¡ Se alquila prometido!

Capítulo 12: El equipo de los desastres.

Berenice.

Existe una ley no escrita según la cual todo plan que depende de seis personas, un perro y un dramaturgo que vende turrón está condenado a salir regular. Yo lo sabía. Pero una mujer desesperada se agarra a las leyes no escritas como a un clavo ardiendo, y a las ocho de la tarde del día siguiente mi piso de cincuenta metros contenía a siete seres humanos, un labrador falso y una cantidad de abrigos que convertía el recibidor en una montaña rusa textil.

—Esto es una reunión de comunidad —dijo Rubén, quitándose la bufanda—. Falta el vecino que pregunta por la derrama.

—Ese es doña Aurelia —respondí—, y está escuchando por la pared.

—¡Estoy rezando! —gritó una voz amortiguada.

Rubén había llegado con una caja de turrones («muestras de laboratorio»), unas gafas redondas nuevas porque las anteriores se le habían manchado de chocolate fundido, y una libreta de tapas negras en la que, según confesó, llevaba semanas anotando frases de Jack «por si acaso». Jack lo había abrazado en la puerta durante un rato largo, de ese modo torpe en que se abrazan los hombres que llevan meses sin hablarse y no saben dónde poner las manos, y Rubén había dicho «tienes la espalda más ancha», y Jack había dicho «tú, más delgado», y los dos se habían quedado callados, mirando a Bisturí con enorme interés.

Vanesa llegó la última, con el pelo suelto, vaqueros, una chaqueta de cuero y ninguna sonrisa de pajarito. Si no la hubiera visto antes, no la habría reconocido. Dejó sobre la mesa un portátil, una carpeta y un termo, y declaró:

—Gerardo cree que estoy en clase de cerámica. Tengo tres horas.

—¿Hay clase de cerámica? —pregunté.

—Existe, pero no voy desde noviembre. Es la coartada perfecta: nadie te pregunta qué has hecho, porque nadie quiere ver el cuenco.

Marta se quitó el gorro con orejeras y la miró con una admiración casi religiosa.

—Eres mi nueva heroína.

—Soy contable de mi propia vida —dijo Vanesa—. Empecemos.

Nos sentamos alrededor de la mesa baja, que Jack había cubierto con un mantel de papel y una vela, «para dar ambiente de conspiración». Pilar no estaba, porque tenía su propia misión (convencer a nuestra madre de que no hablara con la tía Concha sobre nada hasta Nochebuena, tarea que ella calificó de «más peligrosa que desmantelar una banda»), pero había enviado un documento de cuatro páginas con el título *OPERACIÓN BELÉN* que Vanesa proyectó en la pared, con un proyector diminuto sacado del bolso.

—Pilar es de las mías —dijo, satisfecha—. Mirad: objetivo, hipótesis, recursos, riesgos.

—Yo soy un recurso —dijo Rubén, con orgullo.

—Tú eres un riesgo —corrigió Vanesa—. Pero también un recurso.

—Las dos cosas. Mi madre siempre dijo que era multidisciplinar.

El plan, tal como lo había redactado Pilar, constaba de cuatro fases. Primera: conseguir que Camila acudiera a la cena de Nochebuena, algo que, según el informe, haría con gusto, porque querría ver el desenlace de su obra en persona. Segunda: sacarle una declaración, delante de testigos, sobre el origen del guion. Tercera: grabar la conversación con el consentimiento de un participante, que es legal en España, cosa que Vanesa confirmó con un golpecito en el portátil. Cuarta: entregar la grabación a la productora de Barcelona antes de la reunión de las nueve.

—Es un plan precioso —dijo Marta—. Tiene un solo defecto.

—¿Cuál?

—Que depende de que Camila suelte la lengua.

—Camila adora hablar de sí misma —dijo Jack, sin mirar a nadie—. Es su única debilidad. Siete años a su lado me enseñaron que, si le pones delante a alguien que la escucha con atención y la admira un poco, es capaz de confesar un crimen para que le aplaudan.

—Entonces necesitamos un público que la aplauda —dijo Rubén.

—Necesitamos —dije yo— una función.

Los seis me miraron.

—Una cena de Nochebuena con quince Bastardo es el mejor escenario posible. Hay mesa larga, hay vino, hay una abuela que lo sabe todo y un tío con palomas. Camila entrará convencida de que está mirando una obra. Lo que no sabrá es que ya le hemos cambiado el reparto.

Jack sonrió despacio, con esa sonrisa de actor que ya me sabía de memoria.

—Un metateatro.

—Un qué.

—Una obra dentro de la obra. Ella cree que nosotros actuamos para los Bastardo. Los Bastardo actuarán para ella. Y el público —señaló a Rubén— será el autor verdadero.

—Qué bonito —suspiró Rubén, anotando algo—. Y qué trágico. Me gusta.

Ensayamos hasta pasadas las diez. Marta hizo de Camila, con un abrigo camello improvisado a partir de una manta y un taconeo de metrónomo que le salió tan bien que Bisturí, al oírlo, se escondió bajo la mesa. Vanesa repasaba los puntos legales con una precisión de bisturí (el de verdad), y Rubén interpretaba, con muy poca humildad, a todos los demás personajes: la abuela Cayetana, que le salió espeluznante; mi madre, llorando con una servilleta; el tío Paco, con un ademán de pirata marinero; y Gerardo, al que dedicó un monólogo sobre blockchain que arrancó una carcajada de Vanesa tan fuerte que tuvo que beberse el termo entero para recuperarse.

—Gerardo es el único personaje que no necesita ensayo —dijo ella, secándose los ojos—. Es perfecto tal como es.

—¿Cómo lo llevas? —pregunté, más baja—. Lo de ocultarle todo.

Vanesa dejó de reírse. Miró el termo, giró la tapa un par de veces.

—Lo quiero —dijo—. Es un cabezota insoportable y también el hombre que me hizo reír en un entierro. No quiero hundirlo. Quiero que aprenda. —Levantó la vista—. Hay una diferencia entre dejar que alguien se caiga y empujarlo. Yo llevo años sosteniéndolo con la punta del dedo. Si esto sale bien, quizá le baste con ver cómo se cae Camila para entender que a él le puede pasar lo mismo.

—Eso es muy sabio.

—Es contabilidad emocional. —Sonrió con ironía—. Debe y haber. Lo difícil es cuadrar el balance sin hacerte trampas.




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