¡ Se alquila prometido!

Capítulo 13: Urgencias.

Berenice.

Hay trayectos que duran una hora y media en el mapa y toda una vida en el cuerpo. El de Madrid a Segovia, esa noche, con la nevada cuajando sobre la carretera y mi coche ("el abuelo") crujiendo como un jubilado en una escalera, fue uno de ellos.

Conducía Jack. Yo iba de copiloto con las manos entre las rodillas, sin hablar, repasando mentalmente todas las cosas que le había dicho a mi abuela en los últimos años y que habrían cabido en una postal. *Qué tal, abuela. Estás muy guapa, abuela. Te llamo luego, abuela.* Detrás, Bisturí, que había insistido en subir y no admitía discusión, apoyaba la barbilla en mi reposacabezas y soltaba de vez en cuando un suspiro tibio sobre mi nuca.

—Está consciente —dijo Jack, sin apartar la vista de la carretera—. Eso es buena señal.

—Tiene noventa años.

—Y la mirada de un general. Cualquiera que dé órdenes desde una camilla está bien.

—Y si no lo está…

—Berenice. —Me miró un segundo—. Tu abuela me dijo "mozo" y me examinó como a un caballo. Una mujer que hace eso no se rinde antes de ver el final de la función.

No contesté, pero respiré mejor. A la altura de Guadarrama la nieve cayó tan espesa que Jack redujo a cuarenta, y los limpiaparabrisas se pusieron a trabajar con un ritmo de metrónomo desesperado. Alguien había dejado en la radio una emisora de música clásica, y una voz muy educada anunció que a continuación escucharíamos el *Concierto de Navidad* de Corelli. Los dos nos quedamos callados mientras las cuerdas llenaban el coche, y fue tan hermoso y tan fuera de lugar que sentí ganas de reír y de llorar a la vez, y me conformé con apretar los dientes.

Hacia el kilómetro cincuenta, Jack habló sin girar la cabeza.

—Antes, en tu casa, iba a decirte una cosa.

—Lo sé.

—No es que se me haya olvidado.

—Lo sé.

—Es que… ahora mismo no es el momento. Tu abuela está en una camilla y yo soy un impostor con un perro. No quiero que lo que te diga sea algo que se dijo en el coche, con prisa, de camino a otra cosa.

—Gracias —susurré.

—No me des las gracias. —Esbozó una sonrisa pequeña—. Lo estoy aplazando por razones puramente dramatúrgicas. Un buen momento necesita su tercer acto.

—Eres insoportable.

—Y tú vas a llegar a Segovia con las uñas hechas polvo.

Miré mis manos. Efectivamente, me había arrancado un trozo de cutícula y sangraba un poco. Jack, sin soltar el volante, sacó del bolsillo del abrigo un pañuelo de tela, uno de esos de cuadros que ya nadie lleva, y me lo dejó sobre la rodilla sin decir nada más.

Era el de don Fermín. Olía a naftalina.

El Hospital General de Segovia a las doce y media de la noche es un edificio que parece haber sido diseñado para que los familiares no encuentren nada. Aparcamos como pudimos, bajo una farola con un halo de nieve, y Jack se echó a Bisturí bajo el abrigo con la técnica de un contrabandista profesional, dejándole fuera solo la oreja del lazo rojo, que se agitaba con el trote como un banderín.

—No puedes entrar con un perro —dije.

—No entro con un perro. Entro con un abrigo abultado.

—Se le ve la oreja.

—Es un accesorio.

—Es una oreja.

—Es un accesorio *con oreja*.

Entramos. En el mostrador de admisión, una celadora con la mirada cansada de quien lleva doce horas viendo desfilar tragedias levantó la vista, reparó en el abrigo de Jack, en la oreja, en el lazo rojo, y volvió a mirar su pantalla con la serenidad de una monja.

—¿Cayetana Bastardo? —pregunté.

—Box siete. Pasillo derecha, luego izquierda. —Bajó la voz sin mover los labios—. Y llévense a Pepito a la calle cuando puedan.

—Se llama Bisturí —dije, sin pensar.

—Pues Bisturí a la calle.

Jack asintió con la dignidad de un diplomático al que han llamado la atención.

La sala de espera de urgencias estaba ocupada, casi por completo, por mi familia. Daba la impresión de que habían tomado el sitio como los antiguos pobladores ocupaban un castillo: con determinación, con bolsas y con comida. Mi madre, en una silla de plástico, con el delantal de renos todavía puesto (se lo había dejado sin darse cuenta al salir de casa), lloraba con un pañuelo en cada mano. Mi padre, de pie junto a la máquina de café, miraba el vaso con la sal ausente de sus ojos, y creo que fue lo más cerca de la emoción que le he visto en la vida. La tía Concha, con su jersey de lentejuelas, repartía magdalenas de un táper. El tío Paco, con la camisa abierta hasta el tercer botón, paseaba arriba y abajo con una paloma blanca posada en el hombro, que nadie había osado discutirle.

—¿Tío Paco? —dije—. ¿Eso es una paloma?

—Es Gloria. Se ha venido en el coche. No quería quedarse sola.

—No se puede entrar con una paloma.

—Tampoco con un perro, y mira. —Señaló la oreja de Bisturí—. Aquí estamos todos de tapadillo.

Pilar estaba apoyada en la pared, con el abrigo gris y los brazos cruzados, y al vernos llegar se despegó de ella con un movimiento rápido. No dijo nada. Solo se acercó, me puso las manos en los hombros, me miró a los ojos durante un segundo exacto y me dijo con su voz de siempre, un poco más baja:

—No es grave. Es una contusión en la cadera. Le han hecho una radiografía y no hay fractura. La dejan en observación esta noche por la edad.

Sentí que me temblaban las rodillas de puro alivio, y me agarré a ella con un abrazo torpe que Pilar aguantó con la rigidez de una estatua y que, justo al final, devolvió con dos palmaditas de pura contabilidad afectiva.

—Ya está —dijo—. Ya está.

—¿Y por qué nos han hecho venir con tanto…?

—Por la abuela. Cuando la ambulancia llegó, dijo que no se movía hasta que viniera Álvaro. Los de la ambulancia estaban a punto de sedarla. Mamá se asustó y llamó a todo el mundo.

—Dijo… —empezó Jack.

—Dijo «el único que sabe de corazones es él». —Pilar alzó una ceja—. Que es, como mínimo, una frase interesante.




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