Sección cero

Capítulo 19

Las leyó a las seis de la mañana, en la cocina de Pilar, con el gato sobre las rodillas y una taza de café que se enfrió sin que ella lo notara.

Había dormido en el sofá, o había fingido hacerlo. Al volver de Villaseca, Pilar la había mirado cenar sin decir palabra, había recogido los platos, había apagado la luz del pasillo con un gesto casi solemne y había desaparecido en su dormitorio con la puerta entornada. Elena se había quedado sola con el sobre de papel manila apoyado contra la pata de la mesa, como un animal dormido al que no se quiere despertar.

A las cinco y media se rindió. Se levantó sin hacer ruido, puso el cazo, esperó a que el café subiera. Se sentó ante la mesa de formica con la lámpara de la campana encendida y extendió las hojas una a una, alisándolas con la palma, en orden. Cuarenta y dos. Cuarenta y tres. Cuarenta y cuatro.

Solo se atrevió a leer tres. Las demás las dejó boca abajo.

ANEXO A — PERIODO PREVIO DE OBSERVACIÓN. SECCIÓN CERO.
Programa de Convivencia Asistida en Condiciones Controladas.
Documento de carácter reservado. Distribución restringida a Dirección, Coordinación Clínica y Supervisión.

Inicio del programa: 14 de marzo de 2015.
Duración prevista: 12 meses. Duración efectiva: 14 meses (ampliación por incidente, véase pág. 51).

Sujeto A: VANE, Nicholas. Interno 0731. Trasladado desde el Centro de Evaluación Penitenciaria de Valdemora en régimen de cesión temporal.
Sujeto B: RÍOS FERRER, Marta. Psicóloga clínica, 34 años. Participación voluntaria. Contrato de confidencialidad de cinco años. Retribución conforme al baremo del anexo económico.

Elena se detuvo. M.R.

Volvió a leer el nombre, con la punta del dedo bajo cada letra. Ríos Ferrer, Marta. Treinta y cuatro años. Psicóloga. Una mujer con una profesión, un contrato, una firma. No una víctima sin cara, no una inicial con fecha de 2016 en un expediente. Alguien que había ido allí por su propio pie.

Siguió leyendo, con el pulso latiéndole en las sienes.

OBJETO DEL PROGRAMA. Evaluar la evolución del vínculo terapéutico y sus derivaciones en ausencia de la mediación institucional habitual (horarios, personal de seguridad, presencia de terceros), mediante convivencia supervisada a distancia entre un sujeto de alto riesgo y un profesional cualificado voluntario. Se pretende determinar si la reducción progresiva de barreras formales facilita la aparición de conductas de apego, dependencia o cooperación con valor predictivo.

CONDICIONES. Alojamiento compartido en Sección Cero (ver plano adjunto). Observación mediante cámaras y audio permanentes. Comunicación con el exterior limitada a una llamada semanal. El Sujeto B podrá abandonar el programa en cualquier momento mediante notificación por escrito a la Coordinación.

RESPONSABLES.Coordinación clínica: Dr. S. Cervera. Supervisión: Dr. G. Huertas. Dirección: Dr. R. Aguirre (firmante).

Debajo, tres firmas. Una letra alargada y elegante. Una letra temblorosa, casi infantil. Y una tercera, ancha, con un trazo final que se alargaba hacia la derecha como un cuchillo.

Elena dejó las hojas sobre la mesa. Se levantó, fue hasta el fregadero, abrió el grifo y se mojó la cara con las dos manos. El agua estaba helada. Se quedó un rato mirando su reflejo borroso en el acero, con las gotas cayéndole por la barbilla.

Se pretende determinar si la reducción progresiva de barreras formales facilita la aparición de conductas de apego.

No era una teoría. Era una hipótesis con presupuesto.

Pensó en Marta Ríos durante todo el desayuno.

Pensó en ella mientras Pilar salía del dormitorio en bata, con el pelo aplastado y la cara de sueño, y le preguntaba con la voz ronca si había pasado buena noche. Pensó en ella mientras untaba una tostada sin comérsela. Pensó en ella cuando Pilar, con esa intuición suya que tanto la irritaba, se sentó enfrente, le quitó el cuchillo de las manos y dijo:

Lees con la cara de tu madre.

No me acuerdo de ella.

Por eso lo sé yo. Apoyó los codos en la mesa. Cuando leía algo que le dolía, se le ponían así las cejas. Muy juntas. Y se mordía el labio por dentro.

Elena se llevó una mano a la boca. Se había estado mordiendo el labio por dentro. Lo notó al pasar la lengua: un sabor metálico, un pequeño desgarro.

¿Quieres contármelo?

Todavía no.

¿Es tan malo?

No lo sé. Se pasó las manos por la cara. Es raro. Es como si hubiera estado mirando un edificio por fuera durante semanas, contando ventanas, y de repente alguien me abriera la puerta de servicio y me dejara ver la cocina.

¿Y la cocina es fea?

La cocina es un laboratorio.

Pilar no dijo nada. Se limitó a coger su mano, la sostuvo un rato con sus dedos secos y calientes, y la soltó.

Vale dijo. Entonces, ¿qué necesitas?

Elena pensó. Pensó en los cuatro papeles del forro de la cartera, en el cuaderno de espiral dentro de la lata de té, en el sobre de manila, en las fotografías. En un montón de objetos que podían desaparecer en una noche, en cualquier registro, en cualquier descuido.

Necesito copias dijo. Y necesito que estén en dos sitios distintos.

Yeray bajó a las once, con el pelo azul recién lavado y los ojos hinchados de quien ha jugado hasta las tantas. Al ver el sobre encima de la mesa, sin preguntar nada, sacó del bolsillo trasero un cable, lo conectó a un escáner portátil del tamaño de una barra de pan y lo puso en marcha.

Página por página dijo. Doscientos puntos por pulgada. Luego las paso a PDF. Luego las cifro. Luego las subo a dos sitios distintos, y una copia física en un pendrive que se queda aquí. ¿Te vale?

¿Cifrar?

Con contraseña. Una larga. La miró de reojo. No me digas cuál. Yo la meto y tú la memorizas.

No sé si...

Elena. El chico dejó el escáner un instante. No sé qué es esto. No me lo voy a preguntar. Pero tú tienes la misma cara que mi madre cuando le llegó el aviso de desahucio. Así que voy a hacer lo que me pidas, y punto.




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