Sección cero

Capítulo 17

El cuaderno de Lucía durmió esa noche dentro de una lata de té.

Era una lata vieja, de hojalata, con un dibujo de un puente japonés desteñido por los años, que Elena había encontrado el primer día en la balda de la cocina compartida y que nadie parecía haber tocado desde entonces. Metió el cuaderno dentro, apretándolo un poco, y volvió a colocarla entre un paquete de arroz y una botella de aceite. Después se rio de sí misma, en voz baja, con una risa seca que no le gustó. Era el escondite más ridículo del mundo. Justo por eso, quizá, funcionaría.

El gas había vuelto esa tarde. La casera, con su nudillo del dedo corazón, había golpeado la pared de su cuarto a las seis y cuarto del miércoles para comunicárselo, con la solemnidad de quien anuncia una victoria militar. Elena se dio una ducha de once minutos y la sintió como un regalo. Luego se sentó en la cama con una taza de agua caliente y repasó, uno por uno, los papeles del forro de la cartera.

La tarjeta. La hoja de la libreta. La servilleta. Las tres capturas de pantalla, que había impreso en una copistería del centro por veinte céntimos cada una. Y ahora, una cuarta hoja, doblada en cuatro, donde había copiado a mano, con letra pequeña, la lista de preguntas que Lucía no había podido responder.

¿Qué hay debajo de la biblioteca?

Se acostó con la luz encendida. No se atrevió a apagarla hasta pasadas las dos.

Le explico cómo va a ser dijo Aguirre el jueves por la mañana.

Estaban en su despacho, con las persianas subidas y una luz blanca, sin matices, que le hacía parecer más viejo. Había dormido poco. Se le notaba en el nudo de la corbata, torcido hacia la izquierda, y en una mancha de café en el puño de la camisa que no se había molestado en disimular.

Yo haré de segundo profesional. Me sentaré en la silla de Lucía. No intervendré, salvo que sea necesario. Usted lleva la sesión. Nieto y dos guardias dentro. El protocolo es el mismo.

Entendido.

Y una cosa más. Se quitó las gafas. Vane ha presentado una petición esta mañana. Una solicitud formal, por escrito. La letra es la suya, la redacción también. Le tendió una hoja. Léala.

Elena leyó. Tres líneas, en una caligrafía menuda y perfectamente recta: Solicito que, en la sesión de hoy, se me permita proponer un formato de conversación recíproca, de duración limitada, con turnos alternos y derecho de abstención para ambas partes. Adjunto reglamento propuesto. Debajo, numeradas del uno al cinco, cinco reglas. Sobrias, precisas, casi jurídicas.

Quiere jugar dijo.

Quiere proponer una estructura. Es distinto. Aguirre soltó un suspiro. Reconozco que en otro contexto no lo autorizaría. Pero es una petición razonable, viene con derecho de abstención y, sobre todo, parte de él. Cuando un interno de alta contención propone algo, lo primero que hay que hacer es escucharlo.

¿Y lo segundo?

Sospechar. No sonrió. Ambas cosas a la vez. Es lo único que se aprende en este oficio.

Elena dobló la hoja y se la guardó.

Lucía me dejó una advertencia dijo, antes de poder detenerse. Antes de irse. Que cuando él diga la verdad, sospeche más.

Aguirre no se movió. Tenía la mano derecha apoyada en la mesa, con los dedos separados, y Elena vio que uno de ellos, el índice, se contraía apenas, como si buscara un objeto.

Lucía es muy inteligente dijo, al cabo de unos segundos. Y muy leal a sus propias sospechas. Atiéndala. Pero no la crea del todo.

A las cuatro menos cinco, Elena colocó las sillas.

Esquina, un metro, la tercera junto a la pared. Repitió el gesto con precisión casi litúrgica, sin dudar. Sobre la mesa dejó su libreta cerrada y un bolígrafo de plástico. Nada más.

Aguirre llegó primero, con un cuaderno de tapas duras bajo el brazo y una expresión de estudiante en un examen que no ha preparado. Se sentó en la silla de Lucía, cruzó las piernas, las descruzó, sacó las gafas, se las puso, se las quitó. Nieto, en la puerta, lo miraba con una neutralidad sin fisuras.

Nick entró a las cuatro en punto.

Lo hizo como siempre, entre Ismael y Carrasco, con las manos a la espalda. Se detuvo en el umbral, barrió la sala con la mirada, y al llegar a la silla de Aguirre se quedó un segundo de más.

Buenas tardes, doctor.

Buenas tardes, Nick.

Si no le parece mal prefiero el apellido.

Por supuesto.

Se sentó. Elena observó los movimientos: el cuaderno paralelo al borde, el lápiz a la izquierda, el vaso a la derecha. Nick tocó el lápiz una vez. Una sola. Luego retiró la mano.

Doctora Marín.

Señor Vane.

Gracias por haber accedido.

Aún no he accedido a nada.

Cierto. Inclinó la cabeza. Entonces, permítame exponerlo.

Sacó de la manga de la camisa una hoja doblada. Nieto se tensó, pero no se movió: la hoja había pasado el control esa mañana. La desplegó sobre la mesa, la alisó con la palma y la giró hacia ella.

Cinco reglas. Sencillas. Uno: turnos alternos. Una pregunta cada uno. Dos: la respuesta debe ser verdadera o una abstención declarada. Tres: cada parte puede abstenerse hasta tres veces. Cuatro: no se pregunta lo que ya se sabe. Cinco: cuando alguien diga basta, se termina.

¿Quién decide qué es verdad?

Cada uno. Y el otro, si lo sospecha, puede decirlo. Pero no probarlo.

Un juego sin árbitro.

Todos los juegos honestos lo son.

Elena miró la hoja. Cinco líneas. Una caligrafía sin dudas. La regla cuatro le llamó la atención: no se pregunta lo que ya se sabe. Pensó en la fotografía. En el móvil. En la tarjeta. En todo lo que Nick sabía y no debía saber, y en todo lo que ella sabía y no debía saber. Un juego sin árbitro y con reglas que ninguno podía verificar.

Cuando te diga la verdad, sospecha más.

Acepto dijo. Con una condición.

Dígala.

Que todo lo que se diga aquí se registre. Que el doctor Aguirre tome nota. Literal.

Nick miró a Aguirre, luego a ella. Algo pasó por su cara que no era enfado ni sorpresa. Era una especie de aprobación distante, como la del jugador que reconoce el movimiento del rival.




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