Cervera le ofreció un vaso de agua, y Elena no lo bebió.
Fue un gesto mínimo, casi involuntario. Él dejó el vaso sobre la mesa, delante de ella, junto a una carpeta cerrada, y le dijo «Ha hecho un viaje largo, imagino» con la misma cortesía de siempre. Elena lo miró. Miró el agua, transparente, sin burbujas, con un pequeño reflejo de la ventana en la superficie. Pensó en Alicia Ibarra, en el jersey verde, en la palabra hipnótico pronunciada sin énfasis en una cocina llena de mermeladas.
Gracias dijo. Acabo de desayunar.
Cervera no insistió. Se limitó a asentir, con una leve inclinación de cabeza, y retiró el vaso hacia su lado de la mesa. Después cruzó las manos, esas manos cuidadas, de uñas cortas y limpias, y las dejó sobre la carpeta.
Era martes, las nueve y cinco de la mañana. En el despacho olía a papel y a un perfume seco, de madera, que Elena no había notado antes. La lámina del cerebro colgaba en la pared, con sus lóbulos marcados en rojo y azul. Por la ventana entraba una luz gris. Llovía, por primera vez en semanas, una lluvia fina, casi neblina, que empañaba los cristales del ala oeste.
Quería agradecerle su discreción empezó Cervera. El jueves pasado, en la sesión con el doctor Aguirre. Sé que fue... tensa.
Fue un formato peculiar.
Lo fue. Y le pido disculpas por no haber estado presente. Se quitó las gafas, las limpió con un pañuelo de tela. El doctor Aguirre me ha contado lo que sucedió. Sé que Vane le hizo una pregunta que le incomodó.
¿Le contó cuál?
No con detalle.
Elena no dijo nada. Notó cómo Cervera la observaba sin observarla, con esa atención periférica de quien lleva veinte años mirando a personas que no quieren ser miradas.
Doctora Marín. Se puso las gafas. Me gustaría ser franco con usted. Creo que se lo merece.
Se lo agradecería.
Usted ha leído algo. Lo dijo sin acusar, con suavidad. No sé qué. No sé cuánto. Pero en las últimas dos semanas ha hecho preguntas que solo se hacen cuando uno ha visto una parte del cuadro. Y me ha parecido más leal decirle que lo sé, que fingir que no.
El corazón de Elena dio un salto seco. Sintió la sangre subirle al cuello. Mantuvo la cara inexpresiva con el mismo esfuerzo con que se mantiene una taza llena en un vehículo en movimiento.
No sé a qué se refiere.
Por supuesto.
He leído el expediente. Lo que me han permitido.
Claro. Cervera sonrió apenas. Es lo que dicen todos. Y, en su caso, es probablemente cierto. Pero permítame contarle lo que no está en el expediente. Después decide usted qué hace con ello.
Abrió la carpeta. Dentro había una sola hoja, con un membrete en relieve que Elena no alcanzó a leer. La empujó hacia ella con dos dedos.
Sección Cero dijo Cervera.
No es un secreto, en sentido estricto continuó, mientras Elena leía. Es un asunto sensible. Que no es lo mismo.
El documento era un resumen de una página, mecanografiado, con fecha del mes anterior. *Sección Cero. Antecedentes y situación actual. Lo leyó con la rapidez de quien busca una dirección. Programa de investigación clínica iniciado en 2015. Financiación: Fundación Alderman. Objeto: estudio de vínculos terapéuticos en condiciones controladas. Clausurado en 2016 por decisión de la Dirección tras un incidente grave. Situación actual: unidad sellada por orden judicial hasta la conclusión del procedimiento.*
Un incidente grave repitió.
La muerte de una voluntaria. Cervera lo dijo sin bajar los ojos. La doctora Marta Ríos. Era la mejor de nosotros. La más brillante, la más generosa. Y la más imprudente. Una pausa mínima. La conocí desde que tenía veintiséis años. Fui su tutor en la residencia. Me pidió que la dejara participar, y yo me negué tres veces. La cuarta cedí.
Elena levantó la vista. La voz de Cervera no había cambiado, pero sus manos, sobre la carpeta, se habían quedado completamente quietas, como las de alguien que ha aprendido a esconder el temblor.
Lo siento.
No hace falta. Sonrió con esa sonrisa desganada que ella empezaba a reconocer. Fue hace diez años. Lo he pensado cada día de ellos. Y le aseguro que no hay una sola noche en que no me pregunte qué habría pasado si hubiera insistido en el no.
¿Y el sótano? preguntó Elena, antes de poder detenerse.
¿Qué sótano?
Lucía... Se corrigió, demasiado tarde. Me han dicho que usted baja los martes por la noche.
Cervera se quedó mirándola. Durante unos segundos no hubo ni una expresión en su cara. Después, para su sorpresa, se echó a reír, con una risa breve, cansada.
Los martes dijo. Sí, claro. Los martes. Me han visto. Se pasó la mano por el pelo canoso. Tiene usted razón. Bajo. A las once, después del último parte, con Nieto o con un guardia. Reviso el estado de la unidad sellada. Humedad, electricidad, cerraduras. Por orden del juez, la sala debe conservarse tal cual estaba. Hay que verificar que nadie la toca.
¿Y por qué de noche?
Porque de día hay pacientes, guardias, visitas. Y porque no me apetece que nadie me pregunte adónde voy. Extendió las manos. Sí, es una explicación aburrida. La mayoría de los secretos, cuando se explican, lo son.
Elena pensó en la puerta con doble cerradura. En el cuadro eléctrico que no figuraba en el mantenimiento. En un cajón abierto, una llave de administración, un fotograma. Todo cabía dentro de aquella explicación, si uno quería. Y ese era, precisamente, el problema: cabía todo.
¿Puedo ver la sala? preguntó.
Cervera parpadeó.
¿Cómo?
La sala. La unidad sellada. Si no hay nada que ocultar, no veo por qué no.
Un silencio. Fuera, la lluvia arreciaba, y una gota resbaló por el cristal, lenta, dibujando un camino. Cervera la miró con una atención distinta, más fría.
Es una petición inteligentedijo. Y la respuesta es sí. El jueves, después de la sesión con Vane, si le parece. Yo mismo la acompaño, con Nieto. Solo hay una condición.