Berenice.
Pilar llamó a las diez menos un minuto, porque ella considera que la puntualidad es una forma de agresión.
Jack se había pasado la noche en el sofá con el *Manual de cardiología básica* abierto sobre el pecho, y a las siete de la mañana lo encontré dormido con un dedo marcando la página 42 y la boca entreabierta. Bisturí se le había subido a la barriga y lo vigilaba como un guardia jurado que ha perdido el turno de relevo.
—Jack. Es Pilar.
—¿Qué válvula era la de la derecha? —murmuró sin abrir los ojos.
—Todas están a la derecha de alguien.
—Eso me ha parecido una respuesta muy profunda. —Se incorporó de golpe—. ¿Qué hora es?
—Las diez menos cuarenta segundos.
—¡Me quedan cuarenta segundos de vida!
Le puse el teléfono en la mano. Sonó. Jack se aclaró la garganta, se alisó el pelo (un gesto inútil, porque el pelo tiene voluntad propia) y contestó con la voz de barítono tranquilo de Álvaro, que a las diez de la mañana, recién despertado, sonaba como un locutor de radio nocturna con tos.
—Pilar, buenos días. Qué amable por llamar.
Puso el manos libres. Yo me senté a su lado, con el café entre las manos y el alma en un puño.
—Buenos días, Álvaro. Te llamo por Reyes. Mi amiga. La del Gregorio Marañón.
—Sí, claro. Reyes. Una mujer encantadora.
—¿La conoces?
—Por supuesto. Es… —Jack me miró con pánico absoluto—. Es muy conocida.
—¿De qué?
—De… de su trabajo. Es una profesional muy… sólida.
—¿Qué aspecto tiene?
Jack abrió los ojos como platos. Yo le hice un gesto desesperado con las manos, algo que pretendía representar a una mujer, pero que quedó como un pulpo en apuros.
—Es… alta —aventuró.
—Mide un metro cincuenta y ocho.
—Alta *de espíritu*.
—Mmm. ¿Y cuál es su apellido?
—Eh…
—¿No lo sabes?
—Lo sé, pero es muy raro. Es un apellido de esos que se dicen y se olvidan.
—Se llama Reyes Gutiérrez. Es un apellido bastante común.
—Pues eso, que de tan común se me olvida.
Pilar se quedó callada. Un segundo. Dos. Tres. Yo estaba a punto de arrancarle el teléfono a Jack y tirarlo por la ventana cuando oí un chasquido, como de lengua contra el paladar.
—Bueno —dijo—. Te propongo una cosa. Ya que no la conoces tan bien, mañana a las doce la invito a un café en la cafetería del hospital y vas a saludarla. Así de paso me enseñas dónde trabajas.
Jack dejó de respirar. Yo me puse de pie sin darme cuenta.
—Mañana tengo una operación larga —dijo.
—Pues el jueves.
—Ese día, un congreso.
—El viernes.
—Pilar, me temo que estoy muy ocupado hasta…
—Hasta Navidad, claro. —Se oyó una risita seca—. Te dejo, que tengo una reunión. Piénsalo. Ya me dirás.
Colgó. Jack se quedó mirando el teléfono con la cara de un hombre al que acaban de pasar por una trituradora de papel.
—Me va a pillar —dijo.
—Te va a pillar.
—Se lo huele. Tu hermana huele las mentiras como un sabueso huele las salchichas.
—Necesitamos una Reyes.
—Necesitamos un milagro.
—Mejor: necesitamos a Marta.
Marta apareció a las once y media con un abrigo de plumas rojo, un gorro de lana con orejeras y la expresión radiante de una mujer que lleva diez días esperando conocer a un personaje.
—¡Tú eres Jack! —gritó desde la puerta, señalándolo con el dedo—. ¡Tú eres el actor!
—Soy Álvaro Montesinos, cirujano cardiovascular —dijo Jack, con aplomo.
—Y yo soy la reina de Saba. Pasa, Jack, que te veo. —Entró como un huracán de plumas y le dio dos besos sonoros—. Me han contado que te caíste en un palomar.
—Fue un accidente profesional.
—Me han contado que improvisaste un perro.
—Eso fue más bien intuición.
—Y que la cama de tu cuarto de adolescente tenía ositos.
—¿Se lo has contado todo? —le pregunté a Marta, con los dientes apretados.
—Cariño, cuando una cuenta una historia así, hay que contarla bien. —Se quitó el gorro y se sacudió el pelo—. Pero no he venido a cotillear. He venido a ayudar. Tengo a una prima que trabaja en el Gregorio Marañón.
Jack y yo nos miramos.
—¿En serio? —pregunté.
—Lola. Está en admisiones. Lleva allí catorce años y conoce a todo el mundo, desde el gerente hasta el señor que arregla la máquina de café. Y, atención —levantó un dedo—, conoce a una administrativa llamada Reyes.
—¿Reyes Gutiérrez?
—Reyes Gutiérrez. Un metro cincuenta y ocho. Gafas de color mostaza. Una verruga encantadora sobre la ceja izquierda. Es un poco gruñona por las mañanas, pero muy majete cuando le das un bombón. Le encantan los bombones de licor. De cereza.
Jack se llevó las manos a la cara.
—Marta —dijo—, te quiero.
—Lo sé. Todos me quieren. Es mi cruz.
Pasamos la tarde entera montando a Reyes, como un taller de escultura. Marta llamó a su prima, y su prima, que era una mujer práctica y sin ganas de líos, nos dio toda la información: que Reyes llevaba diez años en la planta baja, que desayunaba un croissant de la máquina a las diez y cuarto, que odiaba el café descafeinado porque «es un fraude con cafeína ausente», que tenía un gato llamado Marqués y un marido jubilado que coleccionaba sellos. Jack lo anotó todo en una libreta con la devoción de un estudiante de Derecho en vísperas de oposiciones. Cuando Marta le explicó que lo que había que hacer era aprenderse a Reyes como si fuese un papel, los ojos de Jack se iluminaron con una luz que le conocí al instante: la del actor al que acaban de darle un texto.
—Reyes Gutiérrez —murmuró, caminando por el salón con la libreta en la mano—. Cincuenta y dos años. Casada con un coleccionista de sellos. Un gato aristocrático. Un croissant sagrado. Una verruga… ¿Dónde decías que estaba la verruga?
—Ceja izquierda.
—Ceja izquierda. —Se detuvo, se llevó un dedo a su propia ceja y arrugó la frente—. Me conmueve esta mujer. Yo ya la quiero.
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Editado: 10.10.2026