El aviso llegó tres días después del archivo, y no vino del Gremio esta vez.
—Inquisatura está revisando ex-empleados del Consejo —dijo Seln, dejando un papel sobre la mesa con la misma prisa con la que había llegado—. Escribas, archivistas, cualquiera que haya tenido acceso a documentos sellados en los últimos cinco años. Dicen que es rutina. No es rutina.
—Es por el archivo —dijo Garrick, sin necesidad de que nadie se lo confirmara. Reconocía el patrón; lo había visto desde el otro lado.
—Es por el archivo. —Seln se cruzó de brazos—. Y hay uno en la lista que ya está corriendo antes de que lo encuentren: un ex-escriba que desertó hace meses, mucho antes de lo de ustedes. Se llama Sable. Nunca lo agarraron porque nunca dejó rastro. Ahora, con Inquisatura revisando todo el papel viejo del Consejo, su nombre volvió a aparecer.
—¿Por qué nos importa? —preguntó Mira.
—Porque si Inquisatura lo agarra vivo, va a hablar de todo lo que sabe con tal de negociar su condena. Y lo que sabe es mucho. —Seln bajó la voz, aunque no había nadie más en la habitación—. Y porque si lo agarran muerto, la ciudad pierde a alguien que redactó, con su propia mano, los documentos de tres Noches completas. Eso no es un dato menor para nadie que quiera pelear contra el sistema con algo más que rabia.
Ren miró a Valerius. No hizo falta más que eso.
Lo encontraron en los túneles de servicio bajo el Distrito de los Curtidores, un laberinto de conductos que ni siquiera Ren conocía del todo, guiados por una dirección aproximada que Seln había conseguido a cambio de algo que no quiso especificar.
Sable no se sorprendió al verlos. Estaba sentado contra una tubería fría, con un cuaderno abierto sobre las rodillas y una pluma que seguía moviéndose incluso cuando levantó la vista.
—Cinco personas para atrapar a un escriba desarmado —dijo, sin dejar de escribir—. Alguien sobreestimó el trabajo.
—No venimos a atraparte —dijo Valerius.
—Eso díganselo a la Inquisatura que pasó por el conducto norte hace media hora. —Cerró el cuaderno, al fin, con el mismo cuidado con el que un archivista cierra algo que no quiere dañar—. No sé quiénes son ustedes, pero adivino: el Cuervo Escarlata y su corte improvisada. La ciudad habla de ustedes con más detalle del que debería, considerando que nadie los ha visto de cerca.
—Ahora nos estás viendo de cerca —dijo Ren.
—Es cierto. —Algo parecido a una sonrisa, seca, sin calidez, le cruzó la cara—. ¿Vienen a reclutarme o a interrogarme? Porque las dos conversaciones empiezan igual y prefiero saber cuál es antes de perder tiempo con la respuesta equivocada.
—Redactabas los documentos de La Noche —dijo Garrick, no como pregunta.
—Redacté los documentos de tres. —Sable no bajó la vista al decirlo, y eso, de alguna forma, pesaba más que si lo hubiera hecho—. Cada número en cada mano marcada esa noche pasó por mi escritorio antes de pasar por la aguja. Yo no los grababa. Los calculaba. La diferencia legal es enorme. La diferencia moral es ninguna.
—¿Por qué desertaste? —preguntó Valerius.
—En la tercera Noche empecé a escribir nombres que ya había escrito antes. —La voz de Sable no cambió de ritmo, pero algo debajo sí—. Hermanos. Hijos. El sistema no falla. Está diseñado para eso. Yo tardé tres veces en enterarme.
Nada más. No agregó ninguna disculpa por la velocidad, ninguna explicación que suavizara lo que acababa de admitir, y ese silencio después de la frase pesó más de lo que hubiera pesado cualquier justificación.
—Tú calculaste los números —dijo Mira, sin dejar que el silencio se cerrara del todo—. Nosotros los llevamos en la mano. ¿Por qué deberíamos confiar en que ahora calculas a favor nuestro?
Sable la miró un momento largo antes de contestar.
—No deberían. —Fue toda la respuesta, al principio—. No tienen ninguna razón para confiar en un hombre que hizo ese trabajo tres veces antes de dejarlo. Lo único que puedo ofrecerles es que sigo calculando, y que ahora los números que me importan son otros. Si eso no es suficiente, lo entiendo. Yo tampoco confiaría en mí tan rápido.
Nadie respondió enseguida. Valerius pensó en su propia mano, en el número que ya no podía ver sin ver también la cifra exacta que alguien, en algún escritorio parecido al que Sable describía, había calculado antes de que la aguja tocara su piel.
—El escriba del archivo que robamos —dijo, al fin—. Wren. ¿Lo conoces?
Algo cambió en la cara de Sable, la primera reacción genuina que mostraba desde que lo habían encontrado.
—Wren fue quien me enseñó a redactar contratos vinculantes. —Su voz bajó, apenas—. Es de los pocos ahí adentro que nunca dejó de odiar lo que hacía, solo que él eligió quedarse a documentarlo en lugar de irse. Decía que alguien tenía que llevar la cuenta exacta, para el día que alguien viniera a cobrarla. ¿Está bien?
—No lo sabemos. —Ren fue honesto—. Los dejamos pasar el archivo. Pero después de eso, no volvimos a saber de él.
Sable cerró los ojos un momento, y cuando los abrió, algo en su decisión ya estaba tomada.
—Entonces tengo una razón más para no volver a esconderme solo.
Volvió a abrir el cuaderno, sin que nadie se lo pidiera, y anotó algo rápido antes de guardarlo otra vez contra el pecho. Nadie preguntó qué había escrito. Valerius notó que era un gesto que iba a repetirse: Sable escribiendo incluso en medio de una conversación, como si necesitara que las cosas quedaran registradas en algún lado antes de confiar en que el mundo las recordara por su cuenta.
Salieron de los túneles justo a tiempo: una patrulla de Inquisatura cruzó el conducto principal minutos después de que abandonaran la zona, con el tipo de metodología lenta y exhaustiva que Valerius ya había aprendido a temer más que la velocidad de los guardias comunes.
—No van a parar de buscar —dijo Sable, mientras caminaban de vuelta hacia terreno seguro—. No solo por mí. Por el archivo, por Wren, por cada hilo suelto que el robo dejó. Cuando el Consejo no puede encontrar una causa específica, empieza a tirar de todos los hilos al mismo tiempo, sin distinguir cuáles importan.