¡ Se alquila prometido!

Capítulo 9: La inspectora.

Berenice.

Mi hermana Pilar se dedica a investigar fraudes en una compañía de seguros. Si alguien ha declarado que su coche fue arrollado por un jabalí en plena Gran Vía, o que su abuela se cayó por las escaleras con un televisor de cuarenta y dos pulgadas en brazos, Pilar es la persona que lo mira a los ojos, sonríe con tristeza y dice: «Vamos a repasarlo otra vez, desde el principio».

Por eso era la única persona del mundo capaz de ayudarnos y, a la vez, la única que podía destruirnos. Mi plan consistía en explotar lo primero sin activar lo segundo, y se resumía en una frase que ensayé frente al espejo del baño durante veinte minutos: «Pilar, necesito tu ayuda con un tema delicado».

La llamé a las diez de la mañana, que es la hora a la que Pilar ya ha desayunado, hecho ejercicio, leído la prensa y arruinado la vida de un estafador.

—Dime —contestó. Pilar nunca dice «hola». Dice «dime», como un confesor con prisa.

—Necesito tu ayuda con un tema delicado.

—¿Estás embarazada?

—¡No!

—¿Te han despedido?

—¡No! Es sobre Álvaro.

Se hizo un silencio muy corto, pero muy afilado.

—Te escucho.

Respiré hondo. Jack, sentado a mi lado en el sofá con Bisturí en el regazo, me hizo un gesto con los pulgares hacia arriba que pretendía ser alentador y que, con el perro encima, parecía el saludo de un astronauta atrapado.

—Hay una mujer que lleva unos días acosando a Álvaro. Dice que fue su representante.

—¿Su representante? Es cirujano.

—Eso mismo digo yo. Se llama Camila Ferrer. Se presentó en mi casa con un papel de teatro, que Álvaro no ha pedido, con unas fechas que no cuadran, y se comporta de una manera rara. Me da mala espina. Y como tú eres…

—Una experta en mentirosos.

—Iba a decir «mi hermana mayor», pero también.

Otro silencio. Luego oí algo que no había oído en treinta años: una media risa de satisfacción, la de un perro de caza al que le enseñan un rastro.

—Mándame el nombre completo y lo que sepas. Esta noche voy a Madrid. Dormiré en casa de Concha. Cenamos juntos y me llevo el portátil.

—¿Esta noche?

—Berenice, no hay mejor excusa para venir a cenar que un caso. Y de paso conozco mejor a ese hombre, que me intriga muchísimo.

Colgó. Me quedé mirando el teléfono.

—Ha sonado muy bien —dijo Jack.

—Ha sonado a que viene esta noche.

—Eso también.

—Y a que ha dicho «me intriga muchísimo».

—Esa parte no la he oído.

—Tú has oído perfectamente.

Bisturí suspiró, con el aire de quien presiente una cena larga.

Preparar un piso de cincuenta metros para recibir a una inspectora de seguros requiere una logística militar. Retiramos las facturas de la mesa. Escondimos el guion del faro en el horno, que no uso nunca. Sacamos el sujetador de debajo del cojín y lo trasladamos, tras un debate silencioso en el que ambos fingimos no mirarlo, al cajón de los trapos de cocina. Colocamos en la estantería, bien visibles, tres libros de medicina que Jack había comprado esa mañana en una librería de viejo por cinco euros: *Manual de cardiología básica*, *Atlas de anatomía* y, por razones que no logró explicarme, *El jardín de las orquídeas*.

—Da profundidad al personaje.

—Da la impresión de que tu hobby secreto es la jardinería cardiaca.

—Es lo que quiero.

A las cinco apareció doña Aurelia con una cazuela de lentejas y un manojo de muérdago.

—Para colgarlo en el recibidor —anunció, entrando como un general que ocupa un territorio—. En mi pueblo se decía que el muérdago atrae al amor. Y a vosotros dos os hace falta un empujoncito.

—Doña Aurelia, somos una pareja muy bien avenida —dijo Jack, con la voz de Álvaro, aunque se le notó un temblor en la última sílaba.

—Los dos sois un par de tortugas con gafas. Así que, para que no se me escapen, lo cuelgo yo.

Se subió a una silla sin pedir ayuda, con una agilidad impropia de sus setenta y ocho años, y ató el muérdago al marco de la puerta del salón con un lazo rojo. Bajó de un salto, se sacudió las manos y nos miró con una satisfacción de arquitecta.

—Ya está. A partir de hoy, quien pase por esa puerta sabe lo que tiene que hacer.

—Doña Aurelia —dije—, esta noche viene mi hermana.

—¡La de las preguntas! —Se llevó las manos a la cara—. Ay, qué emoción. ¿Puedo escuchar por la pared?

—No.

—Pues escucharé por la pared.

Se marchó dando un portazo cariñoso, y nos quedamos Jack y yo en el salón, frente a la puerta. Colgando sobre nuestras cabezas, en el marco, el muérdago se balanceaba despacio, como un péndulo burlón.

—Bueno —dijo Jack, mirándolo con gran interés profesional—. Es un símbolo con mucha tradición.

—Lo sé.

—Una costumbre anglosajona.

—Lo sé.

—Lo menciono por si hay que mantener una conversación cultural.

—Pues mantengámosla desde la cocina.

Fuimos los dos a la cocina a toda velocidad, uno detrás del otro, con las orejas rojas, evitando el marco con un rodeo tan evidente que Bisturí se quedó mirándonos con las orejas hacia atrás, como quien presencia un fracaso colectivo.

Pilar llegó a las nueve en punto, porque Pilar no llega a las nueve y cinco, ni a las nueve menos cinco. Llevaba un abrigo gris perfectamente planchado, una bolsa de portátil cruzada como una bandolera de general y, en la otra mano, una botella de vino y una carpeta de cartón con una goma elástica.

—¿Una carpeta? —susurré, al recibirla.

—Es lo que se lleva a un caso.

—Es una cena.

—Es un caso con cena.

Entró, miró alrededor con su mirada de radiografía y repasó el salón de izquierda a derecha, deteniéndose en cada detalle: el árbol de tres bolas, la estantería con los libros de medicina, la planta moribunda. Su vista se posó en el muérdago, y alzó una ceja con tal elocuencia que sentí que me subía la temperatura.

—Qué detalle.

—Ha sido la vecina.




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