Sección cero

Capítulo 15

No lo dejó en el despacho. Tampoco en la taquilla.

Lo metió en el bolso, entre el monedero y la manzana del día, con las tapas azules hacia dentro y la nota amarilla pegada por dentro de la cubierta, y colgó el bolso del hombro con las dos correas cruzadas sobre el pecho, como cuando era niña y su madre, en las excursiones, le apretaba la mochila para que no se le cayera. Pesaba menos de lo que esperaba. Pesaba como cualquier libro.

*No en Ashford.*

Repasó las razones mientras recorría el pasillo. Que lo hubiera dicho Lucía era suficiente. Que lo hubiera dicho así, con un bolígrafo distinto y prisa en el trazo, bastaba para no discutirlo. Bajó la escalera con el cuaderno pegado a las costillas y la sensación, muy física, de llevar encima un objeto caliente.

En el pasillo del segundo piso se cruzó con Encarna, que arrastraba un carro de medicación y la miró de arriba abajo sin detener la marcha.

—Buenos días, doctora.

—Buenos días.

—Dicen que la Ferrer está con gripe.

—Eso me han dicho.

—Curioso. —Encarna se paró un segundo, con la mano en el asa del carro—. Ayer por la tarde estaba perfectamente. La vi salir por la puerta principal a las siete, con una carpeta bajo el brazo.

—¿Con una carpeta?

—Y sin abrigo. —Se encogió de hombros—. En octubre. Qué cosas.

Reemprendió el paso. Elena la vio alejarse, con su espalda ancha y su paso de camillera, y notó que le sudaban las palmas.

El día se resistió a ser un día normal.

A las nueve entró en la sala de entrevistas con Hugo Cabeza, que la esperaba sentado, con las manos vacías, sin vaso. Era la tercera vez que se veían. Elena había preparado una estrategia: silencio, luz, paciencia. Se sentó en su silla, colocó la libreta sobre la rodilla y esperó.

Pasaron veinte minutos. Hugo miraba el suelo. Ella miraba la ventana. Fuera, el arbusto del patio había empezado a perder hojas, y un viento débil las movía sobre el cemento, una a una, con un ruido de papel.

—Usted esperó —dijo Hugo.

Elena giró la cabeza despacio.

—¿Perdón?

—El otro día. Usted esperó. Los demás preguntan. Usted esperó.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque pensé que hablarías cuando quisieras.

—Y hablo ahora.

—Y hablas ahora.

Hugo levantó los ojos. Eran claros, casi transparentes, y por primera vez se posaron en los suyos y no en su boca. Tenía un lunar pequeño bajo el ojo izquierdo, del tamaño de una lenteja, que Elena no había notado.

—Me llamo Hugo —dijo—. Tengo veintidós años. Antes estudiaba Química.

—Me alegra saberlo.

—Lo dejé porque oía a los átomos.

—¿Y ahora?

—Ahora oigo menos. —Sonrió con timidez, con un gesto que le rejuveneció la cara—. Pero echo de menos a algunos.

Hablaron cuarenta minutos. No de los átomos, sino de su madre, que le llevaba galletas los domingos, y de un perro que había tenido, y de un profesor que le había dicho que tenía talento y a quien no volvió a ver. Elena escribió poco. Cuando salió al pasillo, se apoyó un instante contra la pared. Un pequeño milagro de ese tipo no pagaba deudas, ni descifraba fotografías, ni devolvía a nadie a su puesto. Pero mientras duró, el mundo estuvo en orden.

Aguirre la convocó a mediodía.

—Lucía no vendrá esta semana. Gripe fuerte, dice. Estaba de pie junto a la ventana, con las manos en la espalda—. Lo cual complica el jueves.

—¿Por qué?

—Porque el protocolo exige dos profesionales en cualquier sesión con Vane. Sin Lucía, hay que buscar sustituto.

—¿Cervera?

—Cervera está en un congreso desde el miércoles hasta el domingo. Se giró. Durán no tiene la habilitación. Solís es enfermera. Yo tengo la agenda llena hasta las seis.

—Entonces no hay sesión.

—Eso pensaba proponer. Posponerla una semana. Hizo una pausa larga. Pero le voy a pedir que sea usted quien se lo comunique.

—¿A él?

—A él. Personalmente. Con Nieto presente. En la puerta de su habitación. Cinco minutos.

—¿Por qué yo?

—Porque él ha pedido continuidad con usted. Y porque cualquier cambio de agenda le sienta mal. Prefiero que se lo diga la persona con la que pretende hablar, y no un guardia con un papel.

Elena sintió cómo se le tensaba la mandíbula.

—Doctor, la amonestación...

—Esto no es una intervención. Es un aviso administrativo. Lo dijo con una tranquilidad que no admitía réplica. Vaya a las cinco. No se demore.

Nieto la esperaba a las cinco menos diez en la puerta del pabellón, con las llaves en la mano y una cara que no dejaba ver nada. Caminaron sin hablar por el pasillo de goma oscura. Elena contó las cámaras. Siete. Cada una con su luz roja fija, inmóvil. Se preguntó cuál de ellas había registrado el fotograma. Se preguntó si la estaba mirando ahora.

—Doctora.

—Dígame.

—Lucía no tiene gripe.

Lo dijo sin volverse, en un susurro apenas audible bajo el ruido de sus propios pasos.

—Lo sé.

—Ayer salió del centro con una carpeta. No dejó ningún parte. No ha contestado a mis llamadas. Se detuvo delante de una puerta gris, con el número 14 pintado en negro. Yo no sé dónde está. Pero si usted lo sabe, o si tiene alguna idea, ahora es el momento.

Elena se quedó inmóvil. Sintió el peso del cuaderno contra su costado. Miró los ojos pequeños y grises de Nieto, el ceño fruncido, los labios apretados. Un hombre que subía a la azotea los jueves con una botella de agua. Un hombre que había pedido que le avisara a él y no a Aguirre.

*Incluso Nieto.*

—No lo sé dijo.

Nieto asintió despacio, como quien recibe una respuesta que esperaba y que no le ha gustado.

—Bien. Abrió con la llave. Cinco minutos. Yo estaré a dos metros.

La habitación de Nick estaba tal como Elena no la había imaginado. Más pequeña. Más ordenada. La cama, con sábanas blancas y los pliegues perfectos. La mesa de madera. La estantería con cinco libros de lomos idénticos. La ventana con postigos de madera interior, ya abiertos. Un reloj de pared con un segundero que chasqueaba. Y él, sentado en la silla, de espaldas a la puerta, con las manos apoyadas en las rodillas, mirando algo que no se veía.




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