Sección cero

Capítulo 11

El domingo lo pasó comparando letras.

Sobre la cama de la pensión, con la luz del mediodía filtrándose por las persianas, Elena extendió tres papeles. La tarjeta de cartulina, por el reverso. La servilleta de la biblioteca. Y una hoja de su libreta donde había copiado, a mano, tres frases del expediente Vane para comprobar cómo se le escapaban las letras cuando escribía deprisa.

No era grafóloga. Sabía lo que sabe cualquiera que haya corregido exámenes: que la letra tiene un peso, una cadencia, una manera de resolver las curvas. La *a* cerrada arriba con un rabito. La *r* que se separa del resto. La inclinación hacia atrás, como de alguien que se resiste a avanzar. En los dos papeles ajenos, esos rasgos coincidían. No con exactitud milimétrica, pero sí con la misma sensación de familiaridad que se tiene ante una voz oída dos veces.

Se rio de sí misma. Estaba a punto de convertir dos caligrafías en una teoría.

Guardó los papeles y salió a caminar. Recorrió tres calles sin rumbo, compró una barra de pan, se sentó en un banco frente a una iglesia cerrada y miró cómo la gente entraba y salía de una panadería. Había un niño que lloraba en brazos de su padre. Una señora mayor que llevaba las bolsas con las dos manos. Un perro atado a una farola. La vida, con sus caras ordinarias. Se dio cuenta de que llevaba diez minutos sin pensar en nada, y de que esa nada le sentaba mejor que cualquier conclusión.

Al volver, la casera la esperaba en el portal con los brazos cruzados.

—Ha llamado un señor.

Elena se paró en seco.

—¿Un señor?

—Preguntando por usted. A las once. —La casera se encogió de hombros—. Le dije que no daba información. Colgó.

—¿Dijo cómo se llamaba?

—No. Tenía voz educada. De esas que no levantan la voz ni para insultar.

Elena asintió con más calma de la que sentía. Subió a su cuarto. Cerró con llave, algo que no había hecho en trece días. Se sentó en el borde de la cama y contó hasta veinte, respirando por la nariz.

Podía haber sido cualquiera. Un comercial, una llamada equivocada. La agencia de cobros, que había empezado a buscar direcciones alternativas. Su tía, que a veces marcaba desde teléfonos fijos de vecinas. Podía haber sido cualquiera.

Pero por primera vez desde que llegó a Ashford tuvo una sensación distinta, precisa, incómoda: la de que su vida cotidiana, esa vida pequeña de toalla y plancha rota, había dejado de ser exclusivamente suya.

El lunes, a las ocho y cuarto, esperó a Lucía junto a su despacho con una carpeta vacía en las manos.

—Buenos días —dijo Lucía, sorprendida—. ¿Qué haces aquí tan pronto?

—Necesito que me firmes una cosa.

—¿El qué?

Elena le tendió la carpeta abierta. Dentro había una hoja con un formulario de solicitud de material: dos cuadernos, una caja de rotuladores, un archivador. Un trámite absurdo que había inventado en el autobús.

—Es para Sonia Pardo. Para las sesiones con la niña.

—Ah, claro. —Lucía sacó un bolígrafo—. ¿Dónde firmo? ¿Y pongo la fecha?

—Firma, fecha y nombre.

Lucía escribió. Elena la observó sin mirar. Vio la mano izquierda apoyando el papel, la punta del bolígrafo deslizándose. Letra redonda, escolar, vertical, con las *a* abiertas y las *r* pegadas al resto de la palabra. Nada que ver.

—Ya está —dijo Lucía, devolviéndole la carpeta—. Pero me estás mirando la mano.

—Me gusta tu letra.

—Mientes fatal. —Sonrió con cansancio—. ¿Qué pasa?

Elena vaciló. Fue una vacilación breve, pero suficiente. Lucía dejó de sonreír. Dio dos pasos, abrió la puerta del despacho y con un gesto seco le indicó que entrara.

—Cierra.

Elena cerró.

—Habla.

—Alicia Ibarra me pidió que te diera las gracias. Por el jersey.

Lucía tardó en reaccionar. Su cara pasó de la sorpresa a una tensión que Elena no le había visto nunca. Se sentó lentamente en la silla, con las manos sobre las rodillas.

—¿Cuándo hablaste con ella?

—El sábado. Por teléfono. Desde una cabina.

—¿Con qué número?

—El de la servilleta. El que tú me dejaste.

—Yo no te dejé nada.

Lo dijo despacio, casi sin voz. Elena sintió que el estómago se le encogía.

—Saliste a buscar una cosa que te habías dejado en el pasillo. Cuando volví a mirar, la servilleta estaba junto a mi taza, con el número y su nombre.

—Yo salí a hablar con Encarna. Tardé cinco minutos. —Lucía la miraba fijamente—. Y cuando volví ya no estabas. No vi ninguna servilleta.

—Estaba ahí.

—Te creo. —Se pasó la mano por la cara—. Dios. Te creo.

Se quedaron un rato en silencio. El despacho de Lucía era pequeño, con una estantería llena de carpetas, un tiesto con un helecho medio seco y un póster descolorido de un congreso de psiquiatría de hacía quince años. En la pared, un calendario con los jueves marcados en rojo.

—El jersey —dijo Elena.

—Nunca le presté un jersey a Alicia. —Lucía respiró hondo—. Fue ella quien me lo prestó a mí, el primer invierno. Un jersey verde. Todavía lo tengo. Y es lo que dijimos, una vez, medio en broma, cuando empezó a ponerse rara con lo del archivo: si alguna vez una de las dos tenía que decir que una línea o un lugar no eran seguros, diría «gracias por el jersey». Sin explicar más.

—Entonces me estaba avisando.

—Te estaba avisando de que alguien había llegado antes que tú. —Cerró los ojos un segundo—. Y quería que yo lo supiera.

—¿Quién tiene su número nuevo?

—Nadie. Yo no lo tengo. Por eso el papel es imposible. —Abrió los ojos—. Elena, ¿qué más me estás ocultando?

Ese era el momento. Elena lo supo con la claridad de un escalón que se acaba. Podía sacar del bolso la cartera y enseñarle la tarjeta. Podía hablar de las páginas 42 a 57, de la bisagra, del hombre que había llamado a la pensión. Habría bastado con decirlo todo, y quizás Lucía, con sus años de Ashford y su letra redonda, habría sabido ordenar aquel revoltijo.




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