¡ Se alquila prometido!

Capítulo 24: Nochevieja con muérdago.

Berenice.

Doña Aurelia nos esperaba en el rellano del tercero con los brazos cruzados, el camisón de algodón y la expresión de una jueza que ha dictado sentencia hace semanas y solo aguarda a que se presenten los acusados.

—Treinta de diciembre, a las siete y veinte —dijo, mirando su reloj de pulsera, que adelantaba—. Os doy un suspenso en puntualidad.

—Doña Aurelia, veníamos de Segovia con nieve…

—Con nieve o sin ella, una novia debe avisar. —Descruzó los brazos—. Pero os perdono, porque habéis traído al perro.

Bisturí, que había reconocido el rellano con un temblor de cola, se lanzó a sus piernas con tal entusiasmo que casi la derriba. Ella se agachó, con una agilidad impropia de sus setenta y ocho años, y le dio un beso en la cabeza.

—Mi niño. ¿Te han dado de comer estos dos? Seguro que cereales.

—Le han dado cordero, doña Aurelia —dijo Jack.

—Cordero. Qué barbaridad. Pasad, que tengo pastel.

—Tenemos que dejar las maletas…

—Las maletas pueden esperar. Los pasteles, no.

Su piso olía a manzana, a canela y a naftalina, y estaba lleno de fotos: un hombre de bigote con una dulzaina, un hijo en una graduación, un gato que ya no estaba, y, en la repisa de la chimenea, junto a un belén de barro, un recorte de periódico enmarcado. Lo miré de cerca. Era el anuncio. *¡SE ALQUILA PROMETIDO!* Impreso, recortado, con un lacito rojo.

—Doña Aurelia —dije—, ¿de dónde ha sacado eso?

—Me lo imprimió el nieto de la del cuarto, el de los ordenadores. —Sirvió tres trozos de pastel con aire inocente—. Salió en un foro. Llevaba tres mil visitas el día dos. Pensé: esta niña se ha metido en un lío o en un milagro. Y como los milagros no se dan en Madrid sin ayuda, bajé a Segovia el sábado en el autobús para mover cosas.

Jack y yo nos miramos.

—¿Usted…?

—No miréis así. Hablé con tu abuela, Berenice, por teléfono, desde la casa de tu madre. Cayetana y yo nos entendemos muy bien. Hemos coincidido en que hay que dejar que las cosas pasen, pero con un empujoncito. Yo puse el muérdago. Ella puso el anillo. Y a Amparo le escribí yo.

—¿A mi madre? —dijo Jack, con la boca llena.

—Un telegrama. De los antiguos. «Su hijo está enamorado y su exmarido está vivo. Ven a Segovia el día veinticinco.» Firmado: una vecina.

Me quedé con el tenedor en el aire.

—Doña Aurelia, ¿cómo sabía usted lo del padre de Jack?

—Hija, llevo cuarenta años en este edificio. La pared del salón es de papel. —Se limpió la comisura con una servilleta—. Os oí hablar de Camila una noche y de un tanatorio. Una mujer mayor entiende las historias por el final. El resto lo averigüé con el nieto del cuarto y una guía de teléfonos de Valencia.

—Es una conspiradora —murmuró Jack, con admiración.

—Soy una romántica con sartén —corrigió ella—. Ahora comed, que tenéis cara de haber pasado hambre de afecto.

Comimos. Bisturí se quedó dormido sobre sus zapatillas, y yo pensé que había personas que sostenían el mundo con pasteles y telegramas, sin que nadie les diera las gracias.

—Por cierto —añadió, cuando ya nos íbamos—, para la boda quiero sitio en primera fila.

—No hay boda, doña Aurelia.

—Todavía —dijo, y cerró la puerta.

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La última cena del equipo de los desastres se celebró el treinta y uno en mi piso, que por primera vez en su historia contenía a quince personas sin que nadie se sentara en el pasillo, porque el salón, con ayuda de un tabique imaginario y mucha voluntad, se negó a ser un pasillo con ambiciones.

Vinieron todos. Marta con Genís, que había cruzado media España «para ver cómo acababa», y que ya vendía tornillos a mis vecinos del cuarto. Rubén con una botella de cava y un cuaderno nuevo, de tapas rojas, donde anotaba cosas en una taquigrafía de su invención. Vanesa y Gerardo, de la mano, ella con una carpeta (por costumbre) y él con las gafas de sol colgadas del cuello, ya sin usarlas. Pilar con Inmaculada, la prima de Valladolid, que se habían hecho inseparables en cuarenta y ocho horas y discutían sobre el reparto de la tortilla con una vehemencia de ministras. Y, por sorpresa, Camila, con un abrigo negro, el pelo suelto y un tupper de croquetas de su madre.

—No esperaba que vinieras —dije, en la puerta.

—Doña Montserrat me ha dado vacaciones. Dice que si vuelvo antes del seis, me despide. —Sonrió con timidez—. Tengo un sofá en su casa y cuatro años de sueño atrasado. Pensé que podía pasar la última noche con la gente a la que he hecho más daño.

—Es una estrategia curiosa.

—Es la única que me queda.

Jack se acercó por detrás, se quedó junto a mí y miró a Camila con esa seriedad suya que ya no necesitaba escenografía.

—Pasa —dijo—. Hay muérdago, pero no pienso besarte.

—Me parece perfecto.

Cenamos como pudimos, con platos en las rodillas y vasos en la estantería. Jack sirvió el cava con una torpeza que ya era tradición, y el tapón rebotó contra el techo y fue a parar a la planta moribunda, que (juro que lo vi) estremeció una hoja.

—¡Está viva! —gritó Marta.

—Está en un estado de conciencia mínimo —dijo Vanesa.

—Es el amor —aventuró Rubén—. Cura hasta lo vegetal.

—Es el cava —corrigió Pilar.

Hubo brindis, por supuesto. Ernesto había mandado por mensajero una caja de turrones de Jijona con una nota que decía *Para el equipo. De la familia Reith, que ahora es más de una.* Amparo había mandado otra caja, de mazapanes, con un papelito: *Competencia sana. A.* Los pusimos juntos en la mesa, y Gerardo, tras una cata exhaustiva y varias lágrimas de emoción, declaró que el de Jijona era superior, y Rubén, ofendido, lo desafió a un duelo de turrones a las doce.

A las once y media, Jack pidió silencio golpeando una copa con una cucharilla.

—Quiero decir unas palabras.

—¡Discurso! —gritó Marta.

—No es un discurso. Es una rendición de cuentas. —Se aclaró la garganta—. Hace un mes, un actor en paro con un bigote al revés contestó a un anuncio. Hoy tengo una novia, una familia que ha crecido con la suma de dos familias, un perro oficial con contrato, un saxofón que suena a ganso, una obra que se estrena en marzo y, por primera vez, un sitio al que volver. Y todo porque una mujer a las tres de la madrugada, con vino blanco y poco juicio, pulsó un botón.




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