Berenice.
Hay tres cosas que nadie debería hacer el día de un estreno: probarse ropa que no se ha probado antes, desayunar con tu madre y dejar a un tío con palomas sin supervisión. Yo hice las tres antes de las diez de la mañana.
—Hija, te veo pálida —dijo mi madre, sentándose frente a mí en el comedor del hostal con un táper en cada mano—. Come.
—Mamá, estoy nerviosa. Si como, me da algo.
—Si no comes, te da algo igual, pero con el estómago vacío. Ramón, el pimiento.
Mi padre apareció con una bandeja de pimientos rellenos y la solemnidad de un maître de estrella Michelin. Los dejó en la mesa, sacó el salero del bolsillo y salpicó mi plato con la determinación de quien bautiza a un recién nacido.
—Ahora sí tiene alma —sentenció.
—Papá, son las nueve y media de la mañana.
—El alma no mira el reloj.
Detrás de él pasó Gerardo, con las gafas de sol sobre la frente y una expresión de trascendencia.
—Prima, tengo que contarte una cosa. Anoche tuve una revelación. Los palomares son el activo del futuro. Son tangibles, son escalables y no se pueden hackear.
—Se pueden comer —dijo Vanesa, sin levantar la vista de su café.
—Eso es un riesgo reputacional menor.
—Gerardo, ¿cuántas palomas has comprado?
—Ninguna. Es una participación del treinta por ciento en las de tío Paco. Con opción a compra. —Se inclinó hacia mí, bajando la voz—. Brayan nunca me ofreció opción a compra.
—Brayan no existía, cielo.
—Qué cruel eres, Vanesa. Y qué razón tienes.
Fue entonces cuando oímos el primer grito.
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Venía del piso de arriba, de la habitación del tío Paco, y era el tipo de grito que se reserva para ver a un familiar muerto o a una factura de la luz. Subimos los seis escalones de dos en dos. Ramiro, el dueño del hostal, estaba en el rellano con el bigote erizado y una escoba en las manos, mirando la puerta abierta como quien contempla el fin del mundo.
Dentro había palomas. Muchas. No cuarenta y dos todavía, pero sí una cantidad considerable, repartidas con democrática equidad por el armario, la lámpara, el cabecero, el alféizar y la cabeza de una Virgen de escayola que presidía la pared. En el centro, de pie sobre una cama deshecha, con los brazos en cruz y una sonrisa de gloria, estaba mi tío Paco.
—¡Han llegado! —gritó—. ¡Las chicas han llegado por su cuenta!
—Tío Paco —dije, esquivando un aleteo—, estamos en Barcelona.
—Por eso mismo. Las palomas mensajeras vuelven al palomar. Como el palomar está aquí, han venido aquí.
—El palomar está en Segovia.
—El palomar —dijo con la dignidad de un filósofo— es donde está el corazón de la paloma. Y el corazón de la paloma, hija mía, está con su dueño.
Una de las aves, enorme y blanca, se posó en el hombro de Ramiro, que cerró los ojos con la resignación de un santo.
—Una está en mi cafetera —murmuró—. Otra, en mi radiografía del tobillo.
—Es Gloria Estefan. Tiene mucho carácter.
—Señor Bastardo —dijo Ramiro, muy despacio—, esta noche asistiré a la función de su sobrina. Voy a pasarme todo el segundo acto rezando para que no haya ni una sola más.
—¡Hombre de poca fe! —exclamó el tío Paco.
Pilar, desde la puerta, sacó su libreta, escribió algo y me la enseñó de reojo. Había tachado *RECURSO DE ÚLTIMA INSTANCIA* y puesto, con letra temblorosa: *CATÁSTROFE (PERO ADORABLE)*.
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El teatro, a las cinco de la tarde, tenía la tensión de un quirófano en domingo. Por los pasillos corrían maquilladoras con brochas, tramoyistas con cables, un señor con una escalera y una chica con un termo que repetía «¡cuidado, líquido caliente!» a cada paso. Doña Montserrat Puig, en la entrada, con su chal de cachemira, recibía a los invitados con una sonrisa que me recordó a la abuela: la de quien ha visto cuarenta y siete montajes y sigue esperando que el cuarenta y ocho se estrelle con elegancia.
Jack me esperaba en su camerino, sentado frente al espejo con una toalla al cuello y los ojos cerrados, murmurando una letanía.
—«Soy Jack Reith. Soy Jack Reith. No soy un cirujano. Tengo miedo a las palomas.»
—Álvaro tenía miedo a las palomas.
—Pues Álvaro acaba de enterarse de que hay cuarenta en su hostal. —Abrió un ojo—. Dime que es una broma.
—Son doce, según Ramiro. Cuarenta y dos es el total teórico.
—Qué consuelo.
Bisturí, tumbado sobre una pila de abrigos de la utilería, llevaba la pajarita de cuadros, una corbata de lunares que alguien le había puesto encima y una expresión de tedio profesional. A su lado, sobre una silla, descansaba el estuche de Dolores, abierto, con el saxofón brillando sobre el terciopelo rojo.
—¿Y si me sale mal la nota? —dijo Jack.
—Te saldrá como un ganso atropellado.
—Gracias.
—Es lo que el público espera.
—Gracias otra vez.
Entró Lola Vidal en bata, con una mascarilla de arcilla verde en la cara y un hipo incontenible.
—¡Hip! Perdón. Es el nerviosismo. ¡Hip! Hago el hipo cada vez que estreno.
—¿Y cómo lo curas?
—Con un susto. —Se quedó mirando a Bisturí—. ¿Puedo pedirle que me asuste?
Bisturí levantó una ceja, se incorporó con la solemnidad de un notario y soltó un ladrido tan estrepitoso a medio metro de Lola que ella pegó un brinco, se golpeó con una percha, se le cayó la mascarilla de arcilla sobre un zapato y gritó:
—¡Funciona!
—Es un profesional —dijo Jack.
—Cobra en mortadela —añadí.
Illescas apareció en la puerta sin cigarrillo y sin bufanda, con la camisa abierta hasta el segundo botón y el aspecto de quien ha pasado la noche en vela peleándose con su propia sombra.
—Treinta minutos —anunció—. Quiero que me prometan dos cosas.
—Dígame —dijo Jack.
—Que no se les ocurra improvisar.
—Prometido.
—Y que, pase lo que pase, nadie, absolutamente nadie, abra el tragaluz del patio de butacas.
—¿Por qué? —pregunté.
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Editado: 10.10.2026