El segundo día de Jesica en la mansión Tipton empezó con una buena noticia y una mala.
La buena noticia era que, tras cuarenta minutos de frotar con jabón de lavanda, vinagre, limón y una pasta de bicarbonato que había encontrado en un recetario de la alacena, el cabello ya casi no tenía colores. La mala noticia era que ese "casi" incluía las puntas, que seguían teñidas de un rosa pálido, y el mechón de la sien izquierda, que había adquirido una tonalidad verdosa que le recordaba a una lechuga marchita.
—Parezco una acuarela olvidada bajo la lluvia —dijo, mirándose en el espejo del baño de servicio.
—Yo diría una obra de arte contemporáneo, señorita —contestó Ferrer, desde el pasillo, sin asomarse—. De las que se exhiben en museos y nadie sabe explicar.
—Muy amable.
—Siempre lo intento.
Jesica se hizo una trenza para disimular, se lavó la cara una vez más y bajó a la cocina. Allí, sobre la isla de mármol, había una caja de cartón con una nota pegada: "Marcadores confiscados. P.T." Estaba escrita con una letra angulosa, firme, de las que parecen tallar el papel. Jesica sonrió. Era, si se pensaba bien, la nota más cercana a un gesto de simpatía que había recibido de aquel hombre.
Los niños bajaron a las ocho con una cara que Jesica identificó de inmediato. Era la cara de quienes planean algo.
Leo caminaba con las manos a la espalda y la mirada demasiado inocente. Mateo no había hecho una sola pregunta desde que despertó, lo cual resultaba más alarmante que cualquier cantidad de preguntas. Lucía se había puesto un vestido azul y una diadema nueva, y desayunó sin mirar a nadie, aunque Jesica notó que había terminado el plato de hotcakes hasta la última miga. Y Bruno, sentado entre sus hermanos, masticaba despacio, con los ojos fijos en un punto lejano de la pared.
—Qué silencio —dijo Jesica.
—Es que estamos agradecidos —contestó Leo, con voz de recitar una lección.
—¿Agradecidos de qué?
—De que no nos regañaste ayer. Por lo del pelo.
—Ah, qué detalle.
—Y para que sepas que no vamos a hacer nada hoy —añadió Mateo, mirando fijamente su vaso de leche.
—¿Nada?
—Nada de nada.
—¿Por qué lo aclaras?
—Por ninguna razón.
Jesica entrecerró los ojos. Lucía se limpió la boca con la servilleta y se levantó con aire real.
—Yo tengo tarea —anunció—. Y no quiero que me molesten.
—¿Tienes tarea de verdad?
—Tengo tarea de princesa. Es muy complicada.
Y se marchó.
Jesica los miró uno por uno. Todos fingían no mirarla.
—Bueno —dijo—. Si hoy es un día sin travesuras, lo celebraremos con un picnic en el jardín. Pero si ocurre algo, ya saben que me desquito con hotcakes de brócoli.
—¡No! —gritó Leo.
—¿Por qué de brócoli? —preguntó Mateo.
—Porque es verde.
—¡Lucía no come verde!
—Entonces será un castigo colectivo y justo.
Los dos niños se miraron con espanto. Bruno, sin decir palabra, tomó su vaso de leche, lo vació de un trago y se bajó del taburete.
La mañana transcurrió con una paz sospechosa. A las nueve, Jesica los llevó al jardín. Dispuso una manta sobre el pasto, bajo el roble, y sacó un cuaderno grande y una caja de lápices de colores que había traído de su casa. Leo se puso a dibujar un volcán, Mateo se dedicó a clasificar hojas por tamaño, y ella se sentó con la espalda contra el tronco, disfrutando del sol que se colaba entre las ramas.
Era un lugar hermoso. Había algo en la corteza del árbol, en su olor a madera vieja, que la hacía sentirse tranquila. Alzó la vista y se dio cuenta de que alguien había grabado, en una rama baja, dos iniciales dentro de un corazón torcido: A y P.
—Alicia y Percy —dijo Mateo, que seguía su mirada—. Mi mamá y mi papá.
—Es bonito.
—Mi papá lo hizo hace muchos años. Mi mamá le dijo que era un vándalo.
—¿Y qué contestó él?
—Que era un vándalo enamorado.
Jesica sonrió, pero algo se le encogió por dentro. Mateo, que normalmente soltaba las frases como cohetes, lo había dicho sin una sola pregunta, con una calma extraña, como quien cuenta algo muy frágil.
—¿Te acuerdas mucho de ella? —preguntó con suavidad.
—Un poquito. Leo se acuerda más. Lucía se acuerda todo.
—¿Y tú?
—Yo me acuerdo de cómo olía.
—¿A qué?
—A lavanda.
Y se volvió a sus hojas, como si no hubiera dicho nada.
Jesica se quedó en silencio. No supo bien por qué, pero guardó aquello en algún rincón de la memoria.
A las diez y media, Ferrer la llamó desde la puerta del jardín para decirle que había una llamada del colegio. Jesica dejó a los niños dibujando, tomó el teléfono, habló tres minutos con la secretaria sobre una autorización de excursión que Percy tenía que firmar, y regresó a la manta con la certeza de haber estado ausente apenas unos instantes.
Pero cuando llegó, faltaba alguien.
—¿Dónde está Bruno? —preguntó.
Leo levantó la vista del volcán.
—Estaba aquí.
—¿Cuándo se fue?
—No sé.
—¿Mateo?
—Estaba clasificando una hoja y... —El niño se detuvo—. Ay, no.
—¿Qué pasa?
—Que dijo que iba a... —Se llevó las manos a la boca.
—¿Qué dijo?
—Nada. Que iba a... a jugar a las escondidas.
Jesica sintió un frío en la espalda.
—¿Escondidas con quién?
—Con nadie. Él solo.
—Muy bien —dijo, con una calma que no sentía—. Escúchenme. Nos vamos a mover juntos, ¿de acuerdo? Nadie se separa. Vamos a buscar a Bruno.
Comenzó entonces una búsqueda que habría sido digna de una película de acción. Revisaron el jardín entero, los setos, el cobertizo de las herramientas, la fuente, el garaje. Jesica miró detrás de cada arbusto, bajo cada banco, dentro de una carretilla. Gritó su nombre con una voz cada vez más aguda. Leo abría los armarios del cobertizo con aire de detective. Mateo, a pesar del miedo, no dejaba de preguntar por qué no aparecía, por qué no respondía, por qué no había dicho nada.
Editado: 20.10.2026