Sección cero

Capítulo 12

Iván le sirvió el café con una solemnidad de sacerdote.

—Tienes cara de haber dormido en un tren.

—He dormido en una cama con un ventilador al otro lado de la pared.

—Es lo mismo. —Le acercó el vaso de plástico—. Bebe. Yo llevo desde las siete de ayer y estoy más fresco que tú. Es la única ventaja de los turnos de noche: la cara ya no engaña a nadie.

Era martes por la mañana. Habían coincidido junto a la máquina del segundo piso, con los pasillos todavía en calma y el sol entrando en diagonal por las ventanas de la escalera. Elena se había pasado la noche haciendo cuentas, no de dinero, sino de mentiras. Tres omisiones y una mentira a Nieto. Una promesa a Lucía. Una llamada a una cabina. Una fila de papelitos en el forro de la cartera que ya abultaba.

—¿Te pasa algo? —preguntó Iván.

—Nada. Que no soy buena madrugando.

—Nadie lo es. Pero lo disimulan mejor. —Se apoyó en la pared—. Oye, ¿sabes que te han colocado en la agenda del jueves?

—¿En cuál?

—En la de Vane. Cuarenta minutos. Con Lucía. Lo ha firmado Aguirre esta mañana. —Bajó la voz—. Nieto ha puesto una condición: dos guardias dentro, no uno.

—¿Por qué?

—Porque desde el lunes pasado están todos más nerviosos de lo normal. —Se encogió de hombros con una naturalidad que no engañaba a nadie—. Como cuando cambia el tiempo y los perros se ponen a dar vueltas.

Elena pensó en la cámara apagada, en la bisagra, en la llave que no había salido del cajón. Dio un sorbo largo al café, que estaba tibio y sabía a plástico.

—Iván. ¿Tú conoces a alguien que tenga letra... así? —Levantó la mano y, con el dedo, dibujó en el aire una inclinación hacia atrás.

—¿Qué letra?

—Una letra que se echa para atrás. Como si el que escribe quisiera irse de la página.

Iván se quedó pensando.

—Encarna escribe así —dijo al fin—. Encarna Solís. Cuando firma las listas de medicación. Pero también Pablo, cuando se despista. Y creo que Cervera, aunque él usa mayúsculas para casi todo.

Elena sonrió sin ganas.

—Bueno. Pues ya somos tres.

—¿Tres qué?

—Nada. Una tontería.

Se despidió antes de que Iván pudiera preguntar. Caminó hacia su despacho con la sensación desagradable de haber abierto una puerta que no sabía cerrar.

El jueves, a las cuatro menos cuarto, colocó las sillas.

Esta vez no tardó. Se detuvo en la puerta de la sala de entrevistas del pabellón, miró la mesa de metal, respiró, y repitió exactamente la disposición de la semana anterior. Esquina, un metro, la tercera silla junto a la pared. No era una decisión táctica. Era todo lo contrario: había comprendido que la única manera de no jugar a ser previsible ni impredecible era hacer lo que le parecía correcto y no volver a pensarlo.

Nieto la vio desde la puerta.

—¿Repite?

—Funcionaba.

—Ya. —Un asentimiento seco—. Hoy hay dos guardias. Ismael a su derecha, Carrasco a la izquierda. No se mueven. Si hay algo, activan y salimos todos.

—Entendido.

Lucía llegó con el cuaderno de espiral y una expresión que Elena ya reconocía: la de alguien que se ha puesto la cara de trabajar. Se sentó en su silla junto a la pared, cruzó las piernas y se quedó mirando el techo un momento.

—¿Nerviosa?

—Un poco.

—Bien. Si no lo estuvieras, me preocuparía.

Vane llegó a las cuatro en punto. No a las cuatro y uno, ni a las tres y cincuenta y nueve. Elena lo comprobó en el reloj de pared, un reloj de plástico blanco, sin marca, clavado sobre la puerta. Entró entre Ismael y Carrasco, con las manos a la espalda y el paso medido. Miró las sillas. Se detuvo un segundo.

—La misma disposición.

—Funcionaba —repitió Elena.

—Eso suena a una respuesta preparada.

—Es la verdad. Eso suele ser lo que la hace parecer preparada.

Algo se movió en la comisura de su boca. No llegó a ser una sonrisa. Se sentó tras esperar a que ella lo hiciera, ajustó el cuaderno negro hasta dejarlo paralelo al borde de la mesa, colocó el lápiz a su lado, el vaso a la derecha. Todo en su lugar. Elena vio de reojo cómo los ojos de él barrían la mesa, contaban, comprobaban.

—¿Cuántos ajustes ha hecho hoy? —preguntó ella.

Vane la miró.

—¿Perdón?

—El lápiz. Lucía me dijo que lo toca entre quince y treinta veces por sesión.

Un silencio. Lucía dejó de escribir.

—Cuatro —respondió Vane—. Antes de entrar.

—¿Y aquí?

—Todavía ninguno.

—¿Es raro?

—Es información. —Sus dedos descansaban sobre la mesa, separados—. No sé cómo interpretarla. Usted, en cambio, parece tener una teoría.

—No tengo ninguna. Solo tomo datos.

—Entonces tenemos algo en común.

Fue una frase pequeña, dicha sin ironía. Pero Elena sintió, tras la primera reacción de rechazo, algo distinto: la incómoda claridad de que no estaba mintiendo.

Empezaron con lo cotidiano. El sueño, la comida, la rutina de los postigos. Nick respondía a todo con la precisión de siempre y, cada cierto tiempo, se detenía en una palabra y la miraba por dentro antes de pronunciarla. Elena, por su parte, se obligó a no perseguirlo. A dejar que cada respuesta se enfriara antes de formular la siguiente. Cuando él se detenía, ella también. Poco a poco, la conversación fue adquiriendo un ritmo raro, casi de ajedrez lento, en el que los silencios pesaban más que las frases.

—Los jueves —dijo Vane en un momento dado— son los días en que mejor duermo.

—¿Por qué?

—Porque el viernes no hay sesión. —La observó—. Desde hace seis años, el viernes es el único día sin nada. Sin visitas, sin evaluaciones, sin cambios. Un día limpio.

—¿Le gusta el vacío?

—No es vacío. Es orden sin intromisión.

—Entiendo.

—No creo que lo entienda. —Lo dijo sin dureza, casi con curiosidad—. Pero me gusta que lo intente.

A los veintidós minutos, Elena estaba a punto de plantear una pregunta sobre la biblioteca cuando la luz se apagó.




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