Berenice.
Gerardo entró en mi casa como entran los inspectores de Hacienda: sin pedir permiso, con una sonrisa de superioridad y mirando los rincones.
—¡Prima! —Me plantó dos besos que sonaron a ventosa—. ¡Y el cirujano! Cuánto tiempo.
—Cuatro días —dijo Jack, estrechándole la mano con la serenidad de quien ha operado a corazón abierto y se ha tomado un café justo después.
—Pues parece una eternidad. —Gerardo se quitó las gafas de sol, que seguía llevando en pleno diciembre y bajo techo, y las colgó del cuello de la camisa con un gesto de modelo de catálogo—. Vanesa, pasa, cariño. No te quedes en la puerta, que se enfría la casa.
Mi casa llevaba enfriándose desde 2019, pero no lo corregí.
Vanesa entró detrás de él con su sonrisa permanente, su abrigo blanco y una bolsa de tela con renos estampados. Llevaba el pelo rubio recogido en una coleta alta, los ojos azules abiertos de par en par y la expresión de quien acaba de aterrizar en un planeta nuevo y le parece todo precioso. Dijo «hola» con una vocecita de pajarito y se quedó plantada en medio del salón, mirando el arbolito de plástico con una ternura que me pareció desproporcionada.
—Qué bonito —suspiró—. Tiene tres bolas.
—Es un árbol minimalista —dijo Jack.
—Me encanta lo minimalista. —Vanesa lo miró con admiración—. Es como los cuadros que no se entienden.
Gerardo, que estaba inspeccionando mi estantería de libros ordenados por colores con la nariz arrugada, se giró de golpe al oír un ruido a sus pies. Bisturí, que había estado observando la escena con la neutralidad de un notario, le había olido la pernera del pantalón y estaba valorando seriamente la posibilidad de morderla.
—¿Y este bicho?
—Es Bisturí —dijimos Jack y yo al unísono, con una rapidez que nos delató a los dos.
—Es mi perro —añadió Jack—. Ya lo conociste en casa de tus tíos.
—Ah, sí. El labrador. —Gerardo lo miró con ojos de tasador—. Raro. Los labradores no suelen tener las orejas así.
—Es una variante —dije.
—¿De qué?
—De Valladolid.
—Ah. —Gerardo asintió con una gravedad solemne, como si hubiera oído la respuesta más lógica del mundo—. Los de Valladolid son muy especiales.
Respiré. Bisturí, que no se creía que le estuvieran llamando especial, soltó un gruñido bajo, de advertencia, y se fue a tumbar sobre mi cojín favorito, que casualmente era el que escondía el guion.
—Sentaos, por favor —dijo Jack, con la voz de anfitrión de embajada—. ¿Os apetece un café? ¿Unos churros? Hay churros.
—Churros —repitió Vanesa, con los ojos brillantes—. Qué ricos.
—Yo prefiero una infusión —dijo Gerardo—. Sin teína. Tengo la tensión alterada con los mercados.
—Los mercados —repitió Jack, solemne—. Qué tiempos.
Fui a la cocina a preparar la infusión con la sensación de caminar por un campo de minas. Oí a Gerardo, desde el salón, empezar a hablar con el tono de quien lleva toda la semana ensayando un discurso:
—Mirad, os lo digo porque somos familia. Hay una oportunidad. Una de esas que solo pasan una vez en la vida.
—Cuéntanos —dijo Jack, con una neutralidad exquisita.
—Se llama TurronCoin.
Casi se me cae la tetera.
—¿Perdón? —dijo Jack.
—TurronCoin. Una criptomoneda navideña. Está pensada para el consumo festivo. El concepto es brillante: cada moneda representa una porción de turrón, y el valor se dispara a medida que se acerca el día de Reyes.
—¿Y después de Reyes?
—Después de Reyes… se estabiliza.
—Se estabiliza en qué.
—En un valor de mercado orgánico.
—¿Es decir, en cero?
—Es decir, en un valor *orgánico*.
Salí de la cocina con la bandeja de infusiones y encontré a Jack asintiendo con la gravedad de un cardiólogo que escucha los síntomas de un paciente que no tiene ninguno, mientras Gerardo desplegaba sobre mi mesa baja un folleto plastificado con una montaña dorada en la portada y el eslogan *«El turrón de tu futuro»*.
—¿Cuánto hay que invertir? —preguntó Jack.
—Dos mil euros, mínimo.
—Dos mil euros. —Jack se frotó el mentón—. Una cifra seria.
—Es una oportunidad de familia. Para ti, Álvaro, ni siquiera sería dos mil. Un amigo mío, un colega del sector, me ha dado un descuento especial para los médicos. Mil novecientos noventa y nueve.
—Qué generosidad.
—Los médicos sois la columna vertebral de la sociedad.
—Y las columnas vertebrales necesitamos criptomonedas con forma de dulce —dijo Jack, con tal seriedad que Vanesa se atragantó con el churro.
Le di unos golpecitos en la espalda con la mano abierta. Ella tosió, se rio, tosió otra vez, y cuando levantó los ojos para mirarme, vi algo en su cara que no cuadraba con la imagen de pajarito del planeta nuevo. Fue un destello. Una chispa. Una mirada de reojo, precisa y rápida, hacia el cojín donde dormía Bisturí.
Pensé que lo había imaginado.
—Es una gran idea —seguía diciendo Gerardo—. Y tú, Berenice, que eres contable, deberías pensar en meter algo de dinero. Ya sabes, para diversificar.
—Yo diversifico lo justo —dije—. Tengo un plan de pensiones y una lata de atún caducada.
—Esa es una mentalidad muy… analógica.
—Soy una mujer analógica. Como los médicos.
—Eso mismo estaba diciendo yo —intervino Jack—. Pero, claro, hay algo en lo digital que me preocupa. Por ejemplo, Gerardo, ¿es TurronCoin una moneda regulada?
—Eh… está en proceso.
—¿Hay un libro blanco?
—Hay un folleto.
—¿Hay un equipo detrás?
—Hay un colega.
—¿Y el colega tiene nombre?
Gerardo abrió la boca. La cerró. Tomó su infusión y dio un sorbo largo, de esos que se dan para ganar tiempo.
—Se llama Brayan.
—Brayan con y griega —murmuró Vanesa, para sí misma, con una voz que no era la de pajarito.
Gerardo no la oyó. Yo sí.
La conversación continuó durante media hora larga en el mismo registro, con Gerardo defendiendo su turrón digital con argumentos cada vez más incoherentes y Jack contraatacando con preguntas educadas, precisas y mortales, como un torero que clava banderillas con guantes de seda. Cuando Gerardo mencionó que «el turrón es un activo refugio», Jack respondió que, siendo cirujano, solía refugiarse más bien en el jamón. Cuando Gerardo habló de «la descentralización del sabor», Jack le preguntó si eso incluía el turrón blando. Y cuando por fin Gerardo, desesperado, soltó un «¡es que tú no lo entiendes!», Jack sonrió con ternura:
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Editado: 10.10.2026