos postes que nadie había notado se cerró sobre sus piernas, tirándolo al suelo con un grito más de sorpresa que de dolor.
—Alguien más está jugando este juego —dijo Ren.
La chica que salió de entre los toneles no corrió hacia la salida obvia. Corrió hacia el carro cargado, subió con un movimiento que ya tenía planeado antes de que sus pies tocaran la madera, y empezó a cortar las cuerdas que sujetaban los sacos de grano con una precisión que no dejaba nada al azar. Tenía dieciocho años, quizás, el pelo corto atado con lo primero que había encontrado, y una Runa verde-dorada que dejaba trazas geométricas en el aire cada vez que tocaba algo.
—Ese grano es requisado —gritó uno de los Ejecutores, ya de pie—. ¡Bájate ahora!
—Requisado de quién, exactamente —respondió ella, sin dejar de cortar—. Porque el papel que tienen dice Ilse Kovar, y Ilse Kovar no debe nada desde hace cuatro días.
Ren se puso rígido junto a Valerius.
—Conoce el nombre.
—Todos en el mercado conocen el nombre.
—No así. —Ren señaló con la barbilla la forma exacta en que la chica se movía por el carro, sin dudar, como alguien que ya había hecho ese trabajo del otro lado—. Esa no es una vecina indignada. Esa sabe cómo requisan, cómo se registra, dónde están los puntos ciegos. Ha trabajado para ellos.
Dos Ejecutores más se acercaron al carro, y uno levantó el bastón hacia la chica con una intención que no dejaba lugar a dudas.
Valerius se movió antes de decidirlo del todo.
No fue como el depósito. No fue el rojo descontrolado que le había roto el brazo a Tobin sin que él lo eligiera. Esta vez sintió el impulso llegar y, por primera vez, lo dejó entrar en lugar de pelear contra él, y la diferencia se sintió como abrir una puerta que llevaba semanas empujando desde el lado equivocado.
El bastón del Ejecutor se dobló en el aire, no se rompió, solo se dobló, lo justo para que el golpe cayera al costado del carro en lugar de sobre la chica. Fue preciso. Fue exactamente lo que Valerius quiso que fuera, ni un centímetro más de daño del necesario, y por un instante —uno solo, breve, que después le costaría admitir en voz alta— sintió algo que no era horror.
Sintió que servía para algo. Que la fuerza que le daba miedo, controlada así, podía ser simplemente una herramienta más, como el destornillador que tenía en el bolsillo, como cualquier cosa que un hombre con las manos correctas usaba para arreglar algo roto.
Duró poco. El Ejecutor gritó, más por la sorpresa que por el dolor, y los otros tres giraron hacia Valerius con la velocidad de gente entrenada para reaccionar rápido ante lo inesperado.
—¡Es él! —gritó uno—. ¡El Cuervo!
—Genial —dijo Ren, ya moviéndose—. Ahora sí.
No fue una pelea larga. Ren se encargó de dos, con la Runa de Vacío absorbiendo la fuerza de los golpes antes de que llegaran a impactar del todo, devolviéndolos con menos violencia de la que hubiera podido usar. Valerius contuvo al tercero con algo que ya no era pánico sino cálculo, un pulso corto de la veta roja que lo dejó sin aire pero de pie, sin romper nada que no pudiera curarse.
Cuando el último Ejecutor se retiraba cojeando, Valerius sintió el precio de haber elegido, y no fue el mismo precio de otras veces. No fue el meñique dormido ni el dolor sordo subiendo por los dedos. Fue más raro: por un instante, tratando de recordar el nombre de la mujer a la que acababa de salvarle el grano, no le llegó. Sabía que la conocía. Sabía que era Ilse. El nombre tardó tres segundos enteros en aparecer, tres segundos que se sintieron como una eternidad hueca, antes de que volviera a su lugar como si nunca se hubiera ido.
No dijo nada de eso. Se lo guardó, junto con el resto de las cosas que todavía no sabía cómo nombrar.
La chica bajó del carro de un salto, con dos sacos de grano bajo el brazo, y miró a Valerius de arriba abajo con la misma evaluación fría con la que había mirado el candado de las cuerdas.
—Tú eres el que quema contratos.
—Y tú eres la que roba grano requisado.
—No es robo si el requisamiento era ilegal. —Se acomodó los sacos, sin prisa, mientras el último Ejecutor se retiraba cojeando junto a los otros—. Ilse no debe nada. Ustedes se encargaron de eso. El Gremio lo sabe y de todos modos mandó a requisar el grano de su hijo, con el mismo sello y todo, porque nadie revisa dos veces un papel con sello rojo.
—¿Cómo lo sabías?
—Porque trabajé del otro lado tres años. —Lo dijo sin orgullo ni vergüenza, como quien menciona un dato administrativo, del mismo modo en que Elara había dicho su apellido—. Cazadora de Gremio. Localizaba gente que evadía deuda. Dejé de hacerlo cuando la lista incluyó a alguien que conocía.