Se despertó a las cuatro y cuarto con una frase en la cabeza.
La silla de Lucía está un dedo más cerca de la pared de lo que necesita.
No era una frase importante. Era una observación mínima, de las que se hacen para llenar un silencio. Pero llevaba dos noches volviendo a ella con una exactitud que Elena no soportaba, como esa canción que se pega a la lengua y se repite sin voluntad, con los mismos compases, hasta que uno termina tarareándola sin saberlo. Se incorporó en la cama. Fuera, un camión hizo temblar la persiana. Al otro lado de la pared, el ventilador de la vecina había dejado de sonar; debía de haber vuelto ya del turno.
Se dijo que era natural. Un paciente con un historial de seis años, una primera entrevista, una frase con carga interpretativa. Cualquier psicóloga la habría analizado. Cualquiera. Se dijo también que conservar las palabras exactas era una buena práctica: en un expediente, el detalle importa. Y que si las recordaba tan bien era porque estaba concentrada.
Se lo repitió con todos los argumentos. Después se tumbó de lado, con la cara contra la almohada, y no volvió a dormirse.
El despacho de Nieto estaba en la planta baja, al fondo del pasillo este, y para llegar a él había que pasar dos puertas de seguridad y saludar a un guardia sentado detrás de un cristal blindado que anotaba el nombre de los visitantes en un cuaderno de tapas duras. Elena firmó con su letra más cuidadosa. Hora de entrada: 9:40. Motivo: *convocada*.
Nieto la esperaba de pie, con la chaqueta del uniforme colgada del respaldo de una silla y las mangas de la camisa remangadas. Sobre la mesa había un monitor apagado, un teléfono negro y una carpeta gris. En la pared del fondo, una pantalla dividida en dieciséis cuadrados mostraba pasillos vacíos, puertas cerradas, una escalera en penumbra.
—Siéntese, doctora.
—Gracias.
—No es una entrevista formal. Es una consulta. —Se sentó frente a ella—. ¿Dónde estaba usted el lunes por la noche, entre las nueve y las diez?
La pregunta llegó tan directa que Elena tardó un segundo en reaccionar.
—En la cocina de personal. Con Iván Cuadrado. Cenamos y luego fregué los platos.
—Eso ya lo sé. Lo confirmó Cuadrado. —Abrió la carpeta, sin mirarla—. Lo que quiero saber es si, durante ese rato, salió de la cocina.
—No. Hasta que sonaron los tres pitidos.
—¿Y antes?
—Fui al baño. Una vez. A las nueve y cuarto, más o menos. El de la planta.
—¿Vio a alguien?
—No.
—¿Escuchó algo?
Elena tardó en responder. Nieto no la apremió. Observaba con la paciencia áspera de quien ha pasado veinte años esperando a que la gente se acordase de lo que ya sabía.
—Un ruido de puerta —dijo por fin—. Antes de los pitidos. Un poco antes de las diez.
—¿Qué puerta?
—Abajo. En la escalera oeste, creo. Una bisagra que chirriaba. Distinta de las demás.
—¿Cuánto tiempo antes de la alarma?
—No sé. Veinte minutos. Media hora.
—¿Y por qué se acuerda?
—Porque llevo unos días aprendiendo a distinguir las puertas de este edificio. —Sonrió, un poco a su pesar—. Es un pasatiempo profesional.
Nieto no sonrió. Cerró la carpeta.
—El lunes por la noche las cámaras de la escalera oeste estuvieron fuera de servicio de las nueve a las diez. Mantenimiento programado. —Lo dijo con sequedad—. Nadie lo había registrado en el parte de guardia. Yo me enteré ayer.
—¿Eso es raro?
—Es raro que ocurra sin que yo lo firme.
Hubo un silencio. Elena miró la pantalla de los dieciséis cuadros. Una de las esquinas, abajo a la derecha, mostraba una escalera. Reconoció los escalones. Veintidós.
—¿Alguien me está... investigando? —preguntó.
—No. —Nieto la miró de frente—. Alguien me ha dicho que oyó algo. Y yo soy de los que comprueban lo que dicen los que oyen.
—¿Quién?
—No se lo voy a decir.
—Es él —dijo Elena, antes de pensarlo.
Nieto no contestó. Ni siquiera parpadeó. Pero hubo un cambio pequeñísimo en su respiración, una contención voluntaria, que a Elena le bastó.
—Lo que sea que crea, doctora, se lo guarda.
—Por supuesto.
—Y si vuelve a oír esa bisagra, o cualquier otra cosa que no le suene, me avisa a mí antes que a nadie. No a Aguirre. No a Cervera. A mí.
—¿Por qué a usted?
—Porque yo soy el que lleva las llaves. —Se levantó y le abrió la puerta—. Gracias por venir.
En el pasillo, mientras firmaba la salida, Elena notó que le ardían las orejas. Había estado a punto de decirlo. *Recibí una tarjeta en mi casa. Alguien conoce mi dirección. Alguien escribió mi nombre a mano.* Lo había tenido en la punta de la lengua. Y se lo había tragado, con toda la fuerza de una decisión que ya ni siquiera se notaba como decisión.
Era la tercera vez. Ya no eran pequeñas omisiones aisladas. Empezaban a tener una lógica propia: siempre había un motivo, siempre razonable, siempre pasajero. Y todos apuntaban en la misma dirección.
*Cuando tenga algo más que un papel.*
Lo pensó con la misma calma con la que se piensa una dirección en un mapa. Salió a la luz de la mañana y no se giró para mirar la garita.
La comida con Lucía fue en la biblioteca, por sorpresa. Habían coincidido en el pasillo y Lucía, sin más, le había dicho «Trae la bandeja», y la había llevado por un corredor lateral hasta una sala silenciosa, con estanterías de madera oscura, dos mesas largas y una ventana al jardín.
—Está prohibido comer aquí —dijo Lucía—. Pero es el único sitio donde nadie escucha.
—Esto no se parece a lo que me imaginaba.
—Las bibliotecas de los sitios como este suelen ser lo mejor. Nadie las visita, nadie las vigila, y tienen olor a libro. —Sacó un bocadillo de una bolsa de papel—. ¿Vas a comer o vas a mirar?
Elena mordió una tortilla fría. El local olía a papel envejecido y a madera. En un rincón, alguien había dejado un carrito con libros sin colocar. Las estanterías estaban etiquetadas con una letra pulcra y anticuada. *Novela. Ensayo. Poesía. Historia.* En la de poesía, un hueco vacío del ancho de un lomo.