Seln los encontró antes del mediodía, con las líneas grises de los antebrazos más oscuras que de costumbre, señal de que llevaba horas despierta sin haberlo decidido.
—Hay un ex-guardia escondido en el sector de los curtidores —dijo, sin preámbulo, apoyándose contra el marco de la puerta—. Desertó hace tres días. La Inquisatura lo quiere vivo, para hacer un ejemplo. Los curtidores lo quieren fuera, porque tenerlo ahí es tener a la Inquisatura mirando hacia su calle.
—¿Por qué nos lo cuentas a nosotros? —preguntó Ren.
—Porque si nadie lo saca antes de esta noche, los curtidores mismos lo van a entregar. —Seln se cruzó de brazos—. Y porque un guardia que desertó en lugar de participar en la próxima Noche es del tipo de historia que le conviene al Cuervo Escarlata que se sepa. Ustedes deciden qué hacer con eso.
Mira, sentada en el rincón afilando algo que no necesitaba filo, no levantó la vista.
—A mí me suena a trampa.
—A mí también —dijo Seln—. Pero las trampas y las verdades a veces se ven idénticas hasta que las tocas.
El sector de los curtidores olía distinto a todo lo demás en los Bajos: cuero crudo, sal, algo químico que se metía en la garganta y se quedaba ahí. Encontraron a Garrick donde Seln había dicho, en el hueco entre dos tenerías abandonadas, con la espalda contra la pared y una postura que no era de quien espera ayuda, sino de quien calcula cuántos segundos le quedan antes de que alguien decida que ya no vale la pena esperar.
Todavía tenía puesta media armadura del Consejo, la parte del pecho, sin el resto, como si se hubiera arrancado el uniforme a mitad de camino y no hubiera tenido tiempo de terminar.
—Si vienen a entregarme —dijo, sin moverse—, al menos díganme cuánto les pagan. Me gusta saber el precio de las cosas.
—No venimos a entregarte —dijo Valerius.
—Eso es justo lo que diría alguien que sí viene a entregarme.
Ren se adelantó un paso, con las manos abiertas, la misma postura que había usado con Tobin.
—Desertaste. Eso significa que ya elegiste un bando.
—Elegí no matar niños en una plaza. —La voz de Garrick salió más plana de lo que la frase merecía, como algo que ya había repetido tantas veces en su cabeza que había perdido el filo de decirlo en voz alta—. No sé si eso cuenta como bando o solo como el límite que tenía antes de dejar de reconocerme.
Se puso de pie, despacio, con el cuerpo de alguien acostumbrado a entrenar pero no a esconderse, y por primera vez miró a Valerius de verdad, no como amenaza sino como pregunta.
—Tú eres el del Estrado.
—Sí.
—Vi los informes antes de desertar. —Algo cambió en la cara de Garrick, no alivio exactamente, más parecido a encontrar una pieza que encaja en un rompecabezas que llevaba días armando mal—. Nadie en el Consejo sabe qué eres. Eso los asusta más de lo que admiten en los reportes oficiales.
—¿Por qué desertaste esa noche y no antes? —preguntó Mira, que se había quedado un paso atrás, evaluando salidas del callejón con la misma atención que le había dedicado al carro de grano.
Garrick tardó en contestar. Miró la pared, no a ninguno de ellos, y cuando habló, lo hizo con menos que una historia completa.
—El niño me miró a mí. No al que tenía la aguja.
Se calló.
Nadie llenó ese silencio por él. Valerius esperó, contando en su cabeza sin darse cuenta, hasta que entendió que Garrick no iba a decir más, no esa tarde, quizás no en mucho tiempo, y que insistir hubiera sido pedirle que volviera a cargar algo que apenas acababa de soltar por primera vez frente a alguien.
—¿Ese niño...? —empezó Valerius, de todos modos, sin poder evitarlo.
—No lo sé. —La respuesta llegó rápido, casi defensiva—. No me quedé a averiguarlo.
Un sonido en la calle principal, botas, más de un par, cortó lo que fuera que alguien iba a decir después. Ren ya estaba contando salidas.
—Inquisatura o curtidores nerviosos —dijo—. No importa cuál. Nos movemos.
Salieron por un desagüe que Garrick conocía de memoria por razones que no explicó y que nadie preguntó, y no se detuvieron hasta estar tres calles dentro de los Bajos, en terreno que Ren y Mira dominaban mejor que cualquier Ejecutor o Inquisitor.
Garrick se quitó la media armadura ahí mismo, sin ceremonia, y la dejó caer dentro del desagüe, donde el agua sucia empezó a llevársela despacio hacia la reja de salida. Ninguno de los dos la sacó. Valerius se quedó mirándola un momento de más, el metal ya medio hundido entre la mugre, antes de que Ren le tocara el hombro para que siguiera caminando.
—¿Y ahora? —preguntó Garrick, ya sin la armadura—. No tengo a dónde ir. No tengo apellido que me proteja ni Runa que impresione a nadie.
—Tu Runa es de Caos —dijo Mira, que no había dejado de observarlo—. Vi cómo abriste esa reja atrás, sin tocarla. Fractura controlada. Eso no es nada despreciable.
—Pasé años entrenando para no destruirme a mí mismo con mi propio Aspecto. —Garrick se miró las manos—. En el Consejo eso se usaba para abrir puertas que no querían abrirse. No sé para qué sirve fuera de ahí.
—Sirve para lo mismo —dijo Ren—. Solo que eliges tú qué puertas.
—Hace tres días ese uniforme estaba del otro lado. —Mira no lo dijo con crueldad, pero tampoco lo suavizó—. ¿Cuánto tiempo necesita alguien para decidir que nosotros también somos el problema? Porque si la respuesta es "menos del que creemos", prefiero saberlo ahora.
Nadie respondió por Garrick. Él tampoco respondió enseguida.
—No lo sé —dijo, al fin, y fue la respuesta más honesta que había dado en toda la tarde—. Hace tres días yo era el problema, para gente como ustedes. No tengo forma de prometerte que eso no vuelve a pasar. Solo puedo decirte que hoy no lo es.
Mira no pareció del todo satisfecha, pero tampoco insistió. Fue, para ella, lo más parecido a dejarlo pasar por ahora.
—No sé si merezco elegir nada después de lo que sostuve esa noche —dijo Garrick, más bajo.