Sección cero

Capítulo 18

El Fiat Panda de Pilar tenía un problema con las cuestas y otro con las curvas, y ninguna de las dos cosas la detenía.

Agárrate dijo, al tomar el desvío hacia la comarcal a ochenta por hora en una zona de cuarenta.

Tía, hay un stop.

Ya lo veo.

Lo estás pasando.

Lo he visto pasar. Es diferente.

Elena cerró los ojos y se aferró a la manilla de la puerta. Eran las diez de la mañana del sábado y una luz limpia, casi de primavera, caía sobre unos campos de girasoles secos que se extendían hasta el horizonte. Pilar conducía con las dos manos en el volante, las gafas de sol sobre la nariz y la radio puesta en una emisora que alternaba boleros con anuncios de pienso para ganado.

Había insistido en acompañarla. No con argumentos. Con una sola frase, dicha el viernes por la noche por teléfono, después de que Elena, con toda la naturalidad de que fue capaz, mencionara que el sábado iría a visitar a una compañera enferma a un pueblo a dos horas de la ciudad.

Voy contigo.

Tía, no hace falta.

Me lo prometiste. Nada de estar sola con nadie de allí.

Es una compañera, no un…

A las ocho paso a por ti.

Había colgado. Elena se había quedado un buen rato mirando el móvil, con una mezcla de irritación y agradecimiento que no supo separar.

¿Cómo se llama el sitio? preguntó Pilar.

Villaseca de Arriba.

Ni idea. ¿Tiene bar?

No lo sé.

Todos los pueblos tienen bar. Si no tiene bar, no es pueblo, es pedanía. Adelantó a un tractor con una decisión que no coincidía con la potencia del motor. ¿Y la compañera?

Lucía. Está con gripe.

¿Y por eso vive en Villaseca de Arriba?

Está en casa de una amiga.

Ya. Pilar no apartó la vista de la carretera. Tú y yo sabemos que estás mintiendo. Pero como es sábado, y el día está bonito, y yo he traído bocadillos de tortilla, me lo voy a callar.

Gracias.

No me des las gracias. Dime solo si el pueblo tiene bar.

Villaseca de Arriba tenía bar, una iglesia con el campanario torcido y unas cuarenta casas de piedra agrupadas alrededor de una plaza con un olmo. En la esquina más alejada, al final de una calle empedrada que subía hacia un cerro cubierto de encinas, había una casa baja, encalada, con un balcón de hierro y un huerto trasero cercado por un muro de piedra seca. En la puerta, colgando de un clavo, un cartel de cerámica decía: Calle del Molino, 9.

Aparca aquí dijo Elena.

¿Por qué aquí?

Porque quiero ir sola.

Pilar la miró. Apagó el motor. Se quitó las gafas de sol muy despacio.

Elena.

Cuarenta minutos, tía. Solo cuarenta. Te quedas en el coche, con la radio, con el bocadillo. Si me retraso, entras.

¿Y cómo sabré que me necesitas?

Porque me habré retrasado.

Es una respuesta espantosa.

Lo sé.

Pilar apretó los labios. Miró la casa, el balcón, el olmo. Miró a su sobrina, con esa expresión que había puesto mil veces, desde que Elena era una niña, cuando la veía cruzar una calle sin mirar.

Cuarenta dijo. Ni uno más.

Elena bajó del coche. Cruzó la calle con el bolso colgado del hombro y el corazón golpeándole las costillas. Llamó a la puerta con dos nudillos, suave. No hubo respuesta. Volvió a llamar.

La puerta se abrió una rendija. Detrás, en la penumbra del pasillo, apareció una cara conocida, con el pelo suelto y una nariz enrojecida de llorar o de frío.

Has tardado dijo Lucía.

Alicia Ibarra estaba sentada en una mecedora de mimbre junto a la ventana de la cocina, con una manta sobre las rodillas y un jersey verde, de lana gruesa, desteñido por los lavados.

Elena la reconoció antes de que hablara. No por la foto, porque no había visto ninguna, sino por la forma de estar. Rondaba los cincuenta, era delgada hasta la fragilidad, con las mejillas hundidas y unas ojeras profundas como manchas de té. Tenía el pelo gris recogido con un lápiz, exactamente igual que Lucía. Y las manos, unas manos finas, con los nudillos hinchados, sostenían una taza de la que no bebía.

Doctora Marín dijo, sin moverse. Pase. Siéntese. No mire las paredes, están muy sucias.

La cocina era pequeña, con un fogón de leña, una mesa de madera y cuatro sillas descabaladas. Por la ventana entraba una luz oblicua que iluminaba una repisa con tarros de mermelada. Olía a leña, a membrillo, a humedad. Había una calma antigua en aquel lugar, la de las casas donde alguien se ha escondido durante mucho tiempo.

Gracias por recibirme.

No la he recibido. La han traído. Ibarra sonrió con una tristeza pequeña. Lucía dice que usted es más testaruda que yo.

No conozco lo bastante su terquedad para compararla.

Es una buena respuesta. Dejó la taza sobre el alféizar. Siéntese, por favor. Tiene cara de haber cargado con algo pesado mucho tiempo.

Elena se sentó. Lucía ocupó la silla de enfrente, con las manos entrelazadas sobre la mesa. Nadie habló durante un rato. Fuera, un gallo cantó, tarde, a destiempo.

Siento lo del teléfono dijo Ibarra por fin. Fui brusca. Pero llevaba semanas sin dormir, y cuando oí su voz pensé que era otra trampa.

¿Otra?

Cervera me recetó pastillas. Al principio de la baja. «Para que descanse», dijo. Ansiolíticos y un hipnótico. Me las tomé dos semanas. Levantó la vista. En la tercera dejé de tomarlas. Y descubrí que no estaba enferma. Estaba drogada.

¿Cervera...?

Cervera es un buen médico. Y un hombre cuidadoso. Y estoy casi segura de que no sabe lo que hace del todo. Movió una mano en el aire. Alguien le dice que una compañera está al borde. Él receta. Firma. Pasa de largo. Es su forma de ser humano.

Lucía se inclinó hacia delante.

Cuéntale lo de los quince minutos.

Ya se lo cuentas tú.

Yo solo sé lo que tú me dijiste por teléfono. Quiero que lo oiga de ti.

Ibarra cerró los ojos. Respiró hondo. Cuando los abrió, tenía una mirada distinta, más fija, más fría.

Fue un jueves dijo. Hace cinco semanas. La sesión terminó a las cinco y diez. Nieto salió a atender una llamada. Ismael, el joven, estaba en el pasillo. Quedé sola con él. Sin cámara, porque el ojo del techo llevaba tres días averiado y el técnico no había venido. Hizo una pausa. Tenía que haber salido. Lo sabía. Todo mi entrenamiento me lo gritaba. Pero él dijo: «Doctora, necesito decirle una cosa». Y me quedé.




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