Berenice.
Nadie te avisa de que echar de menos a alguien tiene una logística propia. Hay que decidir de qué lado de la cama se duerme, qué hacer con el cepillo de dientes que se ha quedado en el vaso y si es legítimo oler una bufanda verde a las tres de la tarde en la oficina.
Jack se marchó el 7 de enero, a las ocho y diez de la mañana, en el AVE de Atocha. Fui a despedirlo con el abrigo sobre el pijama de ovejitas, que a esas alturas ya era una declaración política. Se llevó una maleta, una mochila con tres libros de teatro, la bufanda verde (la de repuesto) y a Bisturí, que según el contrato firmado con doña Montserrat tenía derecho a «presencia continuada en ensayos, camerino y cátering». El perro subió al tren con la cabeza muy alta, con una pajarita de cuadros que Jack le había puesto para la ocasión.
—Parece un notario —dije.
—Es un actor de método. Ya ha asumido el papel.
—¿Y yo me quedo con Dolores?
—Te quedas con Dolores. —Me puso el estuche en las manos, y pesaba lo que pesa un sentimiento mal embalado—. Para que no me olvides.
—Jack, suena como un ganso atropellado.
—Por eso. Nadie olvida un ganso atropellado.
Nos besamos en el andén, con prisa y sin vergüenza, delante de un revisor que tosió con elegancia y de una señora con un transportín que dijo «ay, qué bonito» en voz tan alta que se enteró medio vagón. El anillo de cobre brilló en su mano. Luego el tren cerró las puertas con un suspiro neumático, y yo me quedé en el andén con un saxofón en brazos, como una viuda de guerra con instrumento.
Volví a casa en metro. Una mujer me preguntó si tocaba en algún grupo. Le dije que no, que lo tenía en depósito. Me miró como se mira a alguien que ha dicho algo profundo sin querer.
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El primer día fue razonable. Llamó a las dos para contarme que el director se llamaba Gaspar Illescas, que tenía sesenta años, una bufanda de seda y una fama de «destruir actores como otros destruyen cuentas bancarias», y que le había dicho, literalmente, «odio a los animales en escena, porque roban atención y no cobran». Jack, con una dignidad que me enterneció desde trescientos kilómetros, le había contestado que Bisturí era un profesional con contrato, referencias y una carrera previa en floristerías.
—¿Y qué dijo?
—Que no le interesaba mi currículum, sino mi voz. Me hizo leer la primera escena cuarenta veces.
—¿Y cómo la leíste?
—Mal las treinta y nueve primeras. A la cuarenta me dijo «ya». Pero con un tono que no sé si era elogio o diagnóstico.
—Es un buen principio.
—Es un principio. —Se oyó un ladrido de fondo—. Bisturí se ha comido una peluca.
—¿De quién?
—De la actriz que hace de tu madre. Pero la actriz dice que tenía otra y que lo entiende.
El segundo día fue peor. No porque pasara nada, sino porque no pasó nada, que es lo más difícil de organizar. Fui a la gestoría y estuve cuatro horas conciliando una cuenta de un cliente que había deducido una cena de empresa como gasto de formación (el mismo, creo, de siempre). Cuando levanté la vista eran las cinco, y lo primero que pensé fue «tengo que contárselo a Jack». Y lo segundo, «es verdad, no está».
Me quedé mirando la pantalla con el cursor parpadeando, como el día del anuncio. Marta, que trabaja a cuatro mesas de distancia y tiene un radar para las crisis afectivas, apareció a mi espalda con dos cafés.
—Tienes cara de aeropuerto.
—¿De aeropuerto?
—De que alguien se ha ido y tú sigues en la terminal.
—Es una semana. Tiene un tren cada hora.
—Y tú un trabajo con ocho informes pendientes y un jefe que ha preguntado dos veces por tu respuesta al traslado.
Dejé el café sobre la mesa.
—No he respondido.
—Ya lo sé. Lleva tu nombre en la nevera de la sala común, con un imán de pingüino.
—Marta, es una decisión gorda.
—Es la decisión más pequeña del mundo. O vas o no vas. Pero que no sea el miedo quien firme.
—El miedo no firma. El miedo pone una cruz.
—Pues que no la ponga. —Me dio un apretón en el hombro—. Y llama a tu madre, que me ha escrito tres veces para preguntarme si comes.
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Mi madre llamó esa noche, a las once, como ordena su fe.
—¡Hija! ¿Me oyes?
—Te oye el edificio, mamá.
—Pues que se enteren. Dime, ¿has cenado? ¿Y qué? ¿Cereales? Me lo imaginaba. Escucha, que tengo noticias.
—Ya no me fío de tus noticias.
—Esta es pequeña. Tu abuela dice que viene a verte.
—Abuela está convaleciente.
—Eso le he dicho. Y me ha contestado que a su edad convalecer es una forma de aburrirse. Pero ha cedido. Va a mandar a otros en su lugar.
—¿A quiénes?
—Es una sorpresa.
—Mamá.
—Una sorpresa buena, hija. Tú come.
Colgó. Me quedé en el sofá, con el árbol de tres bolas aún encendido (me daba pena apagarlo, porque era enero y todavía creía en él), el muérdago en el marco de la puerta y Dolores en su estuche, apoyado contra la pared como un invitado más. La abrí, por curiosidad. Olía a terciopelo viejo, a boquilla y a lavanda. Soplé una nota, sin ninguna técnica ni ningún pudor.
Del otro lado de la pared llegaron tres golpes.
—¡Es precioso, hija! —gritó doña Aurelia—. ¡Pero si no te importa, toca algo con más alegría!
—Es la única que sé, doña Aurelia.
—Pues aprende otra.
Cerré el estuche con una sonrisa que me sorprendió a mí misma.
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El jueves, a las ocho de la mañana, recibí un enlace.
Me lo mandó Pilar, sin saludo, sin texto, solo la URL y una única palabra: *Ojo*. Pilar nunca manda enlaces. Pilar manda dosieres. Que me enviara un enlace con una sola palabra me produjo el mismo efecto que si la abuela hubiera aparecido en bikini.
Lo abrí con los dedos fríos. Era una página de espectáculos de un diario digital, con una fotografía grande en la cabecera: Jack, en la puerta del Teatro del Born, con una mujer morena, alta, de sonrisa luminosa, que le sostenía el brazo y se reía con la cabeza echada hacia atrás. Él también reía. Tenía los ojos entornados y una expresión de felicidad tan transparente que, durante tres segundos, me alegré de ver una foto suya.
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Editado: 10.10.2026