Sección cero

Capítulo 7

Sonia Pardo tenía un dibujo doblado en cuatro dentro del bolsillo de la bata.

Elena lo supo porque cada pocos minutos la mano derecha de Sonia bajaba, tanteaba el bolsillo y se detenía, sin sacar nada, como quien comprueba que la llave sigue donde debe. Era martes por la mañana y la sala de entrevistas estaba fría. Alguien había vuelto a abrir la ventana para ventilar, y el aire de octubre entraba con un olor a tierra mojada.

—¿Tiene frío? —preguntó Elena.

—No.

—Puedo cerrar.

—No hace falta. —Sonia miró el arbusto del patio—. Me gusta que huela a fuera.

Tenía cuarenta y cuatro años y parecía más joven y más vieja a la vez: piel fina, canas tempranas, unos ojos grandes que no terminaban de posarse en nada. Llevaba once semanas en Ashford, la mayor parte en una habitación individual con la luz apagada. Su ficha hablaba de una depresión con síntomas psicóticos, de una voz que le decía que su familia estaría mejor sin ella, y de un intento del que nadie hablaba en voz alta.

Habían pasado veinte minutos sin que Sonia pronunciara más de diez palabras. Elena no había insistido. Tenía una regla, aprendida en el centro de día: con la tristeza profunda no se llena el silencio, se lo acompaña.

—Mi hija dibuja —dijo Sonia, de pronto.

—¿Cuántos años tiene?

—Siete. —La mano bajó al bolsillo, otra vez—. Me manda un dibujo por semana. La asistente social se los trae. Este es de anteayer.

—¿Quiere enseñármelo?

Hubo un instante largo de vacilación. Luego Sonia sacó el papel, lo desdobló con dedos cuidadosos, y lo deslizó sobre la mesa. Era un dibujo a rotulador: una casa cuadrada, un sol con cara, dos figuras de palo cogidas de la mano y una tercera, más pequeña, apartada a un lado.

—Esa soy yo —explicó Sonia, señalando la pequeña—. Me pone siempre fuera.

—¿Fuera de la casa?

—Fuera de la mano. —Se pasó los dedos por el cuello—. Dice que es porque la casa es pequeña. Pero yo sé que es otra cosa.

Elena miró el dibujo mucho tiempo. La niña había coloreado con esmero cada ventana. En el margen, con letra de párvulo, había escrito: *Mamá, cuando vuelvas te hago otro.*

—Eso no lo dice porque la casa sea pequeña —murmuró.

Sonia levantó la cabeza.

—¿Qué dice?

—Que espera que vuelva.

Sonia se quedó inmóvil. Sus ojos, por primera vez, se fijaron en algo, en la cara de Elena, con una atención desesperada. Y en ese preciso instante ella sintió el impulso. Fue rápido y cálido, casi físico: decirle *yo hablaré con la asistente social, yo me ocuparé de que su hija la vea, yo lo arreglaré*.

Estaba a punto de decirlo. Tenía la boca entreabierta.

Se mordió el labio por dentro. Recordó a Cervera. *Cada pieza sostiene otra.*

—Quiero preguntar si es posible una visita —dijo en cambio—. Pero no se lo prometo. Depende del equipo. Puedo prometerle que lo preguntaré esta semana y que le diré la respuesta, sea la que sea.

Sonia no sonrió. Pero asintió despacio, y a Elena le pareció que ese asentimiento pesaba más que una sonrisa.

—Gracias por no prometerme más.

Cuando salió, se apoyó un momento contra la pared del pasillo. El corazón le iba rápido. Había estado a un segundo de cometer un error muy bonito: uno de esos que tienen forma de bondad. Escribió en la libreta solicitar visita Sonia P. — preguntar Aguirre y Cervera y lo subrayó dos veces.

Buscó a Marisa a la hora del café. La encontró en el despacho de administración, un cuarto largo con tres escritorios, un ventilador de pie y una estantería llena de bandejas de plástico. Encima de un pequeño mueble bajo, cubierta con una funda de tela, había una máquina de escribir.

—¿Sigue funcionando? —preguntó Elena, señalándola.

—La Olivetti. Sí, cielo. Aquí no se tira nada. —Marisa levantó la vista de una hoja de cálculo—. La usamos para los formularios de autorización. Los certificados salen mejor en papel de calco. ¿Necesitas algo?

—Solo una duda tonta. La semana pasada, el martes, alguien me dejó una nota de Aguirre sobre el cambio de horario para la reunión. ¿Fuiste tú?

—¿Una nota?

—Una tarjeta. Mecanografiada. Con sus iniciales.

Marisa frunció el ceño con verdadera perplejidad.

—No. El cambio de horario lo anunció Ramón por megafonía al mediodía, ¿no lo oíste? Fue para todo el mundo. —Se quitó las gafas—. ¿Dónde te la dejaron?

Elena tardó apenas un segundo en decidir.

—En la taquilla —mintió, con una suavidad que la sorprendió—. Debí de dejármela por ahí.

—Pues entonces la escribió él. —Marisa volvió a ponerse las gafas—. Aunque a Ramón no le gusta la máquina. Dice que le hace ruido en los dedos.

—Claro.

—¿Es importante?

—No, no. Es para archivarla.

Se detuvo junto a la mesa donde estaba la Olivetti. Sin que Marisa lo notara, levantó una esquina de la funda. Las teclas eran redondas y grises, con las letras un poco desgastadas. Buscó la *e*. En efecto, el travesaño de la *e* estaba ligeramente levantado, como si la barra se hubiera curvado con los años. Volvió a taparla.

Esa máquina había escrito la tarjeta. De eso estaba casi segura. Y esa máquina, con su funda de tela, estaba en una oficina sin llave, junto a un ventilador y a tres escritorios por los que pasaba, cada día, una veintena de personas.

—Marisa, una última cosa. Mi domicilio. ¿Quién puede consultarlo?

—Personal. Recursos Humanos. Yo. Aguirre. —Contó con los dedos—. Y cualquiera que tenga acceso al archivo de plantilla.

—¿Que es quién?

—Pues... casi todos los jefes de área. Cervera. Nieto, para las emergencias. La enfermera jefa. —Se rió—. Es un archivo, cielo. Está para consultarlo.

Elena sonrió, dio las gracias y salió. En el pasillo se dio cuenta de que caminaba muy despacio, como cuando uno intenta no despertar a alguien.

Podía haber contado toda la verdad. Podía haber dicho: *no era la taquilla, era mi casa, y detrás había un mensaje escrito a mano*. Podía haber ido a Aguirre y enseñárselo, y quizás Aguirre habría sabido qué hacer. Sin embargo, algo le dijo que en ese edificio, hasta que supiera de quién se trataba, la información era una moneda. Y las monedas, cuando se gastan, no se recuperan.




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