¡ Se alquila prometido!

Capítulo 22: Noche de paz, noche de inversores.

Berenice.

Llegamos a Barcelona-Sants a las once menos veinte, con tres horas de retraso respecto al plan original, un perro dormido en el estuche de un saxofón y un vagón entero de desconocidos que ya se consideraban de la familia.

El señor de Sabadell, que se llamaba Genís y vendía tornillos al por mayor, se había ofrecido a llevar la maleta de Marta «por si acaso». La azafata de la sonrisa de cera se despidió de nosotros con un abrazo y un paquetito de turrón de la cafetería, «para el perro, que ha sido muy profesional». Y Salvatierra, el abogado que no sonreía desde 1998, nos estrechó la mano en el andén con una gravedad de notario y murmuró:

—Ha sido el trayecto más productivo de mi carrera. Y el que más me ha gustado, que quede entre nosotros.

—Nunca lo diré —prometí.

—Mejor. Tengo una reputación.

Camila bajó la última. Caminaba sola, con la maleta de cuero y el abrigo camello, y se detuvo a unos metros de nosotros con el aire de quien no sabe si le corresponde acercarse. Jack le hizo un gesto con la cabeza. Ella lo entendió y se acercó despacio.

—Tengo que llamar a los inversores —dijo—. La reunión era a las nueve. Llevan dos horas esperando con una botella de cava y mala cara.

—¿Qué les vas a decir?

—La verdad, supongo. Es una novedad para mí. —Sacó el móvil—. O que el tren llevaba retraso y que traigo una sorpresa.

—Eso también es verdad —dijo Rubén, saltando del último escalón con el cuaderno bajo el brazo—. Dile que traes al autor, a los protagonistas reales y a un saxofón con una historia.

—¿Una historia?

—Dolores tiene mucho pasado —aclaró Jack.

Camila cerró los ojos un segundo, respiró hondo, y marcó. Mientras esperaba, Marta me susurró al oído:

—Esta mujer acaba de perderlo todo y está a punto de salvar el proyecto. Es la persona más peligrosa que he conocido.

—Y la más triste.

—Con las dos cosas se hacen los mejores productores.

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La reunión se celebraba en el Teatro del Born, una sala pequeña y preciosa de butacas de terciopelo granate, con un techo pintado de estrellas descoloridas y un escenario tan estrecho que Rubén, al verlo, declaró que «ahí cabe un drama, pero no un melodrama». Eran las doce menos diez de la noche. Fuera, las calles del barrio estaban llenas de gente con bufandas, villancicos y bolsas de papel, y de alguna ventana salía un olor a escudella que me hizo sonar el estómago como un trombón.

Los inversores nos esperaban en el patio de butacas: seis personas sentadas en semicírculo, con abrigos de calidad y copas de cava ya tibias. Presidía, en el centro, una mujer de unos setenta años, con el pelo blanco cortado a lo garçon, un chal de cachemira y unas gafas de pasta que le daban el aire de una directora de orquesta jubilada. Se llamaba Montserrat Puig, y según el dosier de Vanesa, había financiado en su vida cuarenta y siete montajes, de los cuales, textualmente, «cuarenta y cuatro fueron un desastre glorioso».

Vanesa estaba allí, en la primera fila, con el pelo suelto y una carpeta en las rodillas. Al verme, me guiñó un ojo con una discreción total, es decir, ninguna.

—Señora Ferrer —dijo doña Montserrat, sin levantarse—. Son las doce menos diez. Nos prometió una presentación a las nueve.

—Lo sé, doña Montserrat. Le pido disculpas. —Camila subió al escenario, se colocó en el centro, y por primera vez desde que la conozco, no tenía preparado ningún discurso—. Quiero ser breve, porque llevan dos horas esperando y se lo merecen. Les prometí una obra. Les voy a ofrecer algo distinto.

—¿Una devolución del dinero? —preguntó un hombre con barba de farmacéutico.

—Una verdad. Y una propuesta. —Tomó aire—. La obra que les presenté se titula *Se alquila prometido*. Y no la escribí yo.

Se oyó un murmullo. Doña Montserrat levantó una ceja, que en su cara fue un acontecimiento geológico.

—La escribió él. —Camila señaló a Rubén, que se había quedado clavado en el pasillo con el cuaderno de tapas negras apretado contra el pecho—. Se llama Rubén Alcalá. La escribió en junio en un piso de Lavapiés, con el título *El faro de los mentirosos*. Yo se lo cambié. Y la inscribí a mi nombre.

El silencio se hizo tan denso que se oyó crujir un asiento.

—Esto —dijo el hombre de la barba— es un fraude.

—Lo es. Yo lo cometí. Y he firmado hace tres horas, en un tren, la cesión íntegra de los derechos a su autor, ante un abogado colegiado. Pueden comprobarlo. —Sonrió con tristeza—. Pero hay otra cosa que no he podido arreglar.

—¿Cuál?

—Que es muy buena.

Doña Montserrat se quitó las gafas. Se las limpió despacio con el borde del chal, volvió a ponérselas, y miró a Rubén.

—Joven. Suba.

Rubén subió al escenario con las piernas de un flamenco recién nacido. Se quedó de pie junto a Camila, con la gorra de lana en las manos, mirándose los zapatos.

—¿Es suya la obra?

—Sí, señora.

—¿Cuántas páginas?

—Ciento doce.

—¿Tiene un final?

—Tiene dos. Uno triste y uno… —Rubén tragó saliva—. Uno que acaba de cambiar esta noche.

—Cuéntemelo.

—No puedo. Aún no ha terminado de ocurrir.

Doña Montserrat sonrió por primera vez. Fue una sonrisa breve, torcida, de mujer que ha visto muchos estrenos y sabe oler uno a distancia.

—Me gusta usted. Siéntese. —Se volvió hacia el patio de butacas—. Y ustedes dos, los del fondo, los que se agarran de la mano como si temieran perder el tren, acérquense, que no muerdo.

Jack y yo, que habíamos entrado por la puerta lateral con las manos entrelazadas, nos miramos. Caminamos por el pasillo central bajo las estrellas descoloridas, con el perro dormido en un estuche que ya nadie disimulaba.

—Berenice Bastardo —dijo doña Montserrat, cuando llegamos—. La mujer del anuncio.

—La misma.

—Con ese apellido. —Hizo una pausa—. Me encanta.

—Todo el mundo dice eso al principio.

—Y después le cogen cariño. —Alzó la copa tibia hacia mí—. He leído su anuncio. Camila nos lo enseñó en octubre, cuando todavía creía que lo había inventado. Hay una línea que me tiene fascinada: «se valorará la capacidad de memorizar datos falsos».




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