Berenice.
El Hospital General Universitario Gregorio Marañón tiene tantos pasillos que, según Marta, hay gente que entró en 1998 a visitar a un tío y todavía no ha encontrado la salida. A las once y cuarenta de la mañana, Jack y yo cruzábamos su puerta principal con la solemnidad de dos espías, él con la bata blanca de disfraz doblada en una bolsa (la del patito había sido desterrada para siempre), yo con una bolsa de bombones de licor de cereza apretada contra el pecho como si fuera una bomba.
—¿Y si me reconoce alguien? —susurró Jack.
—Nadie te va a reconocer. Eres un cirujano que no existe en un hospital que no te conoce.
—Eso no me tranquiliza.
—Tampoco era mi intención.
Nos paramos frente al panel de plantas. Había tantas flechas de colores que parecía el mapa de un metro mal diseñado. Una señora con un chándal rosa y una bolsa de naranjas nos miró de arriba abajo.
—¿Buscan algo, hijos?
—La cafetería —dijo Jack, con voz de Álvaro.
—Planta baja, pasillo azul, después del puesto de la ONCE. —Señaló la bata en la bolsa—. ¿Usted es médico?
—Cardiólogo.
—Ay, qué bien. Mi marido tiene una cosa en el corazón. Una cosa de ritmo. ¿Usted podría echarle un vistazo?
Jack me miró con una expresión de pánico cuidadosamente embalsamada.
—Es que ahora estoy… de paso.
—Es un minutito.
—Señora, de verdad, hay un protocolo.
—¡Siempre hay un protocolo! —Se resignó—. En fin, que Dios le bendiga y que le den un buen despacho.
Se alejó con sus naranjas. Jack soltó el aire como un globo.
—He estado a punto de tomarle el pulso.
—Y yo he estado a punto de dejarte.
—Qué cruel.
—Qué realista.
Seguimos el pasillo azul. Pasamos junto a una sala de espera donde un hombre dormía con la boca abierta bajo un cartel que decía *SILENCIO, POR FAVOR*, junto a un niño con la pierna escayolada que dibujaba un dinosaurio, junto a una máquina de refrescos que hacía un ruido de moribundo. Todo olía a desinfectante y a café quemado, a esa mezcla específica de miedo y esperanza que solo se huele en los hospitales.
La cafetería era un salón enorme, de techos bajos y mesas de formica, donde se mezclaban batas, pijamas, bolsas de suero con ruedas, familiares con ojeras y un camarero que servía cafés como quien reparte sacramentos. Pilar estaba sentada en una mesa del fondo, con su abrigo gris sobre el respaldo y un café solo delante. A su lado, con un croissant a medio comer y una expresión de resignada paciencia, había una mujer bajita, de unos cincuenta y dos años, con el pelo corto teñido de caoba y unas gafas color mostaza.
Sobre la ceja izquierda, tal como habíamos estudiado, una pequeña verruga encantadora.
—Es ella —susurró Jack—. Es una obra de arte.
—Compórtate.
—Estoy tan comportado que me duele.
Nos acercamos. Pilar levantó la vista con una calma de depredador paciente.
—Puntuales. Qué bien. Álvaro, te presento a Reyes Gutiérrez.
Jack avanzó con la mano extendida y una sonrisa contenida, la del hombre que ve a alguien que conoce pero no demasiado.
—Reyes. La vi hace unos días por el pasillo.
Reyes lo miró con las cejas, incluida la verruga, muy altas.
—¿Ah, sí?
—Me dijo… —Jack tragó saliva—. Hablamos.
—¿Hablamos?
—Un poco.
—No recuerdo.
—Fue breve.
—Muy breve.
Pilar nos miraba a los tres con la expresión de quien asiste a un espectáculo de variedades. Reyes, por su parte, parecía no entender nada, pero había en sus ojos una chispa de curiosidad: la de una mujer que lleva veinte años en administración y sabe reconocer cuando alguien está improvisando.
—Siéntese, doctor —dijo, con tono neutro—. Aquí hay sitio.
Jack se sentó. Yo me senté a su lado, con la bolsa de bombones sobre las rodillas, sin saber dónde meterme. Pilar dio un sorbo a su café.
—Reyes, cuéntale a Álvaro lo que me contabas antes. Lo del archivo.
—¿Qué archivo? —dijo Reyes.
—El del personal médico. Que no encontrabais su ficha.
El silencio que siguió fue digno de un funeral. Jack me miró con la cara de quien acaba de oír una sentencia, y yo pensé que aquello había terminado. Teníamos una cafetería llena de testigos, un perro esperando en casa y una inspectora de seguros con un plan.
—Ah, esa ficha —dijo Reyes, y dejó el croissant sobre el plato con parsimonia—. Sí. Esa ficha que no existe.
—No existe —repitió Pilar, con una sonrisa terrible.
—Claro que no existe —continuó Reyes, mirando a Jack directamente a los ojos—. Porque el doctor Montesinos no trabaja aquí.
Yo dejé de respirar.
—Y usted, joven, lo sabe tan bien como yo —añadió.
Jack abrió la boca. Se hizo un silencio denso, de esos que se pueden cortar con cuchillo. Entonces hizo lo único que se le ocurrió: soltó una carcajada.
—Me ha pillado —dijo, con las manos en alto.
—¿Perdón? —dijo Pilar.
—Es que esto es una broma pesada de Berenice —dijo, señalándome con el dedo—. Quería ver hasta dónde llegábamos. Perdona, Pilar. Me dijo que sería divertido.
—¿Una broma? —repetí, con voz de ratón.
—Sí. Es que Berenice y yo… tenemos un sentido del humor muy particular. Ella quería que dijera que trabajo en el Gregorio Marañón porque dice que suena a nombre de dramaturgo. —Jack puso su mejor cara de vergüenza—. En realidad trabajo en el Hospital de La Princesa, pero Berenice me pidió que dijera otro para ver si colaba.
Hubo un silencio. Pilar miró a Reyes. Reyes miró a Pilar. Y entonces Reyes, para mi absoluto asombro, soltó una risita.
—Pues se le da bien —dijo—. Casi me lo creo yo.
—¿Verdad? —Jack sonrió con timidez—. Es mi vocación frustrada.
—Es verdad que tiene voz de locutor —admitió Reyes, y se giró hacia Pilar—. Mira, guapa, no sé qué te traes entre manos con este chico, pero a mí me parece un buen hombre. Se pone rojo cuando miente, y eso es muy buena señal. Los malos no se ponen rojos.
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Editado: 10.10.2026