Berenice.
Si alguna vez han intentado fabricar un cirujano a partir de un actor en paro en menos de veinticuatro horas, sabrán que el proceso se parece bastante a montar una estantería sueca sin instrucciones: sobran piezas, falta una tuerca y al final algo cruje.
Jack llegó a las nueve de la mañana con tres bolsas de plástico y la cara de quien ha pasado la noche en vela por motivos profesionales.
—He estado leyendo —anunció, dejando las bolsas en la mesa—. Dos horas de vídeos sobre cirugía cardiovascular. He aprendido que el corazón tiene cuatro cavidades y que los cirujanos dicen «¿Bisturí?» con una voz que da mucho miedo.
—¿Y qué más?
—Nada más. Me quedé dormido en un vídeo sobre válvulas mitrales. Pero mira lo que he traído.
Sacó de una bolsa una bata blanca con el cuello torcido, de esas que se compran en tiendas de disfraces. Del bolsillo asomaba un fonendoscopio de plástico rosa con un patito amarillo en la campana.
—Jack, eso es un juguete.
—Es un fonendoscopio pediátrico. Muy cirujano, muy humano, muy cercano. Le da al personaje un lado tierno.
—Le da al personaje un lado de dentista de feria.
—Detalle por detalle, Berenice. —Sacó de la segunda bolsa una gorra de quirófano con estampado de estrellas y, de la tercera, un pan de molde—. Esto último es mío. Tengo hambre. Hay que alimentar el método.
Me senté en el sofá y me froté la cara con las dos manos. En la ventana, la nieve de la noche anterior había dejado una capa fina que convertía los tejados de Madrid en una tarta recién espolvoreada. Era el tipo de mañana que, en cualquier película, antecede a una escena importante. Y yo, en lugar de una escena importante, tenía a un hombre poniéndose una gorra de estrellas frente al espejo del recibidor, con la solemnidad de un torero.
—Esta noche, a las diez, tenemos videollamada con mi madre y mi hermana —dije—. Con Pilar, que es un sabueso con wifi. No podemos aparecer con un fonendoscopio de patito.
—Entonces el patito se queda en casa. —Se lo guardó en el bolsillo con pesar—. Pero la bata va. Una buena bata impone.
—Estaremos en mi salón. En pijama.
—Yo no. Yo iré de médico de guardia, recién salido del hospital, agotado pero firme. Y tú, a mi lado, preocupada por mi salud.
—¿Y por qué estaría preocupada por tu salud?
—Porque llevo treinta y seis horas sin dormir salvando vidas. —Se giró, con la mano en el pecho—. Es un sacrificio inmenso. Merece una cena caliente y un abrazo.
—No habrá abrazo.
—Habrá un abrazo de cortesía. Lo pone en el contrato.
Lo miré. Él me miró. Llevaba la gorra ladeada y el pelo asomándole por todos lados como una planta que ha encontrado la luz. Por un momento, y que Dios me perdone, pensé que estaba guapísimo. Luego recordé que cobraba cuatrocientos euros y que había comprado una gorra de estrellas.
El resto del día lo dedicamos al «dossier». Jack lo llamaba así, con una dignidad de agente secreto. Escribimos, uno frente al otro, en la mesa del comedor, la historia completa de Álvaro Montesinos Núñez (le había puesto mi segundo apellido de segundo, «por tradición familiar»), nacido en Valladolid, hijo de un notario y una pianista, el mayor de tres hermanos, graduado con matrícula de honor, residente en Chamberí, aficionado al jazz y a las avionetas. Le inventamos una cicatriz en la ceja por una caída de pequeño. Le inventamos una manía: contaba los escalones de todas las escaleras. Le inventamos un miedo secreto: las palomas.
—Es un detalle humano —explicó Jack—. Un hombre que opera corazones pero tiembla ante una paloma. Eso es oro dramático.
—Mi tío Paco tiene palomas.
—Mejor todavía. Conflicto.
A las ocho de la tarde estábamos agotados, con la mesa cubierta de folios, y Jack se había quedado dormido tres minutos sentado, con el boli en la mano, como un colegial. Lo contemplé sin que lo supiera. Dormido parecía más joven y menos peligroso. Tenía un mechón sobre la frente que me costó un esfuerzo considerable no apartarle.
No lo hice. Pero lo pensé con suficiente intensidad como para sentirme culpable, así que fui a la cocina y preparé té con la excusa de que a esas horas se necesita té.
A las nueve y media estábamos listos. Yo con un jersey de cuello alto color burdeos que me hace parecer una mujer segura de sí misma; Jack con la bata (sin el fonendoscopio, pero con un bolígrafo en el bolsillo del pecho, «para dar fe de actividad profesional») y el pelo peinado hacia atrás con un gel que había tomado prestado de mi baño sin pedir permiso. Olía a mi colonia de lavanda, y yo hice como que no me daba cuenta.
Colocamos el portátil sobre una pila de libros en la mesa baja del salón. Detrás, el sofá y el árbol de plástico con sus tres bolas y su estrella torcida, encendido para dar ambiente. A un lado, estratégicamente, dejé una foto enmarcada de mi sobrino para parecer una mujer con vínculos afectivos. Al otro, Dolores, el saxofón, apoyado contra la pared como un invitado más.
—¿Preparado? —pregunté.
—Nací preparado. —Tragó saliva—. Aunque me noto un poco sudoroso.
—Es nerviosismo. Respira.
—Los cirujanos no sudan.
—Los cirujanos sudan muchísimo. Por eso les secan la frente con una gasa.
—Tienes razón. —Cerró los ojos y sacudió los hombros, como un boxeador—. Soy Álvaro Montesinos. Soy Álvaro Montesinos. Tengo miedo a las palomas.
A las diez en punto, el portátil emitió el sonido de llamada. Contesté, y la pantalla se llenó de dos rostros: el de mi madre, tan pegado a la cámara que se le veía solo un ojo y media ceja, y el de Pilar, en un segundo recuadro, con la mirada de un fiscal de la Audiencia Nacional.
—¡Hija! —gritó mi madre—. ¿Se me ve? ¿Me oyes? ¿Se me ve la cara?
—Se te ve un ojo, mamá.
—Es que no encuentro el botón. Pilar, hija, ¿dónde está el botón?
—¡Mamá, aléjate de la pantalla!
—¡Ay, ya lo tengo! ¡Ahora sí! ¡Hola, hijo!
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Editado: 10.10.2026