Aguirre le dio la respuesta sobre Sonia el miércoles por la mañana, de pie, en el pasillo, mientras abría una carpeta con la otra mano.
Cervera lo autoriza en versión reducida. Una videollamada de diez minutos, supervisada, con la niña acompañada por la asistente social. Después se valora. —Levantó un dedo—. No más. No la conviertan en costumbre hasta que veamos cómo reacciona.
Gracias, doctor.
No me dé las gracias a mí. Dígaselo a ella cuando termine. Va a necesitar oírlo dicho por alguien que no sea yo.
Elena se lo comunicó a Sonia esa misma tarde. Sonia estaba sentada en su habitación con la luz apagada, mirando la pared. No dijo nada durante un minuto entero. Luego sacó el dibujo del bolsillo, lo estiró sobre la rodilla y lo alisó con la palma, una y otra vez, hasta que el papel quedó liso como una hoja nueva.
¿Cuándo? —preguntó.
El lunes.
Es mucho tiempo.
Sí.
Cuatro días.
Cuatro días —confirmó Elena—. Pero es una fecha. Es tuya.
Sonia asintió y cerró los ojos. Elena salió sin hacer ruido. Al pasar por el pasillo notó que sonreía, y que la sonrisa era torpe, de las que se escapan solas. Se detuvo un instante contra la pared. Aquel día, pensó, había servido para algo.
La llamada de Pilar llegó a las diez de la noche. Elena, tumbada en la cama, con el ventilador de la vecina zumbando a través de la pared, dejó que el teléfono sonara tres veces antes de descolgar.
Estoy viva.
Menos mal. —Pilar suspiró, aliviada—. He soñado que te secuestraba un dentista.
¿Un dentista?
No sé. Era muy raro. Tenía una bata verde y hablaba con acento argentino.
Se rieron. Hablaron un rato de cosas sin importancia: el gato, una vecina que se había peleado con el frutero, el precio de las lentejas. Elena escuchaba la voz de su tía con los ojos cerrados. Pensó en contarle lo de la solicitud, lo del jueves, lo de las sillas. Pensó en cómo lo diría. *Me han pedido que me reúna con un paciente. Solo un rato. Lo he aceptado enseguida.*
¿Tú no me estás contando algo? —preguntó Pilar.
No.
Te conozco. Se te queda la voz de estar mirando el techo.
Estoy mirando el techo.
Pues eso.
Es un jueves normal, tía. Reuniones, papeles. —Y añadió, con una ligereza que sonó falsa incluso a sus oídos—: Nada de peligro.
Bueno. —Pilar dejó pasar un silencio—. Mañana me llamas.
Te llamo.
Colgó. Se quedó con el móvil sobre el pecho, sintiendo cómo esa pequeña mentira, apenas una omisión, se asentaba entre las demás. Ya no eran una. Eran una fila.
Jueves.
Gregorio la esperaba en la puerta del comedor cuando pasó, a las once, camino del pabellón. Tenía una cuchara en la mano y la sostenía en vertical, como una vela.
Hoy es jueves —dijo.
Hoy es jueves, Gregorio.
Va a bajar.
Elena se detuvo.
¿Yo?
Usted y otros. —Miró la cuchara—. Los jueves bajan varios. Pero usted no lo sabe todavía.
¿Qué es lo que no sé?
Gregorio levantó los ojos claros, pausadamente.
Cuántos escalones hay.
No dijo más. Volvió a la mesa y colocó la cuchara en su sitio, a la izquierda de las otras, y el resto de la mañana Elena arrastró la frase como se arrastra un olor. *Cuántos escalones.* Contó los de la escalera del pabellón cuando bajó a las tres y cuarto, acompañada por Nieto, sin querer y sin ganas. Eran veintidós. Después contó los del sótano de los archivos. Diecisiete. Le pareció una tontería profesional preguntarse si aquello significaba algo.
El Pabellón C se anunciaba antes de llegar. Cambiaba el aire: menos olor a lejía, más olor a nada. Una nada limpia, seca, de materiales nuevos. El pasillo era más ancho que los demás y tenía un suelo de goma oscura que apagaba los pasos. Las paredes estaban pintadas de un gris claro, sin carteles, sin marcas. Cada quince metros, una cámara, con su lucecita roja.
Nieto la acompañaba en silencio. Al llegar a la puerta de la sala de entrevistas, se apartó y sacó una llave.
Está vacía. El paciente no vendrá hasta las cuatro. Tiene media hora para prepararla.
Gracias.
Doctora. —Se quedó un instante con la llave en la mano—. Una cosa que a veces se olvida. Hoy es un encuentro formal. No le pida disculpas por nada. No le diga cómo se llama de pila. No le cuente nada de usted que no vaya a leerse mañana en un tablón de anuncios.
Entendido.
Lo digo porque el último que lo dijo tenía cara de entenderlo también.
Abrió. Elena entró.
Era la misma sala que había visto desde el cristal, y sin embargo distinta. Más pequeña. La mesa de metal, atornillada al suelo. Cuatro sillas de madera clara, sueltas, apoyadas contra la pared. Y en el techo, en una esquina, una cámara con su piloto rojo. El cristal unidireccional ocupaba toda la pared derecha. Desde este lado era simplemente un espejo oscuro, y en él vio su propio reflejo, con la blusa gris, el pelo recogido, la libreta apretada contra el vientre.
La puerta se cerró detrás de ella. Elena respiró.
Quería resolverlo pronto. Cuatro sillas. Le habían pedido que ella las colocara. Alguien, por lo tanto, iba a leer lo que ella hiciera con ellas. Eso era evidente. Lo que no era evidente era qué había que hacer para que esa lectura resultara inútil.
Probó a ponerlas de lado, en ángulo, como había hecho con Matilde. Se detuvo. Si él sabía cómo había colocado las sillas la primera vez, repetir el gesto sería confirmarle que era previsible. Las movió. Las puso frente a frente, con la mesa en medio, como en el cristal del jueves anterior. Tampoco. Era darle el escenario que él ya conocía.
Se quedó de pie con una silla en las manos, dándole vueltas. Y de pronto vio la trampa con claridad: cualquier disposición que eligiera, sería una respuesta. Incluso la más neutra. Incluso la que no significara nada. Porque la pregunta no era *cómo se colocan las sillas*, sino *qué hace usted cuando le piden que lo decida*.