Berenice.
Hay gente que, ante una crisis, medita. Hay gente que corre. Yo hago listas, y a las once y media de aquella noche tenía ya tres, escritas en el reverso de un recibo de la luz.
La primera se titulaba **HECHOS**. Decía: *1. El guion se llama igual que mi anuncio. 2. El guion es de junio. 3. Mi anuncio es de diciembre.* Debajo había dibujado una flecha y, al final de la flecha, un signo de interrogación del tamaño de una ciruela.
La segunda se titulaba **TEORÍAS** y era más divertida:
*A) Casualidad cósmica.*
*B) Jack me estaba esperando desde junio, como un depredador paciente (descartada: el depredador llegó tarde y con una rosa mordida).*
*C) Rubén es vidente.*
*D) Estoy dormida y todo esto es un sueño provocado por el cocido.*
La tercera se titulaba **COSAS QUE HACER** y solo tenía una línea: *No llorar.*
Bisturí, tumbado a mis pies, me observaba con la actitud profesional de un psicólogo que cobra por horas.
-Tú no sabrás nada, ¿verdad? -le pregunté-. Tú lo viste todo desde el primer día. Estabas allí, en la floristería. ¿Era una trampa?
El perro bostezó con tanta amplitud que le vi las muelas. Lo interpreté como un «ni idea, pero tengo hambre».
Lo que hice a continuación no tiene excusa. Cogí el guion, me envolví en la manta como una oruga con problemas y me puse a leerlo entero, de la primera a la última página, con un bolígrafo rojo en la mano, como una correctora de pruebas que ha perdido la fe en la humanidad.
Lo primero que descubrí es que no era mi vida.
Lo segundo, que se parecía más de lo que me habría gustado.
La protagonista se llamaba Beatriz Bastián, tenía treinta y tres años, trabajaba como contable, y vivía en un piso minúsculo con una planta moribunda. Hasta ahí, bien, podía ser cualquier mujer de España con una hipoteca. Pero a la altura de la página doce, Beatriz inventaba un novio ante su familia, y a la veinte lo alquilaba a través de un anuncio, y a la veinticinco el actor contratado llegaba tarde a la primera cita con una flor en la mano.
Una *flor*. No una rosa, una margarita. Me aferré a la margarita como a un salvavidas. «¡Una margarita! -anoté en rojo en el margen-. ¡Otra cosa! ¡Otra!».
Pero seguí leyendo. Y descubrí, con una mezcla de alivio y ofensa, que la familia de Beatriz vivía en un faro. Que su padre era guardafaros. Que su abuela tenía un loro con una pierna ortopédica. Y que el actor contratado, llamado Julián, fingía ser un domador de focas, no un cirujano, cosa que la hacía (la hazaña) muchísimo más difícil de mantener.
-Un domador de focas -le dije al perro-. ¿Quién se cree que es un domador de focas?
Bisturí levantó una oreja, expectante, como si la palabra «foca» le sonara a pescado.
A las tres y diez de la madrugada llegué a la última página. Fin. Dos personajes en la punta de un faro, bajo una tormenta, besándose con la solemnidad de dos tenores de ópera. Debajo, en letra pequeña, un nombre: *Rubén Alcalá*. Y debajo, otra nota a lápiz, esta vez en una caligrafía distinta de la de Camila, redonda, un poco infantil:
*«Para Jack, que dice que no cree en las casualidades. Esta vez te va a tocar creer. R.»*
Cerré el guion despacio. Miré el techo, que seguía donde lo había dejado, y que esta vez no me enseñó mi funeral, sino algo todavía peor: una duda.
-Es una casualidad -dije en voz alta-. Hay solo siete argumentos en el mundo. Lo dijo alguien, no sé quién, pero lo dijo. Un contable alquila a un actor. Es el séptimo. Probablemente el séptimo.
-Guau -dijo Bisturí, con un deje de escepticismo.
-No me mires así.
Dormí en el sofá, con el guion bajo la almohada como una adolescente con un diario, y soñé que un faro me perseguía por el Retiro con un loro en la cabeza.
A las ocho de la mañana llamé a Marta.
Marta es mi mejor amiga desde primero de carrera, y tiene una cualidad extraordinaria: contesta siempre al teléfono, a cualquier hora, con la voz de quien lleva despierta desde el amanecer, aunque acabe de salir de una fiesta.
-¿Qué ha pasado? -dijo, en lugar de «hola»-. ¿Ha muerto alguien?
-Peor. Creo que el actor al que alquilé por internet está en una conspiración.
-¿Qué actor?
Hubo un silencio largo.
-Berenice -dijo Marta, despacio-. ¿Me has estado ocultando algo?
Le conté todo. Desde el anuncio de las tres de la madrugada hasta el guion del faro, sin omitir el salero, las palomas ni la mañana de la cama de noventa. Cuando terminé, tardó en hablar tanto rato que pensé que se había quedado dormida.
-A ver si me entero -dijo por fin-. Llevas casi dos semanas con un hombre en tu casa, un hombre que te tiene a dos metros en pijama, que te ha abrazado en una cama de ositos, que se ha caído en un palomar por tu familia... y lo único que se te ocurre es que *igual le han pagado*.
-¡El guion es de junio!
-¡Y tú estás enamorada!
-No estoy enamorada.
-Berenice, tienes la voz que pones cuando te comes el último trozo de tarta de queso y finges que no has sido tú.
-Es una voz normal.
-Es la voz del delito. -Suspiró-. Cariño, escúchame. Cuando alguien escribe una comedia sobre alquilar a un novio, no sabe que lo va a hacer *una mujer de Madrid* seis meses después. Es una coincidencia. Una de esas coincidencias que se las traga un guionista y las convierte en un argumento. Hasta yo he soñado con ex novios que luego me han llamado.
-¿Y si no lo es?
-¿Y si lo es? ¿Qué cambia? ¿Te ha mentido en algo que importe?
Me quedé callada. En la cocina, Bisturí lamía el cuenco con un ruido de succión épico.
-Me ha mentido en todo -dije-. Es actor. Es su trabajo.
-Y en lo demás, ¿te ha mentido?
Pensé en la mano sobre el lomo del perro. En la nota larga y temblorosa de Dolores. En el «esta noche, Jack». En la bufanda puesta sin teatro, la noche anterior.
-No lo sé -dije.
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Editado: 10.10.2026