La amonestación cabía en media página.
Aguirre la había redactado a mano y luego la había pasado a máquina, o le había pedido a alguien que lo hiciera, y la sostenía ahora entre dos dedos, como quien sujeta un pañuelo usado. Estaban en su despacho, con las persianas a medio bajar y el sol del viernes cortando la mesa en franjas. Sobre el escritorio, la taza de siempre y una carpeta azul más gruesa de lo normal.
—Léala —dijo—. Y firme al pie. No es una condena. Es un trámite.
Elena leyó. *La doctora Marín, E., realizó el jueves una intervención no autorizada sobre un interno de alta contención, sin consulta previa al responsable psiquiátrico. Se deja constancia del resultado favorable y de la comunicación posterior por iniciativa propia.* Las dos frases finales estaban subrayadas con lápiz, no por Aguirre sino por alguien que había pasado antes por la hoja. Firmó.
—Gracias —dijo Aguirre, guardándola en la carpeta—. Es la primera. Tienen validez tres meses.
—¿Y si hay una segunda?
—La revisión de contrato se adelanta. —Lo dijo sin dureza—. Con dos, se abre expediente. Con tres, se decide. No se lo cuento para asustarla. Se lo cuento porque es mi obligación y porque prefiero que lo sepa por mí.
Elena asintió. Notó cómo se le cerraba un poco el estómago. La nómina llegaría el martes siguiente, después de un mes exacto de contrato, y en el móvil, apagado dentro de la taquilla catorce, la aplicación del banco marcaba trescientos catorce euros menos lo que había gastado en autobuses y en una barra de pan. Un expediente disciplinario ponía en riesgo algo más que su reputación.
—Hay otra cosa —dijo Aguirre—. Vane ha pedido continuidad.
—¿Continuidad?
—Que el jueves próximo, a la misma hora, se repita el formato. Con usted. Con Lucía. No ha pedido a Lucía sola.
—¿Cervera lo sabe?
—Cervera fue el primero en enterarse. Y lo ha aprobado. —Aguirre se frotó los ojos—. Lo cual me inquieta más que si lo hubiera vetado.
—A mí también.
—Bien. Entonces estamos de acuerdo en algo. —Cerró la carpeta—. Marín. No voy a preguntarle qué pasó dentro de esa sala durante esos setenta y cuatro segundos. Ya me lo contó Nieto, ya me lo contó Lucía, ya me lo ha contado usted. Lo que me importa es lo que no me han contado.
Elena mantuvo la cara inmóvil.
—No hay nada que...
—Nadie dice que lo haya. —La miró por encima de las gafas—. Solo que, en mi experiencia, cuando alguien entra en el Pabellón C, siempre queda algo fuera del papel. Y lo que queda fuera del papel es lo que luego lo explica todo.
No añadió más. Le indicó con la mano que podía irse. En la puerta, sin embargo, mientras ella giraba el picaporte, dijo:
—Y si tiene que hablar con alguien, doctora, no hace falta que sea conmigo. Pero hable con alguien.
Pablo Durán la esperaba fuera, apoyado en la pared del pasillo con los brazos cruzados y una sonrisa de contrabando.
—¿Te han dado el sermón?
—El folleto.
—El folleto es peor. Vente. Te enseño una cosa.
—Tengo sesión a las once.
—Tienes cuarenta minutos. —Ya caminaba—. Y esto tarda diez.
Lo siguió por la escalera de servicio, tres pisos arriba, hasta una puerta metálica sin cartel que se abría con un empujón del hombro. Detrás había una azotea plana, de gravilla, con una barandilla oxidada y una vista abierta sobre los campos de cebada. El viento le despeinó el recogido en cuanto salió. Olía a tierra y a cemento caliente. Una pila de sillas de plástico ocupaba una esquina, y en el suelo, junto a un extractor de aire, había una lata de conservas llena de colillas.
—El mirador —anunció Pablo—. Oficialmente no existe. Extraoficialmente, es el único sitio donde uno puede fumar, gritar o llorar sin que se entere el patronato.
—¿Y tú qué haces aquí?
—Las tres cosas. En orden variable. —Sacó un paquete de tabaco, lo miró, lo guardó otra vez—. Estoy intentando dejarlo. Llevo once días. Los cuento como Vane.
Elena se rio, a su pesar. Se acercó a la barandilla y contempló el paisaje. A lo lejos, el sendero por el que había llegado el primer día era una línea pálida entre dos campos, y más allá, difuminada, la carretera con su poste de hormigón. Desde allí, Ashford se veía distinto. Sin los pasillos y las puertas, era solo un edificio largo, tranquilo, con ventanas estrechas y un muro alrededor. Casi bonito.
—¿Sabes cuántas personas han llevado el caso de Vane? —preguntó Pablo.
—Tres. Cervera me lo dijo.
—Cuatro, contando a Cervera. Al principio lo llevó él, dos años. Luego Silvia Roca, una psicóloga que ya no está. Luego Gaspar Huertas, un psiquiatra que ahora trabaja en una clínica privada en el norte y que no contesta los correos. Y luego Alicia. —Contó con los dedos—. Y ahora tú.
—¿Qué pasó con Roca?
—Se trasladó. A otro centro. Dijo que necesitaba aire.
—¿Y Huertas?
—Se fue a ganar más dinero. Que es lo que dice todo el que se va con prisa. —Pablo miró la línea del horizonte—. Yo no sé qué pasó con ninguno. Lo que sé es que todos se fueron antes de que terminara el año.
—Alicia aguantó cuatro.
—Alicia era terca. —Sonrió con tristeza—. Y se fue igual.
El viento silbaba entre las barandillas. Elena se apretó la chaqueta contra el cuerpo.
—Me has traído aquí para contarme esto.
—Te he traído para que veas otra cosa. —Se giró hacia ella—. Sube todos los jueves después del turno. Nieto. Con una botella de agua, no de alcohol, y mira hacia allí. —Señaló el ala este, la que quedaba justo enfrente—. Se queda veinte minutos. No dice nada. A veces habla solo. Una vez lo oí llorar.
—¿Nieto?
—Ya. Yo tampoco me lo creía. —Bajó la voz—. Pero fue el jueves que sacaron a Alicia. Y ha subido todos los jueves desde entonces.
Elena no supo qué decir. Se quedó mirando el ala este, sus ventanas cerradas, el patio interior, la valla. Se imaginó al hombre ancho y áspero apoyado en aquella barandilla, con su botella y su silencio.