No borró la fotografía.
Lo pensó durante casi una hora, sentada en el banco de plástico de la estación, con las rodillas apretadas y el móvil boca abajo sobre el muslo. Lo giraba, lo miraba, lo volvía a girar. En la pantalla, la imagen seguía allí, con su mesa de metal y sus cuatro sillas y esa mujer de perfil que era ella pero que no se parecía a ella. Tenía el gesto de alguien que ha oído un ruido en otra habitación. Los labios entreabiertos. La mano izquierda extendida hacia el borde de la mesa, buscando algo.
Buscando unos dedos.
Le subió un calor rápido por el cuello. Era absurdo: nadie podía ver eso en una foto tomada a oscuras. Pero ella sí lo veía, con una nitidez incómoda, y la vergüenza de haberlo hecho se mezclaba con la certeza de que alguien había estado allí, tan cerca, mirándola en el momento más torpe de su semana.
A las dos de la madrugada el frío empezó a calarle los huesos. Se puso la chaqueta hasta la barbilla, se abrazó el bolso y contó las luces del andén, una tras otra, hasta que dejaron de significar algo. A las tres pasó un empleado con un carrito de limpieza y le dijo buenas noches con la mirada baja, como quien no quiere saber por qué alguien duerme en una estación. A las cuatro, un hombre con casco de obrero se sentó en el otro extremo del banco y se quedó dormido con la cabeza contra la marquesina.
Activó el modo avión. Hizo dos capturas de pantalla, una de cada mensaje y otra de la fotografía, y las guardó en una carpeta que llamó *Recibos*. Luego apagó el móvil.
Cuando por fin llegó el tren de las seis y diez, subió al vagón vacío, se sentó junto a la ventanilla y, viendo cómo la ciudad iba encendiéndose a lo lejos, tomó la decisión más razonable de las últimas semanas: no volver a la pensión, donde el gas se había cortado y una voz educada había preguntado por ella, sino a casa de la única persona que no sabía nada de Ashford.
Pilar abrió la puerta con el pelo en rulos y una bata de flores, con la cara arrugada de sueño.
—¿Qué hora es?
—Las siete y veinte.
—¿De la mañana?
—Sí.
—¿Y qué haces tú despierta un sábado a las siete y veinte? —Se fijó en su cara—. ¿Qué te ha pasado?
—Nada. —Elena intentó sonreír—. He perdido el tren.
—Ya. —Pilar la miró un momento, la cogió del brazo y la metió dentro—. Pasa. Que te voy a dar un café que te va a resucitar.
Dictamen estaba en el sofá, hecho una bola naranja, con una pata sobre la cara. No se movió cuando Elena se dejó caer a su lado. Pilar trasteó en la cocina, y el olor del café llenó el piso, denso, oscuro, casero. Elena cerró los ojos. Por primera vez en veinte horas, las manos dejaron de temblarle.
—Dime la verdad —dijo Pilar, poniéndole una taza entre los dedos.
—¿Qué verdad?
—La que no me contaste el otro día. La de la voz.
—¿Qué voz?
—La que se te queda cuando me dices «nada de peligro». —Se sentó en el brazo del sofá—. Elena. Tengo sesenta y dos años. He sobrevivido a tu padre, a dos maridos y a una pierna rota. Sé cuándo alguien me está mintiendo por amor.
Elena tardó en contestar. El café estaba muy caliente. Miró la superficie oscura, su propio reflejo temblando en ella.
Y lo contó.
No todo. Contó lo que podía contarse sin que sonara a locura. Que había un paciente con un historial complicado, que le habían asignado su caso, que en una sesión se había ido la luz y ella había hecho algo que no estaba en el protocolo. Que desde entonces alguien le escribía mensajes desde un número desconocido. Que le habían enviado una fotografía. Que alguien conocía su dirección. Se dio cuenta, mientras hablaba, de que las palabras salían más fáciles de lo previsto, como si llevaran semanas amontonadas detrás de una puerta y solo hubiera hecho falta empujar.
No mencionó a Nick por su nombre. No mencionó las páginas que faltaban ni la llave del sótano. Pero contó lo suficiente. Y cuando terminó, Pilar se había quedado en silencio, con las manos cruzadas sobre el regazo y los rulos temblándole ligeramente.
—Denúncialo —dijo por fin.
—No puedo.
—¿Por qué no?
—Porque no sé quién es. Porque el número seguramente no existe. Porque si voy a la policía con esto, van a preguntar dónde trabajo, y van a llamar a mi jefe, y mi jefe tiene una carta de amonestación firmada por mí en un cajón.
—Pues cambia de número.
—Ya lo sabe todo. Sabe dónde vivo.
—Pues vete. —Se levantó de golpe—. Deja el trabajo. Yo te acojo. Aquí hay sitio. Tengo un sofá y dos mantas.
—No puedo dejarlo.
—Elena.
—Veintitrés mil quinientos euros, tía.
—Ya. —Pilar levantó las manos—. Ya lo sé. Ya sé lo que debes. Y ya sé lo que vas a decir: que no quieres mi ayuda. Pues mira, cariño, te lo digo por última vez, y no me interrumpas: no hay deuda en el mundo que valga que te pase algo. Ninguna.
—No me va a pasar nada.
—¿Y esos mensajes?
—Son eso. Mensajes.
—Los mensajes son lo que llega antes de lo otro.
Elena no supo qué replicar. Pilar se quedó de pie en medio del salón, mirándola con una furia desesperada, con esa expresión de quien ha visto cómo un ser querido se acerca a un borde sin saber cómo agarrarlo. Y luego, muy despacio, la furia se le fue de la cara y quedó algo peor: una tristeza inmensa, sin gritos.
—Tu madre era igual —dijo—. No aceptaba ayuda. Nunca. Ni siquiera cuando ya no podía sostener nada.
—Tía...
—Déjalo. —Se pasó la mano por los ojos—. Anda, desayuna. Te preparo unas tostadas.
Yeray vivía en el piso de arriba con su madre y una consola. Tenía dieciséis años, el pelo teñido de azul, una camiseta de un grupo de música que Elena no reconoció y una capacidad casi mística para arreglar cualquier aparato que tuviera pantalla. Pilar lo llamó a las diez, con el pretexto de que se le había estropeado la televisión, y el chico bajó con una sudadera enorme y un portátil bajo el brazo.
—Ese no es el problema —dijo, tras dar un vistazo al mando—. La tele está bien. ¿Para qué me has llamado?