Se Busca Madre Para Mis hijos

Capítulo 4: Día uno

A las seis y cincuenta y ocho de la mañana, Jesica Newton cruzó la reja de la mansión Tipton con una mochila al hombro, un termo de café del tamaño de una granada de mano y la firme convicción de que nada, absolutamente nada, podía salir mal.

Había dormido cinco horas. Era un récord personal. Se había levantado antes de que sonara la alarma, se había puesto unos jeans cómodos, una camiseta blanca y unos tenis que no apretaban, y se había hecho una coleta alta, práctica, de las que no estorban. Había regado la menta, besado el marco de la puerta, como hacía su abuela, y se había despedido del departamento con un "deséame suerte" que nadie contestó.

Ahora, frente a la puerta principal, respiró hondo.

—Tres meses —murmuró—. Tú puedes.

Antes de que tocara, la puerta se abrió. Ferrer estaba allí, impecable, con un traje gris perfectamente planchado, el cabello peinado hacia atrás y una carpeta de cuero bajo el brazo.

—Puntual, señorita Newton. Es un buen augurio.

—Gracias. ¿Y los niños?

—Duermen, por ahora.

—¿Por ahora?

—Despiertan a las siete y cuarto, con una exactitud que sería admirable si no fuera tan inquietante. Tiene usted diecisiete minutos para tomar una taza de café, conocer la casa y firmar el contrato. Le sugiero el siguiente orden de prioridades: café, contrato y, por último, casa.

—¿Por qué en ese orden?

—Porque la casa se la va a aprender de memoria en una semana, a la fuerza. El café, en cambio, es un lujo que ya no tendrá.

Jesica se rio. Siguió a Ferrer hasta la cocina, una habitación amplia, blanca, con una isla de mármol en el centro y electrodomésticos que parecían sacados de un catálogo de ciencia ficción. Había una cafetera enorme que Ferrer manejó con una destreza solemne. Le sirvió una taza y la dejó sobre la isla.

—Ahora el contrato.

Era un documento de tres páginas, redactado con una claridad inquietante. Tres meses de prueba. Cinco mil dólares mensuales, pagaderos el último día de cada mes. Jornada de lunes a sábado, de siete de la mañana a las ocho de la noche, con descanso a mediodía "en la medida de lo posible". Un domingo libre de cada dos. Una cláusula final, subrayada con tinta roja, que decía: "La niñera será responsable de cualquier daño personal sufrido durante su servicio, con excepción de mordeduras, rasguños y pintura corporal, que serán considerados riesgos laborales aceptados."

Jesica levantó la vista.

—¿Pintura corporal?

—Una precaución, señorita.

—¿Qué ha pasado en el pasado con la pintura corporal?

—Mejor no preguntar.

Jesica firmó. La pluma temblaba un poquito, pero lo hizo con una letra grande y redonda. Ferrer guardó el papel en la carpeta con la solemnidad de quien guarda un tratado de paz.

—Ahora —dijo— unas pocas reglas.

Sacó de la carpeta una hoja doblada y la desplegó con elegancia.

—Regla uno. Los niños se levantan a las siete y cuarto. Desayunan a las ocho. La señorita Lucía no come nada que tenga el color verde. El joven Leo solo come cosas que, a su juicio, hayan podido comer los dinosaurios. El joven Mateo quiere saber, antes de comer, de dónde vino el alimento y por qué tiene ese nombre. Y el joven Bruno... —Se detuvo un instante—. El joven Bruno come lo que le den, siempre que no se le obligue.

—Entendido.

—Regla dos. El señor Tipton sale hacia la empresa a las ocho en punto y regresa, normalmente, a las siete de la noche. Si hay una emergencia, tiene mi número y el suyo. No lo llame a menos que sea realmente imprescindible.

—¿Qué es imprescindible?

—Fuego, inundación o sangre abundante. Una pelea, un grito o una pérdida de zapatos no cuentan.

—Entendido.

—Regla tres. Esta es la más importante. —Ferrer bajó un poco la voz—. Los niños tienen un acuerdo tácito, señorita. Cuando una niñera llega, la ponen a prueba. Durante el primer día intentan averiguar qué tan lejos pueden llegar. Cada niñera ha reaccionado de una manera distinta. Algunas se han enojado. Algunas han llorado. Una se sentó en el suelo del pasillo y se negó a levantarse durante una hora. Pero el único método que, hasta ahora, no ha sido probado...

—¿Cuál?

—Es reírse.

Jesica parpadeó.

—¿Reírme?

—Usted lo hizo ayer. Con el joven Bruno. Fue la primera vez que lo vi funcionar.

—Yo no lo planeé.

—Precisamente por eso funcionó.

Se escuchó, desde arriba, un ruido sordo, seguido de un gritito. Ferrer miró el reloj de pared.

—Las siete y quince, señorita. Comienza el espectáculo.

Jesica agarró su taza, respiró hondo y se dirigió hacia las escaleras con la espalda recta.

—Buena suerte —dijo Ferrer, con una inclinación de cabeza.

—Gracias.

—Y recuerde el jabón.

—¿Qué tiene que ver el jabón?

Ferrer no contestó.

Subió. En el pasillo del segundo piso, cuatro puertas de madera blanca se alineaban a ambos lados. Una tenía pegado un cartel que decía "PRINSESA LUCIA, NO PASAR" con dos errores de ortografía. Otra estaba cubierta de calcomanías de dinosaurios. La tercera tenía un letrero a lápiz que preguntaba "¿POR QUE ESTAS AQUI?". La cuarta, la de los gemelos, estaba entreabierta.

Jesica abrió con cuidado la puerta de los gemelos.

Dentro, dos camas pequeñas, una a cada lado, y una alfombra con forma de nube. Mateo dormía con la boca abierta, un brazo colgando. Bruno ya estaba despierto, sentado en el borde de la cama, con los pies colgando y la vista fija en la puerta.

La miró sin parpadear.

—Buenos días —dijo ella, en voz baja.

Bruno no contestó.

—¿Dormiste bien?

Nada.

—Yo no mucho. Tuve un sueño muy raro. Soñé que un dinosaurio me mordía la mano.

Un destello cruzó los ojos del niño. Jesica juraría que fue una sonrisa a punto de nacer. Pero se desvaneció.

—¿Me ayudas a despertar a los demás? —preguntó.

Bruno bajó de la cama. Caminó hasta ella y le tomó los dedos, esta vez sin morder. Juntos recorrieron el pasillo.




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