Sección cero

Capítulo 9

La bandeja llegó a las cinco y treinta y cuatro. Debía llegar a las cinco y treinta.

Nick miró el reloj de pared antes de mirar la bandeja. Era un reloj analógico, de esfera blanca y números negros, sin cristal protector, sujeto por dos tornillos a una pared que en su primer año había estado desnuda. Tardaron catorce meses en concedérselo. Tres informes médicos, una revisión de seguridad y una discusión de la que él solo conoció el resultado. Seis años después, el segundero seguía avanzando con un chasquido apenas audible que él escuchaba a todas horas, como quien escucha su propio pulso.

Cuatro minutos. Los contó de nuevo. Cuatro.

Ismael, el guardia joven, esperaba de pie junto a la puerta con las manos delante del cuerpo, ligeramente hacia dentro, con la incomodidad de quien lleva poco tiempo en un sitio y aún no ha aprendido a ocupar espacio. Tenía veinticinco años, la piel sin marcas y un tic en el párpado izquierdo cuando le hablaban en voz baja.

—Ha llegado tarde —dijo Nick.

—Sí. Perdone. Hubo un retraso en cocina.

—¿De cuánto?

—Cuatro minutos.

—Tres minutos cincuenta y ocho segundos. —Miró la bandeja—. Y el vaso está a la izquierda del plato.

Ismael parpadeó.

—Sí.

—Debería estar a la derecha.

—Yo... —El tic del párpado apareció—. Me dijeron que lo colocara donde cabía. Estaba lleno el carro. No era una decisión.

—Ya lo sé.

Nick no elevó la voz. No lo hacía. Se quedó sentado en el borde de la cama, con las manos sobre las rodillas, mirando el vaso. Sintió la conocida presión debajo del esternón, esa clase de incomodidad que no era rabia ni miedo ni ninguna otra cosa que tuviera nombre en los manuales. Era la sensación de que una pieza había sido movida por alguien que no sabía que era una pieza. Aquello, dentro de una hora, se convertiría en una rugosidad en el pensamiento. En tres, en un obstáculo. En seis, en una razón para no dormir.

—¿Puede mover el vaso? —preguntó.

—No debo tocar la bandeja una vez entregada. Es el procedimiento.

—Es lo que dice el procedimiento.

—Sí.

—Entonces pídame que lo mueva yo.

Ismael dudó. La regla era clara: el interno no debía manipular utensilios de la bandeja hasta que el guardia abandonara la habitación. Pero el guardia no podía moverlos antes de la revisión. El reglamento tenía, en ese punto, una grieta pequeña, y Nick la conocía desde hacía cinco años y medio.

—Puede tocarlo —dijo Ismael por fin—. Yo lo miro.

Nick cogió el vaso con dos dedos, lo colocó a la derecha del plato y devolvió las manos a las rodillas. Fue un gesto de tres segundos. Ismael no supo si había hecho algo mal o bien. Salió de la habitación sin despedirse.

La puerta se cerró. El cerrojo bajó con su ruido de siempre. Nick esperó a que el sonido del último pestillo terminara de apagarse y sólo entonces cogió el tenedor.

Su habitación medía cuatro pasos por tres. Tenía una cama estrecha, con sábanas suyas, blancas, que se cambiaban los lunes y los jueves; una mesa de madera, no de metal, con una lámpara de brazo articulado; una estantería con cinco libros ordenados por altura; una alfombra gris junto a la cama; un reloj; una ventana con postigos de madera interior que se abrían a las siete y se cerraban a las diez. No podía cerrarlos él. No podía abrirlos. Pero los postigos existían, y eso, en su segundo año, se lo habían concedido a cambio de una condición que no podía recordar sin que el pulgar derecho buscase el índice.

Comió despacio. Judías con patata, un trozo de pollo hervido, pan. Masticó cada bocado veinte veces, por costumbre. Mientras tanto, en la cabeza, iba repasando la tarde.

*Marín.*

Con tilde. La había preguntado por curiosidad, o por vanidad, o por una forma de probar el terreno, y ella había contestado sin dudar: *con tilde, sí*. Eso le había gustado más de lo que esperaba. La gente, ante la pregunta, tendía a corregirle con impaciencia o a agradecérselo con exceso. Ella se había limitado a confirmar.

Las sillas.

Había esperado la disposición de lado, la del martes, la de la sala de Matilde. Se la había imaginado durante tres noches. Un ángulo abierto, un gesto de suavidad para un paciente peligroso. Un error clásico del primer mes: confundir la amabilidad con la seguridad. Y en cambio ella había hecho otra cosa. Había puesto las sillas en esquina, a un metro, con una tercera retrasada para Lucía y una salida despejada. Una disposición sobria, sin afectación, con todos los elementos pensados. Había tardado, además, más de veinte minutos en decidirla. Él lo sabía porque Nieto había mirado el reloj dos veces al pasar por el pasillo.

Se detuvo con el tenedor a medio camino.

Veinte minutos para cuatro sillas. Y al final, la solución correcta.

No había sido una disposición para él. Había sido, comprendió, una disposición para ella misma. Para poder salir.

Eso no lo había previsto.

Masticó. Tragó. Dejó el tenedor sobre el plato, en paralelo al cuchillo de plástico.

*Lápiz: un ajuste.*

Lo había notado a las cuatro y media, mientras Lucía se levantaba, con esa sensación de haber olvidado algo. Durante toda la sesión había sostenido el lápiz con los dedos y solo lo había movido una vez, cuando ella dijo: *es una técnica*. Lo demás del tiempo había estado quieto. No lo había decidido. Nunca era una decisión. Pero cada jueves, desde hacía seis años, las manos buscaban aquel milímetro. Era una manera de comprobar que el mundo seguía alineado. Y hoy no lo habían buscado.

No entendía por qué.

Era la clase de dato que le desagradaba: un resultado sin causa. Lo repasó por encima, como quien pasa la yema por un cristal roto. La luz, el ruido, la temperatura de la sala. Todo igual. Lucía, igual. Nieto, igual. La única variable distinta era una mujer de metro sesenta y cinco con la blusa gris y la libreta contra el vientre, que en el primer minuto se había ajustado la manga y había murmurado dos palabras que él no debería haber oído.




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