Berenice.
El Ave de vuelta salió de Barcelona a las doce y cuarto del día de Navidad, y yo lo pasé con la frente apoyada en el cristal, contando túneles para no contar nada más.
Jack dormía a mi lado, con la boca entreabierta y la mano derecha sobre el estuche de Dolores. El anillo de cobre, sujeto con su tira de cinta adhesiva, se había vuelto un poco verdoso en el borde, y él se negaba a quitárselo para lavarse las manos. «Es un anillo con carácter», decía. Bisturí iba en el suelo, sobre mis pies, con una galleta del tren que había negociado con la azafata a cambio de dar la pata. La azafata, por cierto, se había quedado en Barcelona; la de este tren era otra, y le pareció que el perro era una reposera térmica.
Me sonó el teléfono a la altura de Zaragoza. *Mamá 📞❤️*.
—¡Hija! —gritó, desde el fondo de su pozo—. ¿Me oyes?
—Te oye todo el vagón, mamá.
—Pues que se enteren. ¿A qué hora llegáis? Tu padre ha dicho que si el cordero se enfría más, lo recalienta con sal y no responde de las consecuencias.
—Llegamos a las cuatro a Madrid y a las seis a Segovia.
—Perfecto. Pues escucha, que tengo noticias. Ha venido la prima de Valladolid.
—¿La que quería conocer al cirujano?
—La misma. Se llama Inmaculada. Y ha traído a su madre. Y su madre ha traído a una señora que dice que conoce a Ernesto.
Noté que me incorporaba sola.
—¿A Ernesto Reith?
—De hace cuarenta años, dice. De Valencia. Se ha puesto a llorar nada más verlo en el comedor, y Ernesto ha dejado caer una magdalena. Tu abuela lo observa todo desde el sillón con la cara de quien ve cumplirse una apuesta.
—Mamá, ¿quién es esa señora?
—No lo sé, hija. Pero se llama Amparo y tiene unos ojos verdes iguales que los de tu suegro.
Me quedé muda. Jack abrió un ojo.
—¿Qué pasa?
—Creo que tu madre ha llegado a la cena de mis padres.
—Mi madre está en Valladolid.
—Pues ha debido de cambiar de ciudad.
—Mi madre se llama Amparo.
—Lo sé.
—Mi madre y mi padre llevan separados desde que yo tenía doce años.
—Pues parece que se han encontrado en un comedor de Segovia con un cordero.
Jack se quedó mirando el techo del vagón con una expresión extraordinaria. Luego se echó a reír, bajito, con las manos en la cara.
—Tu abuela —dijo.
—Mi abuela.
—Lo ha organizado ella.
—Lo sabe todo desde 1987.
—Y lo ha escrito mejor que Rubén.
Mamá, desde el teléfono, preguntó si seguíamos ahí. Le dije que sí, que no colgara, que le íbamos a pedir un favor.
—Dime, hija.
—Que no dejéis que nadie hable de nada importante hasta que lleguemos.
—Eso va a ser difícil. Ya han hablado de todo. Ernesto y Amparo llevan una hora en el jardín, sentados en el banco del belén, y tu tío Paco les ha puesto una paloma entre los dos. Para ambientar.
---
Llegamos a las seis y diez, con el cielo ya de color ciruela y las luces del pueblo encendidas, y la casa de mis padres se nos apareció como una nave espacial amable: ventanas doradas, humo en la chimenea, el Papá Noel de plástico todavía trepando por el canalón con su expresión de pánico estable.
Lo primero que vimos al entrar fue la mesa, larga, con un mantel de Navidad y dieciocho platos. Lo segundo, a mi abuela en su butaca, con las tres mantas, el cojín de corazón y el bastón de mango de plata, que al vernos levantó la mano izquierda y dijo, sin que nadie le hubiera preguntado nada:
—¿Qué? Estoy sorda.
—Abuela —dije, y me arrodillé junto a ella—. Gracias por el anillo.
—¿Qué anillo?
—El de cobre.
—No sé de qué me hablas. Estoy sorda.
—Del oído izquierdo.
—Y del derecho. —Me miró, y sus ojos, viejos y claros, tenían un brillo que no cabía en ninguna ley de la gravedad—. ¿Ha conducido?
—Ha conducido.
—¿Hay beso?
—Abuela.
—¿Hay beso, Berenice?
—Sí.
—Pues ya puedo morirme tranquila. —Se recostó—. Aunque no pienso hacerlo hasta que pruebe el turrón del dramaturgo.
Desde la puerta del jardín entró una mujer. Era menuda, de unos sesenta años, con el pelo corto y gris y un jersey verde botella, y tenía en la cara una mezcla de timidez y de decisión que reconocí al instante, porque la había visto muchas veces en otra cara más joven. Jack, a mi lado, dejó de respirar.
—Mamá.
—Hola, cariño.
No hubo discurso. Jack soltó el estuche de Dolores, que cayó sobre la alfombra con un quejido metálico, y se dejó abrazar por una mujer que le llegaba al pecho. Ella le acarició la nuca con una mano pequeña y firme, murmurando algo que no oí, y yo me aparté un paso para dejarles su sitio y pisé a Bisturí, que protestó con dignidad.
Detrás de Amparo apareció Ernesto, con las manos en los bolsillos y los ojos enrojecidos. Se quedó a un metro de ellos, sin atreverse. Amparo alargó un brazo sin soltar a su hijo y lo atrajo hacia sí con un gesto antiguo, de quien tira de una cuerda que lleva años enrollada.
Mi padre, solemne, trajo el salero. Lo dejó sobre la mesa. Luego, tras pensarlo, trajo otro, y lo puso junto al primero.
—Uno por cabeza —dijo.
Mi madre rompió a llorar con ruido de sirena, y esta vez no hubo servilleta que la contuviera.
---
La cena fue un cordero frío recalentado con sal, tres tipos de croquetas, el turrón de Rubén (que había enviado una caja por mensajero, con una nota que decía «curativo, no garantizado») y una conversación de dieciocho personas hablando a la vez, que es la forma en que mi familia entiende el diálogo.
La prima de Valladolid, Inmaculada, resultó ser una mujer de treinta años, divorciada, con un perro llamado Lorenzo y un humor de lija, que se sentó junto a Pilar y no se calló en toda la noche. Pilar la escuchó con la expresión de quien encuentra por fin a alguien con quien discutir en igualdad de condiciones. Hacia el postre, ya se tuteaban con una ferocidad cariñosa y se estaban repartiendo las patatas con un criterio que habría escandalizado a la Unión Europea.
#2138 en Novela romántica
#612 en Otros
#285 en Humor
romance, amor matrimonio arreglado esposa virgen, prometido falso
Editado: 10.10.2026