¡ Se alquila prometido!

Capítulo 16: La abuela vuelve a casa.

Berenice.

Mi abuela salió del Hospital de Segovia a las once de la mañana, en silla de ruedas, con el bastón de mango de plata cruzado sobre las rodillas como un cetro y la expresión de una reina que abandona un exilio humillante.

—Quiero que conste —dijo al cruzar la puerta de urgencias— que la comida era un fraude. Me dieron una gelatina y me dijeron que era postre. En mis tiempos, eso se llamaba castigo.

—Abuela, ya nos vamos —murmuró mi madre, empujando la silla con la determinación de una mujer que lleva toda la noche sin dormir.

—Y que el celador que me cuidaba roncaba.

—Si lo pusiste tú de guardia…

—Roncaba con *convicción*, Remedios.

Nos repartimos en tres coches como una operación militar. Mi abuela fue en el de mi padre, con el tío Paco y Gloria en el asiento trasero («no se separa de mí», declaró el tío, y nadie se atrevió a discutir con una paloma que ya había superado dos controles de seguridad). Pilar condujo el de Vanesa y Gerardo, que seguían en estado de shock emocional y repetían a ratos, en voz baja, la palabra «Brayan» como quien reza un rosario al revés. Jack y yo nos quedamos con «el abuelo», mi utilitario, y con Bisturí, que ocupó el asiento de atrás con la solemnidad de quien se sabe imprescindible.

El pueblo de mis padres amaneció cubierto de una nieve limpia, recién estrenada, que hacía crujir las aceras bajo los zapatos. En la plaza, los operarios del ayuntamiento colgaban las últimas luces en los balcones. Alguien había puesto un belén en la fuente, con un San José de escayola al que le faltaba una mano y que, según mi padre, «llevaba así desde la Transición».

Cuando llegamos a casa, la puerta se abrió antes de que pudiéramos llamar.

—¡Bienvenida, abuela! —gritaron al unísono la tía Concha y tres primas segundas que yo no recordaba haber visto jamás.

Habían decorado el salón con una devoción casi sospechosa. Había guirnaldas en el techo, velas en todas las repisas, un cartel de cartulina que decía *BIENVENIDA CAYETANA, SUPERVIVIENTE* y, en la butaca de honor, junto a la chimenea, un cojín nuevo con forma de corazón que alguien había bordado a toda prisa con letras torcidas: *LA ABUELA MANDA*.

Mi abuela miró el cartel. Miró el cojín. Miró a las primas.

—Esto es un exceso —dijo.

Y se le humedecieron los ojos.

La instalamos en su butaca con tres mantas, un chocolate caliente y una bandeja de polvorones. Mi padre le puso al lado el salero de cerámica con forma de gallo, que Jack le había regalado por adelantado, y ella lo contempló con la gravedad de quien recibe una condecoración.

—Gracias, mozo —dijo, mirando a Jack—. Es feísimo. Me encanta.

—Es lo que pretendía.

—Lo sé. Tienes buen gusto para lo feo. Es una virtud rara.

Pasamos los días siguientes en un estado de actividad frenética, como un equipo de teatro en la semana de estreno. El plan, según Pilar, constaba de seis fases y veintidós subfases, y lo había colgado en la nevera con un imán de gallo, junto a la lista de la compra y una foto de mi sobrino disfrazado de zanahoria. A cada Bastardo le tocó un papel, y a cada papel, un ensayo.

A mi madre le correspondió el rol de anfitriona sin sospecha. Su misión era comportarse con absoluta normalidad durante la cena y, sobre todo, no cantar a medio plato. Ensayamos cuatro veces. Cuatro veces rompió a llorar antes del postre, y la tía Concha tuvo que sostenerla con un brazo mientras con el otro repartía magdalenas.

A mi padre le tocó la sal. Su responsabilidad consistía en vigilar que ningún plato saliera de la cocina sin un exceso razonable de ella, porque «un Bastardo sin sal es un Bastardo sin carácter». No supimos si el papel era necesario para el plan, pero nadie se atrevió a quitárselo.

El tío Paco se encargó de las palomas, aunque nadie supo muy bien por qué. Dijo que tenía una idea. Cuando Pilar le preguntó cuál, respondió «una sorpresa», y Pilar anotó en su libreta, con un suspiro, *RIESGO INCALCULABLE*.

Gerardo, rehabilitado por la desgracia, se ofreció voluntario para hablar con Brayan cada día a la misma hora, con voz de entusiasmo, y para mantener la ficción de la inversión hasta el último minuto. Lo hizo con una profesionalidad que nos dejó boquiabiertos. Al tercer día, Brayan le ofreció una «participación premium» de tres mil euros, y Gerardo, con una frialdad que no le conocíamos, respondió: «Lo estoy valorando, hermano. Los mercados están muy sensibles». Vanesa, desde el otro extremo de la mesa, se tapó la boca con la servilleta, y sus hombros se sacudieron con un temblor de orgullo conyugal.

—Estoy muy orgullosa de ti —le susurró esa noche, y Gerardo, que no estaba acostumbrado, se sonrojó hasta las orejas.

A mí me tocó la parte más difícil: no hacer nada. Pilar me lo dijo con la voz de quien sabe que está mandando un perro a no morder.

—Berenice, tú eres la protagonista. Tu papel consiste en estar tranquila, en ser tú, en no darle a Camila ningún motivo para sospechar. Si ella cree que estás nerviosa, buscará el fallo.

—Estoy tranquilísima.

—Te has comido las uñas de las dos manos.

—Es por el frío.

—Y has recontado los polvorones tres veces.

—Es por la contabilidad.

—Berenice. —Pilar me tomó por los hombros—. Respira.

Respiré. Fue peor.

El billete lo compré el viernes por la mañana, desde el ordenador de mi padre, con un ritual propio de un trámite notarial. Dos plazas en el tren de las ocho de la tarde del 24 de diciembre, de Madrid a Barcelona, clase turista, porque la preferente me parecía un derroche, aunque Jack protestó que «un tren de Nochebuena exige dignidad». Cuando pulsé el botón de «Pagar», sentí una oleada de vértigo, y me quedé mirando la pantalla con la sensación de haber firmado un cheque en blanco con el corazón.

*Confirmación de compra. Pasajeros: Berenice Bastardo Núñez. Jack Reith.*

Dos nombres, uno debajo del otro, como si siempre hubieran estado ahí.




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