¡ Se alquila prometido!

Capítulo extra: Lo que pasó con los tápers.

Berenice.

Nadie lo sabe, pero la historia de nuestra familia podría escribirse siguiendo la ruta de los tápers de mi madre.

Todo empezó el primer domingo de febrero, cuando Remedios Bastardo, que no concibe una visita sin devolución de recipientes, descubrió que faltaban catorce. Catorce tápers, repartidos entre Madrid, Segovia, Barcelona, un tren de alta velocidad y, según Pilar, «probablemente una comunidad autónoma por determinar».

—Hija —dijo por teléfono, desde el fondo de su pozo—, esto es una emergencia nacional.

—Mamá, son tápers.

—Son *mis* tápers. Con mi nombre en el fondo, escrito con rotulador. «R. Bastardo». Nadie roba un recipiente que lleva escrito Bastardo, a menos que sea de la familia o un criminal sin escrúpulos.

—Pues serán de la familia.

—Eso es lo que me da miedo.

Colgó. Pilar, que estaba en mi salón con la libreta abierta, levantó la vista con un brillo peligroso.

—¿He oído «emergencia»?

—Pilar, no.

—Operación Táper. Fase uno: inventario.

Y así, sin que nadie pudiera impedirlo, empezó la investigación más absurda de nuestra historia familiar.

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El primer táper apareció en casa de doña Aurelia, con lentejas dentro.

—Me lo trajo tu madre en Navidad —explicó, desde su butaca de mimbre—. Pero las lentejas son mías, que conste. Le devolví el táper lleno porque devolverlo vacío da mala suerte.

—Pero entonces el táper sigue lleno de lentejas.

—Es que son de hace tres semanas. Pensé que las comeríais vosotros.

—Doña Aurelia, eso es un arma biológica.

—Es una reserva estratégica.

Pilar anotó: *Táper 1: localizado. Contenido: peligroso.*

El segundo estaba en el camerino de Bisturí. Lo usaba como cuenco, con la inscripción «R. Bastardo» perfectamente visible, y lo defendió con un gruñido digno cuando Jack intentó llevárselo.

—Es un cuenco con historia —dijo Jack.

—Es un táper secuestrado.

—Es un táper con vocación.

El tercero lo encontró Rubén en un cajón de su piso de Lavapiés, relleno de turrón duro. El cuarto, Camila, en el despacho de la productora, donde servía de macetero para una planta que alguien había bautizado «Dolores II». El quinto estaba en el tren: la azafata de la sonrisa de cera lo había guardado «por si volvíais», y se lo devolvió con una reverencia y un resumen de las tres veces que había soñado con nuestro perro.

Fue al llegar al sexto cuando la cosa se complicó.

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—No puede ser —murmuró Pilar, mirando su libreta—. Tengo cinco tápers localizados y nueve sin rastro. Y un testigo que dice haber visto a mi tío Paco cargando una caja de plástico en dirección al palomar.

—El palomar —dijo Jack, muy despacio.

—El palomar.

Nos miramos. Una brisa de mal presagio nos cruzó el salón.

Esa misma tarde cogimos el AVE a Segovia, los tres, más Bisturí, que se negó a quedarse y viajó con pajarita y un billete de «equipaje sentimental» que Jack había falsificado con pegatinas.

El palomar del tío Paco, cuando llegamos, era un monumento. Había crecido. Tenía tres alturas, una escalera de caracol, balconcitos y un cartel de madera que decía *Cuarteles Generales — Servicio Postal Bastardo — Gloria Estefan, Directora*. Y en el interior, ordenados en estantes como en una farmacia, estaban los nueve tápers restantes, cada uno con una paloma sentada encima, mirándonos con la solemnidad de una junta directiva.

—¡Hola, hijos! —saludó el tío Paco, saliendo del fondo con una cesta de pienso—. ¿Venís a ver el nido?

—Tío Paco —dijo Pilar, con la serenidad de una inspectora ante una escena del crimen—, ¿por qué hay nueve tápers de mi madre en su palomar?

—Son los nidos de las chicas.

—¿Los nidos?

—Es que la madera pica, y los tápers son lisos, y la Gloria tiene la cadera delicada. —Se rascó la cabeza—. Es ciencia.

—Mi madre los está buscando desde febrero.

—Lo sé. Me lo dijo. Pero me dio vergüenza confesar.

—¿Por qué?

—Porque llevan ya trescientos huevos puestos.

Silencio.

—¿Trescientos? —repitió Jack.

—Doscientos noventa y ocho, para ser exactos. Dos no han salido bien. Pero es una cosecha preciosa.

Pilar cerró la libreta. Se frotó el puente de la nariz. Y entonces, con una voz tan baja que casi no la oímos, dijo:

—Hay que decírselo a mamá.

—No —suplicó el tío Paco.

—Hay que decírselo.

—Me va a matar.

—Te va a pedir los tápers de vuelta, con los huevos.

—¡Eso es peor!

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Mi madre llegó al palomar a las ocho de la tarde, en el coche de mi padre, con el delantal de renos y los brazos cruzados.

Contempló el palomar durante tres minutos sin decir palabra. Miró los tápers. Miró las palomas. Miró a su cuñado, que se había escondido tras una columna de pienso con el aspecto de un niño pillado en una travesura. Finalmente, muy despacio, se acercó al táper más próximo, lo levantó con las dos manos y leyó en voz alta, con voz de tragedia:

—«R. Bastardo». Es el de los macarrones.

—Remedios, yo… —empezó el tío Paco.

—Es el de los macarrones de mi madre, que en paz descanse.

—Tu madre no ha muerto, Remedios. Es la abuela Cayetana.

—Pues que en paz descanse en vida. —Levantó la vista—. Paco, estos tápers son un patrimonio familiar.

—Lo sé.

—Los has llenado de huevos.

—Son cosas de la naturaleza.

—Y de caca.

—Eso también.

Mi madre respiró hondo. Todos contuvimos el aliento. Mi padre, de pie junto al coche, sacó el salero del bolsillo por puro reflejo.

Y entonces mi madre, que lloraba con ruido de sirena ante un pimiento y con una servilleta ante un villancico, hizo algo que jamás habríamos previsto. Empezó a reírse. Primero bajito, con los hombros temblando. Luego más fuerte. Luego con una carcajada de las de doblarse, apoyada en el palomar, con lágrimas, con hipo, con el delantal de renos agitándose como una bandera.




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