¡ Se alquila prometido!

Capítulo 15: El tren de las ocho.

Berenice.

—¿Vas a subir al tren? —repetí, con una voz que me salió una octava más aguda de lo que mi dignidad habría permitido.

—Sí.

—¿Al de Camila?

—Al de Camila.

—¿El de las ocho de Nochebuena?

—Berenice, respira.

—Estoy respirando. Lo que pasa es que respiro en pánico.

Jack sacó las manos de los bolsillos y las levantó, con las palmas abiertas, como se le habla a los caballos según doña Aurelia.

—Escúchame hasta el final. Es un plan. Es *nuestro* plan.

—Pues no me lo has contado.

—Se me ocurrió a las cuatro de la madrugada, mientras tu cabeza resbalaba por tercera vez. Es un plan nocturno. Tiene algunas lagunas.

—Cuéntamelo.

Se sentó en uno de los bancos, junto a la papelera, y yo me senté a su lado, con las rodillas pegadas y el aliento haciéndose vapor entre los dos. El naranjo de plástico parpadeaba con su luz roja de moribundo.

—Camila no es tonta —empezó—. Sabe que pasa algo. Sabe que Pilar investiga. Sabe que su espía ha dejado de serlo. Lo único que no sabe es lo que yo siento, porque a ella nunca le ha interesado saberlo. Para Camila, yo soy un actor, y los actores hacemos lo que se nos manda mientras haya un papel.

—¿Y?

—Y si el tren de las ocho sale sin mí, ella sospechará que he escogido quedarme. Y entonces cambiará de plan, y ya no podremos anticiparnos. Pero si me ve subir…

—Cree que ha ganado.

—Cree que ha ganado. Y se relaja. Y cuando una persona como Camila se relaja, habla. —Me miró—. Dos escenarios. Primero, la cena de Nochebuena en casa de tus padres, con quince Bastardo, a las nueve. Segundo, el tren y la presentación de inversores, a las nueve en Barcelona. Necesitamos que Camila esté en el segundo creyendo que ha ganado el primero.

—Pero tú no puedes estar en los dos sitios.

—Ahí está la laguna.

—Jack.

—Lo sé.

—Si subes a ese tren, estarás en Barcelona a las once de la noche.

—Y tú en Segovia, con tu familia, haciendo tu función. Pero hay una cosa que no te he dicho. —Sonrió con una cautela deliciosa—. Rubén ya tiene billete.

—¿Rubén?

—Rubén viaja conmigo. Es el autor. Cuando Camila presente la obra a los inversores, él será el invitado sorpresa. Y llevará consigo el cuaderno de tapas negras, el borrador original con fecha del 14 de junio, escrito a mano, con sus tachaduras, sus manchas de café y su caligrafía de médico.

—Es la prueba de autoría.

—La prueba de autoría. Y Vanesa, que ya ha enviado el informe a la CNMV, estará allí con dos abogados amigos suyos, de esos que se visten de gris y asustan a los notarios.

—¿Vanesa va a Barcelona?

—Le ha dicho a Gerardo que tiene un congreso de cerámica.

—Qué mujer.

—Es un prodigio.

Me quedé callada, repasando mentalmente el tablero como una contable repasa una cuenta que no cuadra. Había piezas por todas partes: un tren, una cena, un cuaderno, un perro, un muérdago. Y de pronto vi lo que faltaba.

—Si tú y Rubén estáis en Barcelona —dije despacio—, ¿quién hace la grabación en la cena de Nochebuena?

—Nadie. No habrá cena, o no la que esperas.

—¿Cómo que no?

—La cena será la misma, pero la protagonista no será Camila. Será tu abuela.

—¿La abuela?

—Cayetana ya ha dicho que sale del hospital mañana. Y ha dicho también que quiere dar un discurso en Nochebuena. Sobre el amor, el puente del Eresma y los electricistas. Tu hermana lo ha apuntado.

—Pero Camila no estará allí.

—Camila estará en Barcelona, convencida de que hemos mordido el anzuelo. Y tu familia cenará tranquila. Y a las nueve y cuarto, hora de la presentación, tu hermana hará una videollamada con el móvil de la tía Concha, que tiene la pantalla más grande, y se la proyectará en la pared a toda la familia. Y todos ellos, quince Bastardo, un perro y una paloma, serán el público de la función.

—¿Qué función?

—La mía. La de Barcelona. —Se rio—. Los Bastardo verán cómo se desmonta una farsa en directo. Será la mejor Nochebuena de su vida.

No pude evitar sonreír. Era una locura. Era una locura exquisita, con todas las trampas de un buen guion y todos los riesgos de una mala idea.

—¿Y yo?

—Tú eres la protagonista. Estás en Segovia con tu familia, donde tienes que estar.

—No quiero estar en Segovia.

La frase me salió sola, seca, tan clara que nos sorprendió a los dos.

—Quiero decir…

—¿Dónde quieres estar?

—Contigo.

Jack no dijo nada. Se quedó mirándome, y el aliento se le escapó en una nube pequeña.

—Es mi plan —dije, con una firmeza que no sabía que tenía—. Es mi anuncio, mi familia, mi mentira. No pienso quedarme esperando con una copa de cava mientras tú te juegas la piel en una ciudad que no conozco.

—No me juego la piel. Solo la reputación.

—Es lo mismo.

—Berenice…

—Voy contigo.

—Tu abuela acaba de salir del hospital.

—Y tengo una hermana que sabe hacer una videollamada.

—Tu madre va a necesitar a su actriz principal.

—Mi madre lleva dos semanas representando el mejor papel de su vida. Ya no me necesita.

—Pero yo sí.

Se hizo un silencio sin viento. Jack se había quedado muy quieto, con los ojos fijos en mí y las manos abiertas sobre las rodillas, como quien ha dicho algo sin querer y no sabe si retirarlo.

—Quiero decir —rectificó, con las orejas rojas—, que como equipo…

—Como equipo.

—Exacto.

—Muy bien.

—Perfecto.

Nos quedamos mirando fijamente cada uno la punta de sus zapatos. En el naranjo de plástico, una de las luces se fundió con un chasquido pequeño.

—Entonces voy contigo —dije.

—Entonces vienes conmigo.

—Pero compro yo el billete.

—Es el contrato.

—No hay contrato.

—Entonces es un acuerdo de caballeros.

—Es un acuerdo de contables.

Soltó una risa ronca. Y cuando levantó la mano para apartarme un mechón de la cara, como la noche del perro, yo no dije nada, ni siquiera «esto no es de contrato». Dejé que sus dedos se quedaran allí, tibios, rozándome la mejilla, mientras en el cielo el rosa del amanecer terminaba de ganar la partida al gris.




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