Berenice.
Un año después, el piso de cincuenta metros seguía siendo un pasillo con ambiciones, pero ya nadie se atrevía a decírselo.
Lo sé porque lo comprobé yo misma el 31 de diciembre a las cuatro de la tarde, de pie en medio del salón con una lista en la mano, contando sillas. Cuarenta personas habían confirmado asistencia, y el salón admitía, por reglamento tácito de Pilar, dieciocho sentadas, doce de pie y diez en el rellano, sujetas a lo que dictaminara doña Aurelia.
—Esto no cabe —dije.
—Cabe todo lo que se quiere —respondió una voz desde la cocina.
Era Jack. Salió con un delantal de renos (herencia de mi madre, que había comprado tres «por si acaso»), un cucharón en una mano y una bandeja de croquetas en la otra. Tenía la barba de tres días de los que vuelven de una gira, unas ojeras gloriosas y la sonrisa que no se le había ido desde marzo.
—Cuarenta ciudades —dijo, dejando la bandeja—. Cuarenta andenes. Y en ninguna encontré unas croquetas como las de doña Aurelia.
—Son de tu madre.
—Mi madre las aprendió de doña Aurelia. Se cartean. Es una escuela clandestina.
La gira había terminado el 22 de diciembre, en Zaragoza, con una función en la que, según los periódicos, «un perro con pajarita robó la última escena y un saxofón desafinado arrancó lágrimas a un público de ochocientas personas». Dolores no había mejorado técnicamente. Pero Jack había encontrado, en algún punto entre Valladolid y Sevilla, un profesor jubilado de conservatorio llamado don Telesforo, que le dio clases por videollamada con una paciencia de santo. El resultado era un saxofón que ya no sonaba como un ganso atropellado, sino como un ganso que ha asistido a un curso de recuperación.
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A las seis empezaron a llegar.
Marta y Genís, con una caja de tornillos de felicitación («es nuestra tradición»), y con un anillo en la mano izquierda de ella que nadie mencionó durante veinte minutos, hasta que Pilar, sin levantar la vista de su libreta, dijo: «Enhorabuena. Lo tenía anotado desde octubre». Rubén, con una gorra nueva y un cuaderno azul, anunciando que la obra se estrenaba en Buenos Aires en primavera y que ya estaba escribiendo otra, «sobre una familia que se reúne por Navidad y descubre que todos se han mentido con cariño». Vanesa y Gerardo, de la mano, con las gafas de sol por fin olvidadas en un cajón; él había montado un negocio de venta de palomares prefabricados con un socio llamado Paco, y ella, por supuesto, llevaba la contabilidad.
Camila llegó sola, con un abrigo negro y una caja de bombones de licor de cereza.
—Para Reyes —dijo—. Me la encontré en Segovia. Resulta que es prima de doña Montserrat.
—¿Reyes la del hospital?
—La misma. Dice que la verruga ya no le molesta, pero que echa de menos el mundo del espectáculo.
Se había convertido en productora ejecutiva de la compañía. Gastaba menos en tacones y más en café, y cuando creía que nadie la miraba, tarareaba. Se sentó en un rincón, con Bisturí entre los pies, y le rascó las orejas con una ternura que nadie le habría atribuido hace un año.
Pilar e Inmaculada llegaron discutiendo sobre el reparto de las uvas. Gaspar Illescas y Mercedes, de la mano, se disculparon por haber traído un cartón de cigarrillos sin encender («es por nostalgia»). Doña Montserrat Puig apareció con su chal y una botella de cava de reserva, declarando que cuarenta y ocho montajes y un solo éxito monumental le daban derecho a sentarse donde quisiera.
Y a las siete en punto, con puntualidad de ejército, llegaron los míos. Mi padre, con corbata y salero. Mi madre, con delantal y ruido de sirena. La tía Concha, con su jersey de lentejuelas y sus magdalenas. El tío Paco, con una jaula de mimbre vacía («para dejar respirar») y una paloma posada en el hombro, que nadie osó discutirle. Ernesto y Amparo, que se habían vuelto a casar en agosto, en una ceremonia civil de ocho minutos, con salero, y que ahora vivían entre Segovia y Valencia, «por comodidad de ambos y ruina del tren».
Y en una silla de ruedas con respaldo de terciopelo granate, cubierta con tres mantas, con un cojín que decía *LA ABUELA MANDA* y un bastón de mango de plata, entró mi abuela Cayetana, noventa y un años, con la mirada de un general en una batalla ganada.
—¿Dónde está el turrón del dramaturgo?
—Abuela, acabas de llegar.
—A mi edad cada minuto sin turrón es una injusticia.
—Hola, abuela.
—Hola. —Me miró, y por primera vez en la vida vi cómo se le humedecían los ojos sin ninguna excusa—. Estás guapa. Estás tranquila. Estás como tienes que estar.
—Gracias a ti.
—No sé de qué hablas. Estoy sorda.
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La puerta de la pared sonó con tres golpecitos.
—¡Berenice, hija! —gritó doña Aurelia, desde su piso—. ¡Que voy a bajar! ¡No empecéis sin mí!
Apareció en el rellano con una cazuela, un abrigo violeta y una expresión de reina que reclama su trono. Se había convertido, desde la función de Barcelona, en una pequeña celebridad: el pódcast de teatro la había entrevistado, un periódico le había dedicado media página y una compañía de Madrid le había ofrecido un papel. Lo había rechazado alegando que «a mi edad solo se actúa en la vida real».
—Primera fila —dijo, señalando una butaca de mimbre junto a la ventana que Jack le había reservado con un cartelito—. Y que conste que sigo esperando la boda.
—Doña Aurelia —dijo Jack, y se limpió las manos en el delantal—, antes de las doce tengo que preguntarle algo.
—¿Qué?
—Si me haría el honor de ser testigo.
Se hizo un silencio. Doña Aurelia se llevó la cazuela al pecho, abrió la boca, la cerró y, con una dignidad infinita, se sentó.
—Tardáis mucho —dijo al fin, con la voz quebrada—. Pero llegáis.
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La cena fue una batalla ganada por todos. Hubo cordero (con exceso de sal, por decreto paterno), croquetas de tres escuelas, el turrón de Rubén (tipo «curativo, no garantizado»), el de Jijona de Amparo, un pastel de manzana que doña Aurelia declaró «de emergencia» y una tortilla que Marta aseguró haber hecho sola, aunque tenía las manos de Genís en los bordes.
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Editado: 10.10.2026