Berenice.
Me llamo Berenice Bastardo. Sí, ya sé lo que estás pensando, y no, no es gracioso. Llevo treinta y dos años oyendo el chiste, y lo he oído en todas las versiones: la del profesor que hace una pausa dramática al pasar lista, la del banco que me llama «señora Bastardo, ¿verdad?» con un tonito de duda, y la del fontanero que, al leer el nombre en el timbre, soltó un «mi más sentido pésame» que todavía no he entendido.
Mi familia, en cambio, lo lleva como un título nobiliario. Mi padre lo pronuncia con la barbilla levantada, como si nos hubiera tocado en una herencia de Castilla. Yo me limito a sonreír con la cara de quien espera que se abra una trampilla bajo sus pies.
Aquella noche de principios de diciembre estaba en el sofá, en pijama, cenando cereales con la dignidad de una mujer adulta y funcional, cuando mi móvil se iluminó con un «Mamá 📞❤️». Tengo una regla de vida: cuando mi madre llama a las once de la noche, o ha muerto alguien o ha comprado algo por internet. Ninguna de las dos opciones es buena.
—¡Hija! —gritó, desde el fondo de un pozo imaginario, que es como usa el teléfono—. ¿Me oyes?
—Te oigo, mamá. Te oye el vecino.
—Pues escucha, que tengo noticias. Hemos hablado tu padre, la tía Concha, tu hermana, la abuela y yo, y hemos decidido que este año la Navidad la pasamos en tu casa.
La cuchara se me quedó a medio camino de la boca. Una gota de leche se suicidó contra mi pijama.
—¿En mi casa? ¿En Madrid? ¿Quiénes?
—Todos. Y Gerardo con su mujer, que se han apuntado de rebote. Quince, más o menos. Tu padre dice que si no cabemos, nos apañamos en el suelo.
—Mamá, mi piso tiene cincuenta metros. Mi salón es un pasillo con ambiciones.
—Pues será un belén viviente. Además, no nos lo perdemos por nada: tenemos que conocer a Álvaro.
Y ahí estaba. Cerré los ojos. Álvaro. El hombre de mi vida, que no existía.
—Ah —dije, con una voz que sonó como un globo desinflándose—. Álvaro.
—Tu novio, hija, el cirujano. Desde junio nos tienes en ascuas. Cada vez que preguntamos, o está operando, o está volando, o está en un congreso. Ese hombre no para. Que cambie la guardia, que para algo es cirujano, que opere antes. Dile que los Bastardo no aceptamos excusas. Y que le gustan las gambas, ¿verdad? Que este año las trae tu tío Paco de Huelva. Tengo que dejarte, que suena el horno. ¡Besos! ¡Y no te olvides del turrón!
Colgó. Yo me quedé mirando el techo. Hay quien ve en los techos la forma de un conejo; yo vi, con claridad meridiana, mi propio funeral, con quince Bastardo llorando en la primera fila y mi madre diciendo: «Siempre fue muy reservada».
Para entender cómo había llegado hasta ahí hay que remontarse a junio, a la boda de mi primo Gerardo.
Gerardo tiene treinta y cinco años y sigue contando sus hazañas del instituto como quien narra la conquista de América. Su segundo rasgo de personalidad es haber comprado criptomonedas «antes que nadie», aunque jamás ha ganado un euro con ellas. Aquella tarde, entre el segundo plato y el postre, se me acercó con una copa de vino y esa sonrisa de lástima que algunos hombres se echan como colonia.
—Bueeeno, prima. ¿Y tú, cuándo? Que ya no eres ninguna niña.
—¿Cuándo qué?
—Pues cuándo te animas. Te lo digo con cariño. Sola no se está bien, Berenice. Se empieza con un gato y se acaba con veinte.
Fue por el gato. Juro que fue por el gato. Hasta ese momento me había comportado con una elegancia ejemplar, hasta con las servilletas. Pero la palabra «gato», dicha en ese tono, me encendió algo en el cerebro, y lo siguiente que oí fue mi propia voz, serena, casi aristocrática:
—En realidad estoy saliendo con alguien.
Silencio en la mesa. Hasta la abuela Cayetana, que está sorda de un oído y se hace la sorda del otro, levantó la cabeza como un suricato.
—¿Con alguien? —repitió Gerardo.
—Se llama Álvaro. Es cirujano.
Debí parar ahí. Lo sé. Lo sabe todo el mundo. Pero mi madre se llevó la mano al pecho, mi hermana Pilar abrió la boca como un buzón, y yo, que jamás había sido el centro de una reunión familiar (ni siquiera en mi propia comunión, donde me tapó un tío con una cámara de vídeo), descubrí con horror que aquello me gustaba.
—Cardiovascular —añadí—. Opera corazones.
—¡Ay, qué bonito! —gimió la tía Concha.
—Y pilota avionetas. Los fines de semana. Para relajarse.
—¡Pilota avionetas! —rugió el tío Paco, golpeando la mesa con tanta fuerza que saltaron las gambas.
—Y es alérgico a los gatos —rematé, mirando a Gerardo con sonrisa gélida—. Muchísimo. Por eso nunca tendremos ninguno.
Esto último no tenía ningún sentido. En ese momento me pareció un detalle de genio, un toque de realismo que blindaba la mentira. Con los años he aprendido que las mentiras son como los guisos: si les echas de todo, acaban sabiendo a desesperación.
Los meses siguientes fueron una escalada digna de un culebrón. Cada vez que mi madre preguntaba por Álvaro, yo añadía un dato. Que le gustaba el jazz. Que hablaba cuatro idiomas. Que había salvado a un niño en un restaurante haciéndole la maniobra de Heimlich con una cuchara. Mi hermana Pilar, que desconfía hasta de su sombra, empezó a pedirme fotos. Le dije que Álvaro era muy reservado con su imagen y que odiaba las redes sociales.
—Qué hombre tan íntegro —suspiró mi madre.
Íntegro. Un hombre que no existía y que ya tenía más reputación que yo.
Y ahora ese hombre íntegro tenía que presentarse en Madrid el 23 de diciembre, dentro de veintidós días, ante quince Bastardo con ganas de hacerle un interrogatorio digno de la Inquisición.
Miré el reloj: las once y cuarto. Decidí que lo más inteligente era no pensar. Me metí en la cama, me tapé hasta la nariz y cerré los ojos con la determinación de quien se declara en huelga mental.
A las tres de la madrugada seguía mirando el techo, con los ojos como platos, haciendo siempre la misma cuenta: quince personas, veintidós días, cero novios.
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Editado: 08.10.2026