Nadie decidió formalmente que esa noche no iban a hablar de Inquisatura, ni del archivo, ni de cuánto tiempo les quedaba. Simplemente pasó: Mira volvió con pan robado —"comprado", corrigió ella, sin que nadie le creyera— y Garrick apareció detrás con un guiso que olía mejor de lo que cualquiera esperaba de alguien que hasta hacía tres semanas comía raciones de guardia.
—¿Dónde aprendiste a cocinar esto? —preguntó Ren, oliendo la olla con una desconfianza que no llegaba a ser real.
—Mi madre trabajaba en las cocinas de la Casa Veth. —Garrick sirvió sin mirar a nadie en particular—. Aprendí viéndola, antes de que el Consejo decidiera que yo servía mejor con una espada.
—¿Y sabe que desertaste?
—No sabe nada de mí desde hace tres años. —Lo dijo sin dramatismo, como quien menciona el clima, y sirvió otro plato antes de que el silencio se instalara demasiado—. Coman. Se enfría.
Sable se sentó al margen, con el cuaderno cerrado por una vez, observando la habitación entera con la misma atención con la que había observado el pasillo del Consejo la noche que lo encontraron.
—¿Siempre comen así? —preguntó, al fin.
—¿Así cómo? —dijo Mira, con la boca medio llena.
—Sin ceremonia. Sin que nadie controle quién come primero. —Sable giró la cuchara entre los dedos, sin usarla todavía—. En el Consejo hasta las cocinas tenían jerarquía. El escriba mayor comía antes que el escriba menor, y nadie discutía por qué.
—Aquí come primero el que llega con hambre real. —Ren se lo dijo casi como una broma, pero no lo era del todo—. Es el único sistema que nos funcionó hasta ahora.
Sable no respondió, pero comió, y algo en la forma en que lo hizo —despacio, casi con cuidado, como quien prueba algo que hace mucho no se permitía disfrutar sin culpa— hizo que Valerius, desde el otro lado de la mesa, decidiera no comentar nada al respecto.
—Ronca —dijo Mira, señalando a Garrick con la cuchara—. Lo escuché anoche desde el otro cuarto. Como un carro con una rueda floja.
—No ronco.
—Roncas. —Ren asintió, muy serio—. Yo también lo escuché. Pensé que era Inquisatura derribando la puerta de al lado.
—Ninguno de los dos tiene pruebas.
—Tenemos oídos —dijo Mira—. Es prueba suficiente.
Garrick se cruzó de brazos, fingiendo una oponencia que no sentía del todo, y por primera vez desde que lo conocían, algo parecido a una sonrisa completa, sin cálculo detrás, le cruzó la cara.
—Tú duermes con un cuchillo bajo la almohada —contraatacó, mirando a Mira—. Lo vi la primera noche.
—Eso no es un hábito raro. Es sentido común.
—Duermes con un cuchillo bajo la almohada en una habitación con seis personas que confían en ti.
—Exactamente. Sentido común.
Lirian, que había llegado tarde y se había quedado apoyada en el marco de la puerta, se rió por lo bajo, un sonido poco frecuente en ella, que normalmente reservaba toda su energía para las heridas de los demás.
—Yo duermo con las manos sobre el pecho —dijo, sin que nadie se lo preguntara—. Mi maestro decía que un sanador que se acostumbra a dormir con los puños cerrados termina curando con los puños cerrados también.
—¿Y tú, Valerius? —preguntó Mira—. ¿Cómo duermes?
Valerius lo pensó de verdad antes de contestar, algo poco frecuente en las últimas semanas.
—No mucho. Pero cuando duermo, cuento algo antes de cerrar los ojos. Da igual qué. Ayuda a que la cabeza se calle.
Nadie se rió de eso. Ren, sentado a su lado, no dijo nada tampoco, pero le tocó el hombro un segundo, un gesto pequeño que no necesitaba palabras alrededor.
La conversación se movió sin que nadie la dirigiera: de los ronquidos de Garrick a la comida que cada uno consideraba imposible de comer —Mira odiaba el pescado, sin excepción; Sable confesó, con la seriedad de quien admite algo vergonzoso, que nunca había probado nada dulce hasta los catorce años, porque en el Consejo el azúcar refinada era un lujo que se calculaba, como todo lo demás— y de ahí a historias más pequeñas, sin peso, sobre antes.
—Yo quería ser relojero —dijo Valerius, en algún punto, sin que nadie se lo preguntara directamente—. Antes de todo esto. Arreglaba cerraduras porque era lo que había, pero lo que en verdad quería aprender era relojería fina. Cosas con muchas piezas pequeñas que tienen que encajar exactas o no funcionan nada.
—¿Por qué relojes? —preguntó Garrick.
—Porque un reloj roto tiene arreglo. —Se encogió de hombros, casi avergonzado de decirlo en voz alta—. Casi todo lo demás en los Bajos, no. Había un viejo en el mercado que reparaba relojes de los nobles. Quería aprender con él, aunque fuese solo a mirar.
Se detuvo. Buscó el nombre del hombre —lo había sabido, estaba seguro de que lo había sabido, un nombre corto, de dos sílabas— y no llegó. Se quedó ahí, a mitad de camino entre la lengua y el recuerdo, y por un segundo el silencio que siguió no fue por la historia, sino porque Valerius se dio cuenta, con una incomodidad que no supo nombrar del todo, de que no podía terminarla.
—No importa —dijo, al fin, más para sí mismo—. No importa cómo se llamaba.
Ren no dijo nada, pero Valerius sintió su mirada un momento de más, y supo, sin necesidad de que se lo confirmara, que había notado el hueco tanto como él.
Fue Sable quien, mucho después, cuando el guiso ya se había enfriado del todo y nadie tenía intención real de moverse, dijo lo que todos habían estado evitando decir toda la noche.
—Esto es lo que van a intentar quitarnos.
Nadie preguntó qué quería decir. Todos lo entendieron igual.
—Cinco personas comiendo de la misma olla sin que nadie se lo ordenara. —Sable miró la habitación entera, la olla vacía, las risas que ya se habían apagado pero que seguían pesando en el aire de una forma buena—. El Consejo no puede replicar esto. Por eso van a intentar romperlo primero.
Se calló ahí. No agregó nada más, ninguna explicación de por qué eso importaba o qué debían hacer con la información, y el silencio que dejó pesó más de lo que hubiera pesado cualquier discurso completo.