Berenice.
El tren de las 7:05 a Barcelona sale de Atocha con una puntualidad que a mí, que soy una mujer de cifras, me produce una emoción casi religiosa. Subí con una maleta pequeña, una bolsa de tela con tres tápers de lentejas de doña Aurelia («para que no se coma sola, que las lentejas necesitan compañía»), el estuche de Dolores colgado del hombro y una chaqueta de lana que me hacía parecer una mujer decidida. Nadie en el vagón sospechó que por dentro era una gelatina con abrigo.
Me había dado permiso del jefe, el señor Villalba, que al leer mi correo había contestado en cuarenta segundos con un «¡Por fin!» y tres signos de exclamación más, lo cual me hizo preguntarme cuántos años llevaba esperando mi respuesta con el imán de pingüino. Me incorporaba a la sucursal el uno de febrero. Faltaban tres semanas. Pero ese viernes, sin avisar a nadie, había decidido hacer una visita.
Durante las tres horas del viaje ensayé frases. *Sorpresa. Hola. Pasaba por aquí. He decidido que sí. No me preguntes nada, solo bésame.* La última me pareció la mejor, aunque con el riesgo de que Jack estuviera en medio de una escena con Illescas y la hubiera tomado por parte del texto.
A la altura de Lleida, un señor mayor que viajaba frente a mí, con boina y bocadillo, me miró el estuche y dijo:
—¿Es un clarinete?
—Es un saxofón tenor.
—¿Y lo toca usted?
—Está en depósito.
—Ah. —Asintió con gravedad—. Eso es lo que decimos todos de las cosas importantes.
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El Teatro del Born de día es otro sitio. Sin las estrellas descoloridas iluminadas, sin el cava y sin los inversores, parece un gato dormido: viejo, noble y con ganas de que lo dejen en paz. La puerta de artistas daba a un callejón con olor a fritanga y a gato, y junto a ella, sentado en una silla de tijera con un cigarrillo apagado en la boca, había un hombre de unos sesenta años, con una bufanda de seda color burdeos, una melena gris recogida con una goma y la expresión de quien lleva décadas esperando que alguien le dé motivos para sonreír.
—No se puede pasar —dijo, sin mirarme.
—Soy Berenice Bastardo.
Giró la cabeza despacio. Me recorrió de arriba abajo con la lentitud de un crítico ante un cuadro dudoso, se detuvo en el estuche y por fin en mi cara.
—La contable.
—La misma.
—La supuesta protagonista real. —Había una ironía fina en la última palabra—. Leí el artículo. Me pareció una bobada.
—¿De verdad?
—Todos los artículos sobre teatro son bobadas. Es su función social. —Se quitó el cigarrillo de la boca y lo examinó con tristeza—. Gaspar Illescas. Dirijo esto. Y dejé de fumar hace once años, pero me sienta bien tenerlo cerca, como un muerto de confianza.
—Encantada.
—No lo estoy diciendo para que le encante. —Se levantó con un crujido—. Pase. Pero le aviso: en cuanto cruce esa puerta, es usted un elemento perturbador. Los perros ya me perturban, y no quiero que un día me roben los monos del reparto una contable con un instrumento.
—Es un saxofón. Se llama Dolores.
—Ah, Dolores. —Por primera vez, algo parecido a una sonrisa le torció la comisura—. La conozco. El chico no habla de otra cosa. Pase, pase. Pero no haga ruido.
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El interior olía a polvo, a madera, a pintura fresca y a café de máquina. Por los pasillos corría gente con cables, con trajes colgados, con tazas, con papeles. Illescas me condujo hasta el patio de butacas, donde, bajo un foco blanco, una escena a medias se repetía con una concentración monacal.
Allí estaba Jack. No se había enterado de que había entrado. De espaldas, en el centro del escenario, con una camisa arremangada y el pelo hecho un desastre, discutía con una mujer morena, alta, de sonrisa luminosa: la de la foto. Lola Vidal. Interpretaba, según el dosier de Vanesa, el papel de «Berenice», y Jack, el de «Álvaro-Jack», aunque todos acabarían llamándole simplemente Jack, que era más corto.
—Otra vez —ordenó Illescas, sin levantar la voz—. Desde la aceituna.
Se hizo el silencio. Jack se llevó una mano a la garganta, abrió los ojos con terror fingido y empezó a toser con una convicción que habría salvado cualquier función. Lola, con una cuchara en la mano, gritó:
—¡Álvaro!
—No, no, no —cortó Illescas—. Demasiado teatral. Ella no sabe que él es actor. Piensa que se está muriendo. ¿Qué haría una mujer de verdad?
Lola dudó. Jack, sin dejar de toser, entreabrió un ojo hacia el patio de butacas, y me vio.
Se le cayó la cara entera. No de una vez, sino por capas: la sorpresa, el miedo, la risa, la ternura, y al final algo tan limpio y tan bobo que me dolió el pecho. Dejó de toser a media tos. Se quedó ahí, con la boca entreabierta, mirándome, mientras Lola, con la cuchara levantada, balbuceaba:
—¿Jack?
—Berenice —dijo él.
—Ya lo sé, soy yo, es el papel…
—No tú. —Señaló al fondo con la mano temblorosa—. Ella.
Todas las cabezas del escenario se giraron hacia mí. Yo levanté una mano con la torpeza de una alumna que no ha hecho los deberes.
—Sorpresa.
Bajó del escenario de un salto, que no era un salto elegante, sino el de un hombre que ha olvidado que existen los peldaños, y tropezó con la última escalera. Recuperó el equilibrio agarrándose a una butaca, corrió por el pasillo y me levantó en volandas, con maleta, tápers y saxofón incluidos, entre el aplauso entusiasmado de dos tramoyistas y el carraspeo de Illescas.
—¿Has venido? —repetía contra mi pelo—. ¿Has venido?
—He decidido que sí.
—¿Qué sí?
—Todo.
Se echó atrás para mirarme. Tenía los ojos húmedos y una expresión absurdamente feliz. Se me olvidó la frase que había ensayado. Se me olvidaron todas. Me besó, delante de cuarenta personas y un foco, y alguien silbó, y alguien dijo «ya era hora», y Bisturí, que salía de entre bastidores con una pajarita torcida y una peluca rubia entre los dientes, ladró con tal alegría que se le cayó la peluca.
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Editado: 10.10.2026