¡ Se alquila prometido!

Capítulo 20: El billete de las 3:42.

Berenice.

Hay objetos que, de tan pequeños, parecen inofensivos: una aceituna, un salero, un trozo de cartulina con un código de barras. Aquel billete pesaba sobre la mesa de preferente como un yunque.

—Es imposible —dije, y mi voz sonó lejana, como si hablara desde el fondo de un pozo, que es la forma en que mi madre usa el teléfono—. Yo publiqué el anuncio a las tres y veinte. Lo borré, lo intenté borrar, tardó once minutos el correo de confirmación…

—Y a las tres y cuarenta y dos, alguien compró un billete a tu nombre —dijo Camila, con la dulzura de quien lee un menú—. Con tu segundo apellido, además. Núñez. Qué detalle tan difícil de conseguir.

Sentí la mano de Jack apretar la mía bajo la mesa. Fue un apretón firme, sin música.

—¿Cómo sabías mi apellido? —pregunté.

—Berenice, cariño. —Camila se recostó en el asiento, con el tren balanceándola suavemente—. En tu anuncio dabas tu edad, tu ciudad y las fechas exactas. Tu correo tenía tu nombre completo. Tu perfil de la web enlazaba con una cuenta de la gestoría donde trabajas, que tiene página de empleados con foto. Cualquier persona con quince minutos y ganas de mirar habría tenido tu vida entera sobre la mesa.

—Eso no explica el billete.

—No. —Sonrió—. El billete lo explica otra cosa.

Metió la mano en el portafolios y sacó un teléfono. Lo dejó sobre la mesa, con la pantalla hacia arriba. Era un mensaje de voz, una onda gris detenida en el primer segundo. Pulsó.

*«Camila, soy yo. Acabo de hacerlo. He publicado el anuncio. No sé si estoy loca. Si alguien responde, dime qué hago.»*

La voz era la mía.

Me quedé helada. No porque no la reconociera, sino porque la reconocí demasiado bien: era la mía, pero más joven, más asustada, con un temblor de vino blanco en las eses. Y no recordaba haber dicho una sola de esas palabras.

—Yo no he grabado eso —susurré.

—Claro que no. —Camila apagó el teléfono—. Lo grabó tu amiga Marta.

El tren cruzó un túnel. La oscuridad se tragó el vagón durante cuatro segundos eternos, y cuando volvió la luz, las caras seguían en su sitio, pero algo se había movido por dentro.

—Marta no —dijo Jack, muy bajo.

—Marta, sí.

—Marta lleva diez años siendo mi amiga —dije, y noté que se me quebraba la voz—. Es la persona que más…

—Que más te quiere. Lo sé. —Camila inclinó la cabeza con una compasión casi creíble—. Por eso funcionó. Marta me llamó el 1 de diciembre a las tres y media de la madrugada. Estaba preocupada. Tú le habías mandado un mensaje borracho, con una foto del anuncio, y ella, que es muy lista y muy leal, pensó que necesitabas ayuda. Buscó un nombre. Un nombre del mundillo del teatro, porque tú te lo habías pedido hace años, cuando quisiste ir a ver una obra y no sabías cuál.

—Yo no…

—Tú le pediste el contacto de una agencia. Hace seis años. Ella me lo dio. Y tres semanas atrás, cuando tuvo miedo de que te metieras en un lío con un desconocido, pensó que lo mejor era llamar a alguien profesional.

—A ti.

—A mí. —Camila abrió las manos—. Yo, con mi mejor voluntad, le dije que le echaría un vistazo. Que buscaría a un actor de confianza. Y que, si alguien respondía, me encargaría de que fuera uno de los míos.

Sentí que la cabeza me daba vueltas.

—Jack respondió solo.

—Jack respondió solo. Y fue la mayor casualidad de mi carrera. —Su sonrisa se volvió ligeramente torcida—. Lo supe en cuanto vi su nombre en el correo. Pensé que el universo tenía un sentido del humor muy particular. Mi mejor cliente, mi mayor fracaso, mi perdición, respondiendo a un anuncio llamado *Se alquila prometido*.

—¿Qué quieres decir con tu perdición? —preguntó Jack.

Camila lo miró durante un buen rato. Por primera vez desde que la conocía, no encontré en su cara ninguna máscara: solo una especie de cansancio antiguo, hondo, como el de una casa donde no ha entrado la luz.

—Siete años —dijo—. Siete años trabajando para ti. Consiguiéndote papeles, lavándote los platos, aguantando tus llantos en las madrugadas, cargando con tu fe en un talento que, Jack, nunca ha terminado de arrancar. Y cuando tu padre enfermó, yo estaba allí. Yo vi lo asustado que estabas de quedarte solo.

—Y por eso mentiste.

—Por eso mentí. —No lo negó—. No fue un plan, Jack. Fue un impulso. Mi padre murió esa semana. Tenía el alma en pedazos y tú me mirabas con esa cara de niño perdido. Y pensé: si le digo que su padre vive, se irá con él. Y yo me quedaré sola con un tanatorio y un hombre que no me conoce.

—Así que me hiciste enterrar a un desconocido.

—Os acompañé a los dos. A ti y a mi padre. Fue la única noche de mi vida en que alguien me cogió la mano en un funeral.

El silencio que siguió fue enorme. En la ventana, el campo corría en bandas blancas y azules, y a lo lejos un pueblo encendía sus luces de Navidad.

—Camila —dijo Jack, con una voz que no le había oído nunca, grave y despacio—. Eso que cuentas es terrible. Y es verdad. Y no lo justifica.

—Lo sé.

—Cuatro años. Dejé de ir a pruebas. Dejé de llamar a mi madre. Dejé de abrir la puerta.

—Lo sé.

—Si me lo hubieras dicho…

—No habrías vuelto. Y yo no soportaba que no volvieras. —Se pasó una mano por el moño, y un mechón se soltó—. Es patético, ¿verdad?

—Es humano —dije yo.

Camila me miró, sorprendida.

—Es humano —repetí—. Y es un delito. Las dos cosas a la vez.

—Qué contable eres.

—Es mi forma de entender el mundo.

Se rio, una risa breve, seca, sin alegría. Luego sacudió la cabeza y recuperó, poco a poco, el gesto afilado de siempre.

—Bueno. Ahora que ya lo sabéis todo, debería decir que el tren está en marcha, que dentro de tres horas llegamos a Barcelona y que a las nueve, ante un grupo de inversores que han puesto doscientos mil euros en esta obra, vais a interpretar la escena final de vuestra historia. Con un beso, a ser posible. Es lo que el público quiere.




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