Berenice.
Hay gente que se despierta con el canto de los pájaros. Yo me desperté a las 9:52 con el canto de mi propio pánico, que suena parecido a un despertador, pero con más cuota de ansiedad.
Faltaban ocho minutos para que llegara un desconocido a mi casa.
Salté de la cama, miré el salón y vi lo que vería cualquier extraño: un sofá, una mesa con tres capas de facturas, una estantería con libros ordenados por colores, porque me dio un arrebato en septiembre, y una planta que llevaba meses fingiendo estar viva por compromiso. En el suelo, una calcetín huérfano. En el sillón, mi sujetador de estar por casa colgando como una bandera de rendición.
Tardé cuarenta segundos en esconderlo todo bajo el cojín del sofá. Tardé otros veinte en darme cuenta de que seguía en pijama, un pijama de franela con estampado de ovejitas que dice «Duerme, que es gratis». Decidí que ya no había tiempo de cambiarme, y que si quería un novio falso con acceso a mi intimidad, mejor que me conociera al natural.
A las diez en punto sonó el timbre.
Abrí la puerta con la cara de una mujer que acaba de aceptar su destino.
—Buenos días, prometida —dijo Jack.
Llevaba la misma bufanda verde, un abrigo gris con un botón distinto de los demás, una carpeta bajo el brazo y, en la mano libre, un estuche negro de unas dimensiones que no admitían dudas. Sonreía con tanta energía que dudé de que fuera legal a esa hora.
—Es el saxofón —dije, mirando el estuche.
—Es el saxofón —confirmó, con orgullo de padre primerizo—. Se llama Dolores.
—¿Le has puesto nombre?
—Todos los actores ponemos nombre a nuestros accesorios. Es el primer paso para creérselos. —Entró sin esperar invitación, como hacen los que han ensayado la entrada—. Qué casa tan acogedora. Hay un orden en el desorden que habla de una mente compleja.
—Habla de que hay un sujetador debajo del cojín.
—No he visto ningún sujetador. —Ladeó la cabeza—. Aunque ahora que lo dices, el cojín tiene una forma muy sospechosa.
Dejé escapar un gruñido que no reconocí como propio. Jack se quitó el abrigo, lo colgó del respaldo de una silla y se quedó mirando mi pijama de ovejitas con ojos de crítico gastronómico.
—Me gusta —dijo—. Tiene carácter. «Duerme, que es gratis». Una filosofía de vida.
—No se burle de mis pijamas.
—Jamás. Es mi segundo gran respeto de la mañana, después del que siento por Dolores.
Pasamos las siguientes dos horas en una especie de comedia de enredos con café. Lo primero que hizo fue abrir la carpeta y desplegar sobre la mesa varias hojas manuscritas, algunas con flechas, otras con dibujitos. Reconocí un esquema que parecía un árbol genealógico, con fotos recortadas de revistas pegadas encima.
—¿Qué es esto?
—La familia Bastardo, tal como la entiendo por tu descripción. —Señaló un muñeco con corbata—. Tu padre, Ramón. El hombre del fútbol y la sal. —Un muñeco con un delantal—. Tu madre, Remedios, a la que no hay que contradecir en la cocina. —Un cuadradito rodeado de un halo de maldad—. Tu primo Gerardo, el criptomillonario fantasma. —Una anciana con alas de ángel dibujadas con rotulador—. Tu abuela Cayetana.
—¿Por qué tiene alas?
—Porque en toda familia hay un ángel que en realidad es un general. —Se frotó las manos—. Ahora, lo importante: la historia de cómo nos conocimos.
—Eso ya lo tengo preparado. —Abrí mi libreta con la solemnidad de una notaria—. Nos conocimos en una cafetería. Pedimos lo mismo. Hubo química.
Jack me miró en silencio durante un tiempo que me pareció un reproche.
—¿Qué? —dije.
—Berenice. ¿Cómo te lo digo con delicadeza? Eso no es una historia, es un anuncio de yogures.
—¡Es creíble!
—Es aburrido. Cuando quince personas te preguntan cómo os conocisteis, no quieren la verdad: quieren una película. Quieren sentirse espectadores de algo que merezca la pena. —Se puso de pie, y lo supe: iba a actuar—. Ahora imagínate esto. Sábado por la noche. Una gala benéfica en el hospital. Tú vas con un vestido azul porque tu amiga Marta te regaló una entrada que no podía usar. Yo, cirujano de guardia, he salido corriendo del quirófano con la bata todavía puesta debajo del esmoquin…
—¿Por qué llevas un esmoquin debajo de la bata?
—Porque iba a la gala, claro. Un hombre que se pone el esmoquin antes de operar es un hombre de prioridades claras. —Se paseaba por mi salón, que mide cuatro pasos, así que tenía que girar sobre sí mismo cada dos frases, como un león en una jaula de fregona—. Y entonces, en mitad del discurso del director, tú te atragantas con una aceituna.
—¿Una aceituna?
—Una aceituna muy traicionera. Tú te pones azul, la gente grita, y yo, sin pensar, con el instinto del héroe, te practico la maniobra de Heimlich.
—¡Con una cuchara!
—¡Con una cuchara! —Se detuvo, triunfante—. ¿Lo ves? La anécdota que ya habías soltado en junio encaja perfecta. Cierra el círculo. Es poesía.
—Es una locura. Se lo van a creer los que quieran creérselo, pero Pilar va a hacer preguntas. Pilar siempre hace preguntas. Una vez interrogó a un repartidor de pizzas durante veinte minutos porque le sonaba su cara.
—Perfecto. Un buen personaje se mide por la calidad de sus antagonistas. —Se sentó otra vez, satisfecho—. ¿Y tu aceituna? ¿Sobrevivió?
—¡No hay aceituna!
—Hay aceituna. Hay aceituna y hay emoción. Y hay una cuchara.
Me tapé la cara con las manos. Por entre los dedos, vi que Jack estaba tan feliz como un niño con una caja de lápices. No había ni una pizca de burla en su cara: se lo creía. Se creía su aceituna, su esmoquin, su cuchara. Y lo peor era que, escuchándolo, yo empezaba a verlo todo: el vestido azul, las luces del salón, el murmullo de la gala, el pánico, sus manos enormes…
—Vale —dije, agitando la mano para disipar la imagen—. De acuerdo. La aceituna. Pero con una condición: nada de más detalles sin consultarme. Se acabó la improvisación.
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Editado: 10.10.2026