¡ Se alquila prometido!

Capítulo 8: Un bigote y un turrón.

Berenice.

Vanesa llamó a las ocho y diez de la mañana, que es una hora a la que solo llaman los bancos, las madres y las mujeres con un plan.

—Berenice, cielo —dijo con la voz de pajarito, y a continuación, sin cambiar de tono, añadió algo que no encajaba nada con él—: Estoy en el coche, Gerardo está en la ducha cantando «Mi burrito sabanero», así que tengo cuatro minutos. Rubén está en Madrid. Tiene un puesto en el Mercadillo de Navidad de la Plaza Mayor. El de los turrones artesanos, el que tiene un cartel de madera con un mazapán sonriente. Va todos los días de once a ocho. No le avises. Si sabe que vais, se esconde en la trastienda, que es un hombre de reacciones muy teatrales.

—¿Un puesto de turrones? Creía que era dramaturgo.

—Es dramaturgo que paga el alquiler vendiendo turrón. Es lo más navideño que ha hecho en su vida. Cuatro minutos, ya son tres. Lleva a Jack, pero que no se acerque a la cara de Rubén sin precauciones, porque no quiere hablar con él. Y, Berenice…

—¿Qué?

—Disfrázalo. De algo. De lo que sea.

Colgó. Me quedé mirando el teléfono como quien mira a un gato que acaba de hablar.

En el sofá, Jack dormía boca abajo con un brazo colgando y la cara hundida en el cojín del sujetador. Lo había descubierto Bisturí a las siete de la mañana, y Jack, en su sueño, había decidido que era una almohada excelente. Yo no pensaba contárselo en ningún momento de su vida.

—Jack.

—Mmm.

—Despierta. Tenemos misión.

—Dolores no toca hasta las diez —murmuró, sin abrir los ojos.

—No es Dolores. Es Rubén.

Se incorporó tan deprisa que el cojín salió disparado y fue a aterrizar sobre la planta moribunda, que lo recibió con la dignidad de quien ya ha visto de todo. Jack tenía el pelo como si lo hubieran peinado con un ventilador y una marca roja de costura en la mejilla.

—¿Dónde?

—Plaza Mayor. Un puesto de turrón.

—¿Rubén vende turrón?

—Eso parece.

—Qué humillante para un artista —dijo, con los ojos muy abiertos—. Y qué maravilloso. Es una escena buenísima. ¿Cómo voy?

—¿Cómo vas dónde?

—De disfraz. Si me ve, huye. Tengo que ir de otra persona. —Se frotó las manos, y supe que iba a ser un desastre—. Dame veinte minutos y una peluca.

—No tengo peluca.

—Entonces dame el bigote.

—Tampoco tengo bigote.

—Berenice, una mujer de tu perfil siempre tiene un bigote.

—¿Mi perfil?

—Contable, soltera, previsora. Seguro que guardas un bigote de carnaval en algún cajón, por si acaso.

Tenía un bigote de carnaval en un cajón. Lo odié por haberlo adivinado.

Era un bigote negro, enorme, de los de manillar, que compré en 2017 para una fiesta de la gestoría con el lema «Los 20 años de la empresa». Jack lo recibió con la reverencia de un sacerdote ante una reliquia, se lo pegó bajo la nariz con el pegamento de mis pegatinas de oficina y se contempló en el espejo del recibidor con los ojos entrecerrados.

—Ya no soy Jack Reith —declaró—. Soy don Fermín Gutiérrez de Soria, comerciante de ultramarinos jubilado.

—Pareces un bandolero.

—Un bandolero jubilado, con pensión, de Soria. Falta el sombrero.

—No tengo sombrero.

—Tu padre me dio el suyo ayer. Lo llevo en la mochila.

Sacó una boina de cuadros que olía a naftalina y a domingo. Se la puso ladeada, se subió el cuello del abrigo y se giró hacia mí con los brazos abiertos.

—¿Y bien?

Hay una sonrisa que no se puede reprimir aunque se intente. Es la que aparece en los funerales, en las bodas y en los momentos en que un hombre al que quieres ha decidido ridiculizarse por una buena causa. Me tapé la boca con la mano.

—¿Tan mal?

—Don Fermín —logré decir— está arrebatador.

—Gracias. Ahora tú.

—¿Yo?

—Si Rubén te ve del brazo de un anciano de Soria, sospechará. Hay que cuidar la coherencia. Tú serás… mi sobrina nieta, que viene de Burgos a ver las luces.

—No pienso ponerme un bigote.

—No hace falta. Basta una bufanda grande y un acento.

—Yo no sé hacer acento de Burgos.

—Es fácil. Se habla igual, pero con más dignidad.

Fui a mi cuarto a cambiarme. Me puse un abrigo largo, el gorro de lana más ridículo que tengo, uno de pompón que me regaló mi madre en 2015 y que no he tirado por puro miedo, y una bufanda que me tapaba hasta los ojos. Cuando salí, Jack me miró de arriba abajo, y por un instante, bajo el bigote, la boina y la naftalina, vi aparecer una expresión que no era de don Fermín. Duró medio segundo.

—Estás muy guapa —dijo, en voz baja.

—Pareciera un ovillo de lana.

—Un ovillo de lana muy guapo.

Cogí las llaves con prisa y salí de casa antes de que me notase la cara. Bisturí venía detrás, con el lazo rojo del cuello, porque se negaba a quedarse solo, y porque en el fondo ya sabíamos que ese perro era un tercer miembro del equipo.

Madrid, en diciembre, es otra ciudad. Es una ciudad que se pone a sí misma una bufanda de luces, que huele a castañas y a chocolate, que se llena de gente que camina despacio, con bolsas, mirando hacia arriba. Bajamos por la calle Mayor entre villancicos que salían de las tiendas, panderetas de buskers y un Papá Noel que repartía folletos de una clínica dental. Hacía un frío limpio, de esos que hacen que te piquen los ojos y se te enrojezca la nariz.

Jack caminaba a mi lado con el paso arrastrado y encorvado de don Fermín, apoyado en un bastón imaginario. Cada pocos metros se detenía a mirar un escaparate y soltaba un comentario como «En mis tiempos esto eran todo ultramarinos» o «Qué cosas hacen ahora con el turrón, por Dios». Un niño, al pasar, lo señaló y dijo: «Mamá, ese señor es un bandido». Jack le hizo una reverencia.

—Sobrina nieta —me murmuró—, hay que fingir cariño. Cógeme del brazo.

—Es el mismo tipo de contacto que ya hemos tenido.

—Pero ahora es teatro. Lo permite el contrato.

Le cogí del brazo. El abrigo era grueso, pero a través de él noté su calor, una solidez tranquila, y el brazo se me quedó allí como si hubiera encontrado su sitio en el mundo. Caminamos un buen rato sin hablar. A la altura de la Puerta del Sol, una banda tocaba «Campana sobre campana» con una tuba que iba a otro compás. Jack empezó a tararearla con voz de barítono.




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