Sección cero

Capítulo 16

El martes, la bandeja llegó a las cinco y treinta. Ni un minuto antes, ni un minuto después. El vaso estaba a la derecha.

Nick lo comprobó dos veces. No porque dudara, sino porque la exactitud, esa mañana, le resultaba sospechosa. Ismael estaba de pie junto a la puerta con la misma postura rígida de siempre, y en su rostro había ese pequeño esfuerzo de quien ha ensayado un gesto delante del espejo.

Gracias dijo Nick.

De nada.

¿Ha cambiado el orden en cocina?

No lo sé. Me lo han dado así.

Entonces alguien le ha explicado la regla del vaso.

Ismael no respondió. El párpado izquierdo le tembló. Salió sin mirar atrás y el cerrojo bajó con su ruido de siempre. Nick esperó a que el sonido terminara de apagarse antes de tocar el tenedor. Pensó que aquello era una buena noticia, y le incomodó pensarlo, porque las buenas noticias, en Ashford, solían ser el borde de algo.

Había pasado el lunes entero repasando el mismo minuto: el minuto en que ella se había quedado en el umbral, con la mano sobre la correa del bolso y los ojos de quien acaba de descubrir que está cansada. *Una semana.* La sesión del jueves quedaba pospuesta una semana. Y en esa frase, dicha con la voz más neutra que había oído nunca, había algo debajo. Una vibración pequeña. Como el zumbido de una nevera que se enciende en otra habitación.

No sabía lo que era. Eso le desagradaba.

Cortó el pollo. Contó las masticaciones. Diecisiete, dieciocho, diecinueve. A la vigésima, el pensamiento volvió, sin invitación: Lucía no tiene gripe.

Lo había sabido desde el primer segundo. No por una pista concreta, sino por una acumulación de pequeñas inconsistencias que su cabeza ordenó sin consultarle. Lucía nunca se ponía enferma en octubre. Lucía, cuando estaba mal, avisaba con un día de antelación y dejaba una nota. Lucía había hecho, tres jueves atrás, un gesto extraño con la mano, al despedirse: dos dedos sobre el borde del cuaderno, como quien comprueba que algo sigue en su sitio. Y el lunes, cuando Marín se lo comunicó, había hablado de «gripe» con la palabra exacta que usan quienes han oído la excusa de otro.

Alguien había obligado a Lucía a marcharse. O ella se había marchado sola, con miedo.

Cualquiera de las dos posibilidades le interesaba menos que una tercera, que le rondaba desde el jueves y que aún no se atrevía a formular: que el corte de luz, la ausencia de Lucía y el cambio de fecha formaran parte de un mismo movimiento. Y que él, dentro de ese movimiento, no fuera el jugador.

Media hora de patio. Cuatro vueltas. Cuarenta y ocho pasos por lado, salvo en el norte, donde la grieta del muro obligaba a rodear un charco.

Nieto caminaba a su lado, con las manos en el cinturón. Desde el lunes por la tarde tenía una manera nueva de mirar el suelo, como quien lleva una piedra en el zapato y decide no quejarse.

—Vane.

—Dígame.

—La doctora Marín. ¿Qué le ha dicho ayer, cuando ha salido?

—Nada. Usted estaba a dos metros.

—Me refiero a antes. En la sala.

—Lo mismo que hoy. Nick giró la cabeza hacia el canario pintado en el muro. Que el jueves se posponía.

—¿Nada más?

—Nada más. Hizo una pausa. ¿Le ha dicho ella algo?

Nieto tardó en responder.

—No.

Fue una respuesta demasiado limpia. Nick caminó tres pasos más, sin mirarle, y anotó mentalmente: Nieto miente por omisión. Por primera vez desde que le conozco.

—Sube usted a la azotea los jueves dijo, sin cambiar el tono.

El jefe de seguridad se detuvo. Fue un frenazo mínimo, apenas un cambio de peso. Ismael, dos pasos atrás, también se paró.

—¿Cómo dice?

—Los jueves. A las siete y cuarto. Le oigo salir por la puerta del ala este. Sube veinte minutos, baja, cierra con llave. Lleva cinco semanas. Nick no le miró. He pensado que le gustaría saber que alguien lo ha notado.

—No sé de qué me habla.

—Lo sé. Solo lo comento porque hoy es martes. Y los martes, después de las once, baja otro.

—¿Otro qué?

—Otro que no es usted.

Nieto se puso frente a él. Era un hombre bajo, ancho, con una cara que parecía tallada en madera vieja, y en ese momento los ojos pequeños y grises tenían una intensidad que Nick no le había visto.

—Explíquese.

—No puedo. No sé quién es. Solo sé que baja. Por la escalera oeste. Veintidós peldaños. Una puerta. Y luego nada. Levantó la vista. Y sé que no hace el mismo ruido que usted.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque la cañería del radiador conecta mi habitación con el sótano. Lo dijo con la naturalidad de quien comenta el tiempo. Lleva seis años conectándola. Cuando alguien baja, la tubería vibra. Cuando alguien habla abajo, se oye. No mucho. Fragmentos.

Silencio. El viento movió las hojas secas junto al charco. En algún lugar, un timbre sonó y se apagó.

—¿Qué ha oído? preguntó Nieto, con una voz muy baja.

—Mi nombre. Dos veces. Y la palabra «jueves».

—¿Algo más?

—Una voz de hombre. Grave, cuidadosa. No la reconocería si la oyera arriba. Se detuvo. Y una frase. No entera. «...ella no sabe cuántos son».

Nieto no dijo nada. Se quedó con la boca ligeramente entreabierta, mirando algo que no estaba allí. Luego, con un esfuerzo evidente, recuperó la compostura.

—Vuelva a su habitación dijo.

—Aún quedan doce minutos de patio.

—Vuelva ahora. Ismael, acompáñelo.

Nick obedeció. No protestó. Al pasar junto a Nieto, dejó caer la última frase sin volverse:

—Debería preguntarse a quién le interesa que usted no lo sepa.

En el gimnasio, a las siete, había tres personas, dos guardias y un anciano.

El gimnasio de Ashford era una sala amplia, de techo alto, con espejos empañados en la pared del fondo y un olor a goma vieja y a desinfectante. Había una cinta de correr, dos bicicletas estáticas, una colchoneta y un juego de pesas oxidadas que nadie tocaba. Los martes, Nick tenía derecho a treinta minutos. Aquel día compartía el espacio con Gregorio, que estaba sentado en un banco de madera, con las manos en las rodillas, mirando el suelo.




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