Berenice.
Volvimos a Madrid con tres kilos de cocido en tápers, dos bolsas de polvorones, un jersey de lana que mi madre había tejido «por si acaso» (talla XL, color mostaza) y un silencio en el coche que no existía a la ida.
No era un silencio malo. Era de esos silencios espesos que se forman cuando dos personas han dormido abrazadas por accidente y ninguna quiere ser la primera en mencionarlo. Jack conducía, porque la nieve le daba a mi coche un aire de trineo ingobernable y yo había confesado que mi técnica de derrapaje se limitaba a rezar. Bisturí iba en el asiento trasero con la cabeza apoyada en el reposacabezas, mirando el paisaje con aire de jubilado en un crucero.
—Tu abuela —dijo Jack al fin, a la altura de un cartel que anunciaba un mesón de cordero— es la mujer más aterradora que he conocido.
—Y eso que trabajas en el teatro.
—Los directores de escena son corderitos a su lado. —Frunció el ceño—. ¿Crees que lo sabe?
—Creo que lo sabe todo desde 1987.
—¿Y por qué no ha dicho nada?
—Porque a la abuela le gusta mirar. Es como una espectadora de primera fila con abono de temporada.
—Entonces estamos actuando para ella. —Sonrió con un gesto torcido—. Qué responsabilidad.
—No estamos actuando para ella —dije, y noté que se me quebraba un poco la voz—. Estamos actuando para todos.
—Claro. Para todos.
Nos quedamos callados. En la radio, una locutora anunciaba que la nevada había cortado dos carreteras secundarias y que se esperaban temperaturas de hasta ocho grados bajo cero. Jack subió un poco la calefacción. Yo me di cuenta de que estaba mirando sus manos sobre el volante, grandes, con aquella cicatriz en el nudillo, y aparté la vista como quien aparta la mano de una estufa.
Llegamos a mi portal a las seis de la tarde, con la noche ya cerrada y las farolas encendidas. Subimos los tápers entre los dos, en tres viajes, con Bisturí corriendo delante como un mayordomo ansioso. En el rellano nos esperaba doña Aurelia, en bata, con una fuente de croquetas.
—¡Hijos! —exclamó—. ¡Qué tarde llegáis! ¡Con la nevada me tenía el alma en vilo! ¡Toma, para la cena!
—Doña Aurelia, no hacía falta…
—¡Cállate, Berenice! —Le dio la fuente a Jack con ternura—. A este hombre hay que cuidarlo. Es un tesoro. Y con ese perro, ¡ni os cuento!
—Gracias, doña Aurelia —dijo Jack, conmovido—. De verdad.
—No me las des. —Bajó la voz con aire conspirador—. Solo prométeme una cosa: que cuando os caséis, me invitáis.
Me atraganté con mi propia saliva. Jack, con los ojos muy abiertos, balbuceó algo parecido a un «por supuesto» mientras Aurelia se metía en su casa con paso triunfal. Cerré la puerta del piso y me apoyé contra ella.
—Esto se nos está yendo de las manos —dije.
—Un poco.
—Ya tengo a una vecina que quiere ir a mi boda.
—Una boda que no existe.
—Una boda que no existe —repetí, y no sé por qué la frase me supo a ceniza.
Cenamos croquetas y cocido recalentado en el sofá, con el arbolito encendido y el perro tumbado entre los dos, atento a cualquier migaja. Estábamos tan cómodos que me asusté. Esa naturalidad no estaba en el contrato. Habíamos pasado de la aceituna a la rutina doméstica en una semana, y mi cuerpo, traidor, se había acostumbrado a su olor a lavanda y a su manera de llenar la casa de ruido.
A las nueve sonó el timbre.
—¿Esperas a alguien? —preguntó Jack.
—A nadie. Doña Aurelia no llama, golpea la pared.
Abrí. En el rellano había una mujer de unos treinta y cinco años, alta, elegante, con un abrigo de lana color camello, el pelo castaño recogido en un moño impecable y una sonrisa que parecía haber sido diseñada por un comité. Llevaba una bolsa de papel con el logotipo de una librería y una expresión de absoluta seguridad.
—Buenas noches. ¿Es aquí donde vive Jack Reith?
Detrás de mí, oí cómo se caía una cuchara.
—Camila —dijo Jack, con una voz que no le había oído nunca: plana, sin música.
—Hola, Jack.
Se miraron. Yo, entre los dos, sentí que estaba de más en mi propia puerta.
—¿Cómo me has encontrado? —preguntó él.
—Tu madre. Me dijo que habías aceptado un trabajito por Navidad. —Sonrió, y fue una sonrisa fría, con el filo justo—. Me ha dado la dirección. No te enfades con ella, estaba preocupada por ti.
—No estoy enfadado.
—Claro que no. —Camila me miró de arriba abajo, con una rapidez profesional—. Tú debes de ser Berenice. Encantada. Soy Camila Ferrer, la representante de Jack.
—¿Su representante?
—Ex representante —corrigió Jack.
—Su representante hasta que él decida lo contrario. —Entró en el salón sin esperar invitación, con un taconeo de metrónomo—. Vaya. Qué casa tan… acogedora. ¿Y esto?
—Es Bisturí —dije.
—Hola, Bisturí. —El perro la miró con una expresión de neutralidad suiza—. ¿Es tuyo, Jack?
—Es una larga historia.
—Seguro. Tú siempre tienes una larga historia. —Se sentó en el sillón con las piernas cruzadas y dejó la bolsa sobre la mesa—. He venido por algo concreto. Te he traído un regalo.
Jack no se movió.
—Camila, no es buen momento.
—Siempre es buen momento para una buena noticia. —Sacó de la bolsa un guion encuadernado con espiral y lo dejó sobre la mesa con delicadeza de relojera—. Un papel. Protagonista. Teatro Español, temporada de primavera. Una dirección que te va a encantar. Es lo que llevabas esperando cinco años.
Silencio. Yo miraba el guion como quien mira una granada sin anilla.
—Hay una condición —prosiguió Camila—. Las pruebas son el treinta de diciembre. En Barcelona. Y quieren verte allí el veintiocho para ensayar.
—El veintiocho —repitió Jack, despacio.
—Dos días después de Navidad. Tienes tiempo de sobra para acabar con… esto. —Hizo un gesto vago con la mano que abarcaba mi salón, mi árbol, mi vida entera—. Lo que sea que estés haciendo.
#2138 en Novela romántica
#612 en Otros
#285 en Humor
romance, amor matrimonio arreglado esposa virgen, prometido falso
Editado: 10.10.2026