La voz llegó el miércoles a las once y cuarenta de la noche, por la cañería del radiador, y esta vez Nick la reconoció.
No fue una revelación. Fue algo más lento y más incómodo: una acumulación de fragmentos que, de golpe, encajaron sin ruido, como las piezas de un mecanismo que llevaba semanas esperando la última. Estaba tumbado en la cama, con las manos cruzadas sobre el pecho, los ojos abiertos en la oscuridad ámbar. El segundero del reloj de pared chasqueaba, regular, ajeno. Y debajo de ese chasquido, muy lejos, en el fondo de la tubería, un temblor de metal anunció que alguien había vuelto a bajar.
Contó los peldaños. Veintidós. Contó la pausa. Tres segundos. Después, la llave. La puerta.
Y después, por primera vez en seis años, voces.
No eran claras. Llegaban deshilachadas, con ese timbre sordo de las conversaciones que atraviesan tres pisos de hormigón y un kilómetro de cobre. Nick se incorporó apenas, apoyado en un codo, y apretó la oreja contra la pared fría, junto al radiador. Cerró los ojos. Eliminó los ruidos secundarios: el zumbido de la cámara, el goteo del ala norte, la respiración del edificio. Quedaron dos voces.
La primera era grave, pausada, con esa cortesía seca que no admite interrupciones. La reconoció al segundo intento, por la manera de cerrar las frases, dejando caer la última sílaba como quien deposita un objeto frágil.
Cervera.
...el jueves decía. Después de la sesión. La bajo yo.
La segunda voz era más ronca, más corta. Nieto.
¿Y si pregunta?
Que pregunte. Es lo que quiero que haga.
No me gusta.
No tiene que gustarle. Tiene que acompañarme.
Un silencio. Algo metálico. Una llave girando en otra cerradura, más lejos.
Ella ya ha leído algo dijo Nieto.
Lo sé.
¿Cuánto?
Lo suficiente para necesitar ver el resto. Un roce de tela. Es lo que hace la gente inteligente cuando tiene una parte del cuadro. Y es exactamente lo que necesitamos.
¿Necesitamos?
Alderman quiere resultados, Braulio. Los quiere desde hace diez años. Y hasta ahora solo ha tenido excusas.
La tubería vibró. Nick contuvo la respiración. Una tercera vibración, más débil, subió por el cobre: pasos que se alejaban. Luego, una puerta pesada. Luego, nada.
Volvió a tumbarse. El techo se movió unos milímetros, o se lo pareció. Notó el pulso en las sienes y los dedos de la mano derecha buscando el índice, una y otra vez, con un ritmo que no había ordenado.
La bajo yo. Que pregunte. Es lo que quiero que haga.
No era una amenaza. Era peor. Era una descripción.
Se quedó inmóvil hasta las tres. No durmió. No contó. Intentó, por primera vez desde que tenía memoria, no analizar sino sentir; y descubrió, con una irritación fría, que no sabía cómo se hacía.
El jueves, la bandeja llegó a las cinco y treinta. El vaso estaba a la derecha. Nick no lo miró.
Buenos días, Ismael.
Buenos días.
¿Quién es el segundo profesional de la sesión de hoy?
El doctor Cervera. Ha vuelto del congreso.
Ya.
¿Le parece mal?
No me parece nada. Es información.
Ismael dudó. Tenía una expresión de esfuerzo, como quien sostiene algo que pesa más de lo que se ve.
Vane dijo, en voz muy baja, sin mirarle. Hoy no diga nada raro.
¿Raro?
Ya me entiende. Lo que suele decir. Tragó saliva. Nieto está de mal humor.
Nick le miró. Era un chico de veinticinco años con un tic en el párpado y un cuello demasiado delgado para el uniforme. No había en su advertencia malicia ni cálculo. Solo un miedo tosco, sincero, casi fraternal.
Gracias dijo.
Ismael salió. El cerrojo bajó. Nick esperó a que el sonido se apagara y sacó el cuaderno negro. Lo abrió por la última página escrita. Ahí estaba, en la esquina inferior, con la letra apretada de un martes sin sueño:
E. M. no debe bajar.
La frase seguía sin origen. Seguía sin justificación. Y seguía, sin embargo, escrita con una tinta que ya no se podía borrar.
Cogió el lápiz. Escribió debajo, despacio:
Cervera la baja hoy. Ella ha pedido verlo. Ha sido guiada a pedirlo.
Se detuvo.
Yo no puedo decírselo. Hay audio.
Regla cinco: cualquiera puede decir "basta". Solo termina la sesión.
Regla dos: abstención declarada.
Regla cuatro: no se pregunta lo que ya se sabe.
Miró las líneas. Contó los recursos. Todos eran pequeños, todos formales, todos previsibles. Ninguno serviría contra un hombre que llevaba diez años viviendo dentro de un reglamento y lo conocía mejor que su propio autor.
Lo cerró. Alineó el lápiz. Lo desalineó. Volvió a alinearlo. Y en algún punto entre la tercera y la cuarta vez, se dio cuenta de que estaba haciendo algo nuevo: planear sin tener plan. Escuchar el segundero sin hallar tranquilidad en él.
Entró en la sala de entrevistas a las cuatro en punto, entre Ismael y Carrasco, con las manos a la espalda.
Las sillas estaban donde debían: esquina, un metro, la tercera junto a la pared. En una de ellas, ya sentada, estaba la doctora Marín, con la libreta cerrada sobre las rodillas y una blusa azul oscuro que no le había visto. Llevaba el pelo recogido, un poco más apretado que otras veces. En la mesa había un bolígrafo de plástico, alineado con el borde.
Sus ojos se encontraron un segundo. Ella asintió. Él correspondió con el gesto exacto de siempre, la mínima inclinación de cabeza.
Y notó algo. Un cambio en la textura de la sala, como cuando baja la presión antes de una tormenta. Ella estaba tranquila. Demasiado. No era la calma de los jueves anteriores, hecha de esfuerzo y de disciplina. Era otra cosa: una serenidad de superficie, la de quien ya ha tomado una decisión y espera a que llegue la hora.
Lo sabe. Sabe que baja.
Se sentó. A su izquierda, junto a la pared, en la silla que había sido de Lucía y luego de Aguirre, se acomodaba Cervera. Traía una libreta de cuero, una pluma estilográfica, una expresión de amabilidad aplicada. Se cruzó de piernas. Sonrió.