¡ Se alquila prometido!

Capítulo 4: Las palomas del tío Paco.

Berenice.

Existen tres tipos de madre: la que llama, la que se presenta de improviso y la que, tras una videollamada, decide que ya no puede esperar a ver al yerno en persona. La mía es las tres a la vez.

—Hija, vais a venir a comer el domingo —dijo al día siguiente, sin saludar—. A casa. Tu padre ha dicho que si Álvaro es capaz de aguantar un cocido de mi madre, es de la familia. Y si no, pues peor para él.

—Mamá, Álvaro tiene guardia.

—Pues que se cambie la guardia, que para eso es el que corta. Que opere el sábado.

Colgó. Miré a Jack, que estaba en mi cocina haciéndole una tostada al perro, porque Bisturí no se había marchado, no había aparecido ningún dueño y a las diez de la mañana ya tenía su propio cuenco, hecho con un táper de lentejas.

—Tenemos cocido el domingo —dije—. En el pueblo de mis padres.

—¿Cuántos Bastardo?

—Hasta quince.

—Ensayo general con público. —Se frotó las manos—. Perfecto. Me encanta el teatro de proximidad.

—Hay palomas.

La tostada se le quedó a medio camino del perro.

—¿Perdón?

—Mi tío Paco tiene un palomar. Y tú, Álvaro, tienes miedo a las palomas. Lo inventamos nosotros, ¿recuerdas? «Es un detalle humano». «Oro dramático».

—Ah. —Jack tragó saliva—. Qué buen guion tenía este hombre. Qué pena que lo haya escrito un imbécil.

—Lo escribimos los dos.

—Entonces somos dos imbéciles. Es un consuelo.

El domingo nos recogimos temprano. Hacía un frío de los que muerden las orejas, y el cielo estaba tan limpio que parecía recién lavado. Jack llegó a mi portal con una bufanda nueva (verde, pero otra verde), un ramo de flores y una caja de bombones que, juraba, había comprado «con el dinero de mi cachet». Bisturí venía con un lazo rojo al cuello que Jack le había puesto por la mañana, y que el perro llevaba con la dignidad de un diplomático.

—¿Vamos a llevar al perro? —pregunté.

—Es el perro de Álvaro. Si no aparece, Pilar sospechará.

—Pilar ya sospecha.

—Pues que sospeche con un labrador delante. Es más difícil.

—No es un labrador.

—Esa es la cuestión. Nadie va a hacer la comprobación de raza con un perro tan convencido de serlo.

Condujimos en mi coche, un utilitario de color indefinible que mi padre llama «el abuelo», porque ya tiene edad para estar sentado en una silla. Por el camino, Jack iba repasando la lista de datos en voz baja, con los ojos cerrados, como quien reza.

—Álvaro Montesinos Núñez. Treinta y cuatro años. Valladolid. Notario y pianista. Alérgico a los gatos. Miedo a las palomas. Salvó a un niño con una cuchara. Perro: Bisturí. Cuatro años. Lo encontró en el hospital. Chip experimental.

—Y el saxofón.

—Y el saxofón. Dolores, que se queda en casa, porque prefiero no matar a tu familia en la primera visita.

La carretera se estiraba entre campos pelados y pueblos con campanarios. En la radio sonaba un villancico, y cuando sonó el segundo, Jack empezó a cantarlo en un inglés dudoso, y cuando sonó el tercero, yo cantaba con él, y Bisturí aullaba desde el asiento de atrás con un entusiasmo que me hizo temer por mis tímpanos. En algún momento me di cuenta de que estaba pasándolo bien y de que llevaba mucho tiempo sin hacerlo sin sentirme culpable.

Mis padres viven en una casa de dos plantas, con un jardincito delantero y un cartel de madera donde mi padre había pintado, hace treinta años, «FAMILIA BASTARDO», con una caligrafía solemne que todos los vecinos leían con una mezcla de curiosidad y lástima. Aquella mañana, además, la fachada estaba cubierta de luces de colores, un belén gigante en el porche y un Papá Noel de plástico trepando por el canalón, con una expresión de profundo pánico.

—Es precioso —dijo Jack, con auténtica emoción.

—Es una vergüenza —dije yo.

—Es amor expresado en kilovatios.

Antes de que pudiéramos llamar, la puerta se abrió de golpe y apareció mi madre, con un delantal de renos, los pendientes de guirnalda y los brazos extendidos como quien recibe a un astronauta.

—¡HIJOS!

Se lanzó sobre Jack con una fuerza inesperada. Él, que no sabía lo que se le venía encima, se quedó rígido unos segundos y luego se rindió, y la rodeó con los brazos con una ternura tan natural que yo, a su lado, me quedé sin saber qué hacer con las manos.

—Qué alto —suspiró mi madre—. Qué guapo. Ay, Remedios, que te vas a desmayar.

—Señora, es un placer.

—¡Y nada de señora! ¡Mamá Reme! —Le cogió la cara con las dos manos—. Mira qué ojos. Pilar tenía razón, tiene cara de buena persona.

—Pilar no dijo eso —murmuré.

—¡Y este es Bisturí! —Mi madre se agachó, con crujido de rodillas—. ¡Ay, qué cosa más rica! ¿Quién es el niño más guapo del mundo?

Bisturí, que sabía reconocer a una proveedora de galletas, se tumbó panza arriba con una abnegación de mártir.

Dentro de la casa olía a cocido, a canela y a calefacción. Había guirnaldas en las puertas, un árbol con más bolas que ramas y, en el salón, una mesa extendida con tres tableros distintos, cubierta por un mantel de Navidad. Alrededor, esperando, mi pequeño ejército: mi padre, Ramón, en un sillón, con el periódico deportivo y una cara de pocos amigos que era su forma de estar contento; la tía Concha, con un jersey de lentejuelas; el tío Paco, con la camisa abierta hasta el tercer botón y una sonrisa de pirata marinero; y Pilar, apoyada contra la pared, con los brazos cruzados y una expresión tan neutra que daba escalofríos.

Y en la butaca de honor, junto a la chimenea, con una manta sobre las rodillas y un bastón de mango de plata, la abuela Cayetana. Noventa años. Una mirada que le habría servido para dirigir un submarino.

—Abuela —dije, acercándome—. Este es Álvaro.

La abuela levantó la cabeza y miró a Jack durante un buen rato, de arriba abajo, sin pestañear. Yo contuve la respiración.

—¿Eh? —dijo.

—Álvaro, abuela. ÁL-VA-RO. Mi novio.




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