Berenice.
Hay mañanas en que el mundo parece haberse puesto de acuerdo para que todo salga mal con elegancia. La del sábado empezó con una ducha fría en el hostal del Born, donde Jack me había instalado «temporalmente, por razones de logística y de cariño», y siguió con un desayuno de croissant duro y un café que sabía a moneda.
—Es normal —dijo Jack, mirando su taza con respeto—. Los días de estreno, todo sabe a miedo.
—No es un estreno. Es un ensayo.
—Con setenta personas, críticos y una contable en primera fila. Para mi estómago, es un estreno con ropa de calle.
Bisturí, sentado a sus pies con la pajarita de cuadros ya puesta («hay que ir a trabajar con dignidad»), ladró una vez, como un sindicalista que respalda la moción.
Fuimos andando al teatro. Barcelona, en febrero, tiene una luz fina y blanca que le da a todo un aire de dibujo a tinta, y las calles del Born olían a pan, a humedad y a humo de castañas. Jack iba repasando el texto en voz baja, gesticulando como un hombre que discute con el aire. Una señora con un carrito de la compra se apartó con prudencia. Un niño dijo «mamá, ese señor habla solo». Jack le hizo una reverencia.
—Tu padre me llamó anoche —dijo de pronto—. Me dijo que vendrán mañana, a la función de verdad. Con tu familia entera. Y la abuela.
—¿La abuela en un AVE?
—Dice que quiere conocer el ruido de un tren «sin cadera de por medio». Ha pedido silla de ruedas con respaldo de terciopelo.
—Eso no existe.
—Tu tío Paco dice que lo fabrica él.
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El teatro bullía. En el vestíbulo, doña Montserrat Puig, con su chal de cachemira y sus gafas de directora de orquesta jubilada, recibía a los invitados con la suavidad de una duquesa y la memoria de un archivo: «¿Usted es el de La Vanguardia? Qué amable. Usted escribió aquello de la obra de las lavanderas, ¿verdad? No se lo reprocho». Había críticos con libretas, un par de actores veteranos con bufandas más caras que mi alquiler, un señor con aspecto de notario que resultó ser el alcalde de un pueblo y dos chicas jóvenes con cámaras que, según Vanesa, «llevan un pódcast de teatro con cuarenta mil oyentes y mala leche».
Vanesa, por cierto, había viajado esa mañana. Estaba en un rincón, con una carpeta, señalándome con la barbilla a cada periodista y susurrando un resumen biográfico: «Ese, imprevisible. Esa, cruel pero justa. Ese otro dormirá en el segundo acto, no se lo tomes a mal».
—Eres un arsenal —le dije.
—Soy una contable emocional. —Me estrechó el brazo—. Tú siéntate en primera fila. Y pase lo que pase, no te levantes.
—¿Por qué iba a levantarme?
—Por si acaso.
No me gustó cómo lo dijo.
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A las seis menos diez me senté. Primera fila, butaca central, terciopelo granate algo raído y un cartelito de cartulina con mi nombre: *Reservado: B. Bastardo.* Me ardían las manos. A mi izquierda se sentó Camila, con un traje oscuro y el pelo recogido con una pinza, sin tacones, y a mi derecha un asiento vacío que ocupó, a las seis menos dos, Gaspar Illescas, con el cigarrillo apagado en el bolsillo del pecho como un pañuelo de ceremonia.
—Creía que dirigía desde cabina —murmuré.
—Los directores serios miran la primera escena desde la primera fila. Después me escondo y rezo. —Se removió—. Estoy muy nervioso.
—Usted no parece de los que se ponen nerviosos.
—Soy de los que se ponen nerviosos con elegancia. Es la única diferencia.
Las luces bajaron. El murmullo se apagó como se apaga un cuenco de agua cuando le cae una piedra. Alguien tosió, alguien susurró «silencio», y de pronto estuvimos todos a oscuras, con ese olor a polvo y madera y expectación que tienen los teatros en el segundo previo a que ocurra algo.
Se encendió un foco. En el centro, sobre un escenario con un sofá, un árbol de tres bolas y una planta moribunda (Rubén había insistido en reproducir mi salón con una exactitud que me puso la piel de gallina), estaba Lola Vidal, en pijama de ovejitas, comiendo cereales de un cuenco con una tristeza luminosa.
Sonó un teléfono. Lola contestó. «Mamá», dijo.
Y desde algún sitio de la sala, muy bajito, alguien soltó una carcajada de reconocimiento.
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Quiero decir que fue hermoso, pero no sé si puedo. Ver tu vida interpretada por otra persona es una experiencia que no se parece a ninguna otra. Es como oír tu propia voz en una grabación: sabes que eres tú, y no te reconoces, y te asombra lo mucho que se parece a ti justamente en lo que más te molesta.
Lola hacía de mí sin imitarme. No tenía mi nariz ni mi manera de rascarme la nuca, pero tenía algo más difícil: el desconcierto. Cuando fingía una conversación con su madre, había una cadencia de culpa y de ternura que yo habría reconocido a ciegas. Cuando abría el portátil a las tres de la madrugada, con una copa de vino a un lado, el patio de butacas entero contuvo el aliento. Y cuando pulsaba el botón, con la cara torcida por una determinación que era puro pánico, la sala estalló en una risa cálida que me recorrió la espalda como una mano.
—Va bien —susurró Illescas.
—Va muy bien.
—No lo diga en voz alta. Se rompe.
Entró Jack, con la bufanda verde y los ojos brillantes, y el público lo recibió con ese silencio de curiosidad que se reserva para quien ya se conoce por la prensa. Se plantó junto al sofá y dijo, con aquella voz de barítono tranquilo que me había enamorado en una cafetería:
—¿Berenice Bastardo?
Y cuando Lola contestó «la misma, llega tarde», la sala rio de nuevo, y yo sentí cómo se me arrugaba la nariz.
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El primer acto fue un vuelo. Bisturí hizo su entrada con pajarita y una dignidad de diplomático, cruzó el escenario con la cola alta, se sentó en el centro y miró al público con una expresión de tal severidad que alguien aplaudió. Hubo una pausa. Otro aplauso. Illescas, a mi lado, se llevó una mano a los ojos con un suspiro de hombre vencido.
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Editado: 10.10.2026