¡ Se alquila prometido!

Capítulo 19: El andén.

Berenice.

La mañana del 24 de diciembre amaneció con un silencio raro, de esos que preceden a las grandes catástrofes y a los grandes estrenos.

Me desperté en mi cuarto de adolescente, bajo el edificio de ositos del edredón, con la sensación de que alguien había cambiado de sitio todos los muebles de mi vida durante la noche. Bisturí dormía a mis pies, con el muérdago por fin caído sobre la alfombra, como una corona abandonada tras una abdicación. Del pasillo llegaba un olor a café y a cordero, y en algún punto de la casa mi padre repetía, en voz baja y con solemnidad de ensayo, la frase que le habían asignado: «Un poco más de sal, Remedios».

Me vestí despacio. Elegí el jersey burdeos de cuello alto, el de la videollamada, el que me hace parecer una mujer segura de sí misma. Me lo puse y me miré en el espejo del armario, el mismo donde a los quince años practicaba discursos que nunca di. Frente a mí había una mujer de treinta y dos años con ojeras, el pelo imposible y una expresión que no le había visto jamás: la de quien va a hacer algo grande y aún no ha decidido si le da miedo o ganas de reír.

—Estás muy guapa —dijo una voz desde la puerta.

Jack estaba apoyado en el marco, con el pelo húmedo, una camisa blanca recién planchada por mi madre («para que lleves cara de hombre honrado») y la bufanda verde al cuello. Por una vez no había teatro en su manera de mirarme. Solo había una atención pura, tranquila, de quien se sabe de memoria un texto y no necesita apuntador.

—Tú tampoco estás mal.

—Voy a un tren con una mujer maravillosa. Hay que cuidar el aspecto.

—Es un tren con una estafadora.

—Un tren con una estafadora y una mujer maravillosa. Son proporciones razonables.

Se acercó. Me colocó el cuello del jersey, que estaba torcido, con una delicadeza de relojero, y se quedó un segundo con las manos en mis hombros. Bisturí levantó la cabeza, nos miró con una ceja arqueada y se volvió a dormir con un suspiro de hastío, como quien ya ha visto esta escena demasiadas veces y no piensa aplaudirla hasta el final.

—Vamos —dijo Jack—. Hay un mundo que engañar.

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El desayuno fue una ceremonia. Mi madre había puesto en la mesa cuatro tipos de bollería, una jarra de chocolate y un plato de jamón que, según mi padre, «le faltaba un poco de sal», y que probablemente fue el único jamón de la historia al que se le ha echado sal después de curado. Ernesto Reith, con la servilleta en el regazo y el gesto de un hombre que ha pasado cuatro años desayunando solo, comía despacio, observando a mi familia con una mezcla de asombro y gratitud. Cada vez que alguien le ofrecía algo, asentía con una cortesía de embajador. A la tercera magdalena, la tía Concha le declaró «de la familia», y él, sin saber qué hacer, miró a Jack.

—Es mejor decir que sí —murmuró Jack—. Es un idioma que se aprende rápido.

—Nunca he tenido tanta familia —dijo Ernesto.

—Yo tampoco —respondió Jack, y se le quebró un poco la voz, y mi madre rompió a llorar con ruido de sirena.

La abuela presidía desde su butaca, con las tres mantas, el cojín de corazón y el bastón apoyado en el brazo. No había dicho palabra en veinte minutos. Observaba a cada uno de los presentes con esa mirada de submarinista que le había dado fama en tres provincias.

—Berenice —dijo por fin—. Ven aquí.

Me acerqué. Se inclinó, con un crujido de huesos que me estremeció, y del bolsillo de su bata sacó un objeto pequeño, envuelto en un pañuelo de encaje amarillento. Lo puso en mi mano y cerró mis dedos sobre él.

—Ábrelo en el tren.

—¿Qué es?

—Una cosa de electricista.

Sentí que me ardían los ojos.

—Abuela…

—No llores, que me ensucias el pañuelo. —Carraspeó, con la dignidad de una condesa—. Y escúchame bien, que no voy a repetirlo. Cuando uno se sube al tren, hay que ir mirando hacia delante. Hacia atrás solo se mira cuando uno se baja.

—Lo recordaré.

—Y si ese mozo te hace llorar, me lo dices y le pego con el bastón.

—Cayetana —dijo Jack, desde el otro lado de la mesa—, sería un honor recibir los bastonazos de una mujer como usted.

—Eres un adulador.

—Soy un actor. Es peor.

La abuela soltó su carcajada de portazo, y por un momento la mesa entera se rio con ella, y fue como si todos los miedos de aquellos días se hubieran sentado a desayunar con nosotros y hubieran terminado, tras un bollo y un chocolate, aceptando marcharse.

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La despedida duró cuarenta minutos, porque en mi familia nadie sabe decir adiós en menos tiempo del que dura un cocido.

Mi madre nos metió en el coche tres tápers, dos bolsas de roscos, un termo de caldo «por si el tren se averiaba» y un rosario que, según ella, «no es que crea, pero por si acaso». Mi padre le estrechó la mano a Jack y le dijo, con la solemnidad de un jefe de Estado: «Cuida de la niña». Jack respondió: «Con mi vida, Ramón», y mi padre asintió y se dio la vuelta bruscamente para mirar la pared, aunque en el jardín no había pared, así que miró un almendro con una intensidad que lo dejó pelado.

Pilar me dio un abrazo breve y fuerte, de los que casi duelen. Después me tendió una carpeta de cartón con una goma elástica.

—¿Qué es?

—El plan. Por si algo sale mal.

—Pilar, es el mismo plan que tienes colgado en la nevera.

—Esta es la versión B. Tiene veintidós subfases más. —Me miró con ojos muy serios—. Llama si hay algo. A cualquier hora. Estaré con la videollamada preparada y con el portátil encendido desde las siete. Cuando Camila hable, ya sabes qué hacer.

—Que Jack hable, que la deje hablar.

—Y tú escuchas.

—Y yo escucho.

—Y grabas.

—Y grabo.

—Eres mi hermana pequeña —dijo Pilar, como quien enuncia un teorema—. Y te quiero. Ahora vete, que me estoy poniendo sentimental y no tengo presupuesto para eso.

Gerardo, de pie junto al coche con las gafas de sol puestas (otra vez), nos dio un apretón de manos a cada uno.




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